domingo, 18 de mayo de 2014

71 Peregrinación al Santuario de María Auxiliadora en Colonia Vignaud (18 de mayo de 2014)

El contacto asiduo con Jesús despertó en los discípulos inquietudes profundas.

“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”, es la súplica de Felpe a un Jesús que acaba de declarar: “Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre” (cf. Jn 14,7-8).

San Lucas nos cuenta que, una vez, viendo a Jesús en oración, los discípulos no pueden dejar de suplicarle: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos” (Jn 11,1).

Jesús es realmente Maestro. Despierta la sed de la verdad en el corazón de sus discípulos. Así su palabra, que es verdad, encuentra terreno fértil para dar fruto abundante.

Jesús despierta inquietud, sed de verdad, saca a la luz las esperanzas más hondas del corazón humano.

Despierta, sobre todo, la sed más profunda del corazón humano: ver el Rostro de Dios, entrar en comunión con Aquel que es la Vida, el Dios vivo de quien todo procede y hacia el que se dirigen todos los caminos del hombre.

Ese Dios al que Jesús está unido inseparablemente, es el Hijo amado, una sola cosa con el Padre. Unido en la comunión del Espíritu.

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Como todos los años nos hemos puesto en camino hacia este santuario dedicado a Nuestra Señora bajo el título entrañable de “María auxiliadora”.

Aquí también, gracias sobre todo a la labor ingeniosa, paciente y perseverante, de los salesianos se despiertan las inquietudes más profundas del corazón humano.

Este lugar es, a la vez, casa de María y escuela de vida para tantas generaciones de niños, adolescentes y jóvenes que, en contacto cotidiano con el trabajo del campo, la presencia cercana de tantos maestros -hombres y mujeres- aprenden los secretos de una vida humana auténtica.

Sigue siendo un lugar de peregrinación para quienes tal vez ya no sean tan jovencitos, pero que siguen sintiendo en lo más profudo de sí mismos la inquietud de la verdad, la sed nunca acabada de contemplar el Rostro de Dios en el rostro amable de la madre de Jesús. 

¡Aquí sigue vivo el espíritu y el alma de Don Bosco! Él también supo despertar los corazones jóvenes a la búsqueda de los secretos más hondos de la vida.

Don Bosco, educador de alma, santo con la santidad de Jesucristo, seguí educándonos para la vida, con el Evangelio en la mano.

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Días pasados, los obispos argentinos ofrecimos una palabra sobre algunos aspectos de la vida de nuestra patria.

Con una imagen fuerte ofrecimos un diagnóstico complejo: nuestra sociedad -dijimos- está enferma de violencia.

Están enfermos nuestros vínculos, nuestra manera de mirarnos y reconocernos, unos a otros.

Pero no nos contentamos con esto. Recurrimos a la palabra de Jesús. Somos pastores del pueblo de Dios, pero mucho más profundamente, somos creyentes y discípulos que buscan en el Evangelio la palabra que ilumine la vida.

¿Qué encontramos? Algunas palabras sabias y luminosas de Jesús: “Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones” (Mt 15,19).

La consoladora enseñanza: “Dios hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).

Pero sobre todo, la bienaventuranza de la paz: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,4).

Queridos hermanos y hermanas:

¿Qué traemos a los pies de María auxiliadora en este día de peregrinación, de camino humilde y creyente?

Traemos nuestro corazón herido, para que Jesús lo cure. “El vínculo de amor con Jesús vivo cura nuestra violencia más profunda y es el camino para avanzar en la amistad social y en la cultura del encuentro” (CEA, Felices los que trabajan por la paz 10).  

Aquí, en este santuario, donde Jesús Maestro despierta las inquietudes más profundas del corazón humano, pedimos al Señor que sea además Médico que sane nuestros vínculos, que nos enseñe a recobrar el valor de la vida, y a trabajar para educar y educarnos para la paz.

Así sea. 

martes, 13 de mayo de 2014

Nuestra Señora del Rosario de Fátima, patrona de la Diócesis de San Francisco

Las cuatro estrofas del Ave María de Fátima resumen con sencillez un mensaje sorprendentemente actual.

Cuatro brevísimas estrofas que seguramente sabemos de memoria, con la misma sencillez del Evangelio de Jesús:

El trece de mayo la Virgen María bajó de los cielos a Cova de Iría.
A tres pastorcitos la Madre de Dios descubre el misterio de su corazón.
Haced penitencia, haced oración; por los pecadores implorad perdón.
El Santo Rosario constante rezad y la paz del mundo el Señor dará.

Como Iglesia diocesana tenemos a la Virgen del Rosario de Fátima como patrona.

Es una gracia y también una misión. La gracia nos llena el corazón de gratitud y de alegría. Y la alegría es contagiosa: ahí nace la misión.

Esas cuatro estrofas respiran el Evangelio. Meditemos en ellas brevemente.

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El trece de mayo la Virgen María
bajó de los cielos a Cova de Iría.

Digamos así: la Virgen se nos adelantó. Nos ganó de mano. Nos primereó, como dice el papa Francisco.

Si hoy sentimos la urgencia de ser una Iglesia “en salida” es porque María nos abrió el camino.

Ella va delante: sale al encuentro de los hombres.

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A tres pastorcitos la Madre de Dios
descubre el misterio de su corazón.

Como el Dios de los pobres, el Padre de Jesús, María tiene sus predilectos: son los pobres, los pequeños, los últimos, los olvidados, los descartados, los simples.

Sabemos sus nombres: Lucía, Jacinta y Francisco. Ni siquiera sabían rezar el Rosario.

A ellos, María les descubre el “misterio de su corazón” que no es otro que el reflejo de la misericordia y de la ternura de Dios que quiera salvar al mundo.

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Haced penitencia, haced oración;
por los pecadores implorad perdón.

Dios quiere salvar. No tiene otra intención, ni busca otra cosa. Dios sale a buscar al pecador, como el buen pastor la oveja perdida, o la viuda pobre la moneda extraviada.

Oración, penitencia y pecadores son tres palabras claves del mensaje de Fátima.

Oración, sobre todo de adoración y alabanza. El Ángel de paz enseñó a los tres niños una preciosa oración que se aprendieron de memoria: “¡Oh Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo! ¡Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, no te aman!”

Penitencia: Fátima es una invitación a volver el corazón a Dios, pues la raíz de toda violencia está en el olvido de Aquel cuyo nombre es Amor, paz y misericordia.

Pecadores: Fátima no juzga a los pecadores. Es una invitación a sentirse solidarios con todos los que andan extraviados. Como Santa Teresita que deseaba sentarse a la mesa con todos los pecadores. ¿No hacía así el mismo Jesús?

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El Santo Rosario constante rezad
y la paz del mundo el Señor dará.

El Rosario es el Evangelio hecho oración, y una oración que pasa por nuestros dedos, por nuestros labios y por nuestro corazón.

El Evangelio rezado con el corazón de María.

La paz que trae la oración del Rosario no es mágica.

Cuando rezamos bien el Rosario, a medida que nuestro corazón se acerca a Jesús y los misterio de su vida, nuestra vida se va pacificando.

Dejamos entrar la paz de Dios en nuestros corazones y nos convertimos en artífices de paz.

Jesús dijo -y los obispos argentinos acabamos de recordarlo- que son felices los que trabajan por la paz. Serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,4).

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El papa Francisco ha escrito en su hermosa Exhortación Evangelii gaudium:

Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio. (EG 20)

Ya lo dije: la Virgen nos ganó de mano. Salió en Fátima al encuentro de los que necesitaban la luz del Evangelio.

Nuestra Iglesia diocesana la mira con alegría y deseo de aprender a ser y a hacer como ella.

Seguramente seguiremos madurando nuestro Plan de Pastoral que nos habla de una evangelización “más cercana a la vida” de las personas.

¡Qué no nos falten las actitudes profundas, evangélicas y humanas de Nuestra Señora!

La conversión misionera que necesita la Iglesia no es tanto de estructuras, ni de metodologías, menos aún de papeles o reuniones.

Es una conversión del corazón. En Fátima, María les mostró su corazón a tres niños.

Fue, como dice el papa Francisco, una “madre de corazón abierto” (cf. EG 46-49).


Pensemos en eso en este día de nuestra fiesta patronal diocesana.

domingo, 27 de abril de 2014

Juan XXIII y Juan Pablo II: dos santos, una Iglesia

Juan XXIII y Juan Pablo II han sido canonizados. De esta manera, la Iglesia católica no solo reconoce que están en el cielo gozando de la visión beatífica, sino que los propone como ejemplos de vida cristiana y autoriza su culto público en toda la Iglesia.

San Juan XXIII y san Juan Pablo II.

La santidad cristiana es, a la vez, una y católica. Es una porque Dios es uno, Cristo es uno y en la unidad está la salvación. La santidad cristiana es una porque es configuración con Jesucristo y perfección de la caridad de Cristo. Esa es su esencia indivisible.

La santidad cristiana es también católica. Porque dada ya en germen en el bautismo se abre paso en cada vida cristiana tomando la fisonomía de cada vocación. Es la santidad de los esposos, de los consagrados y de los pastores. Es la santidad de los doctores, de los mártires y de las vírgenes, no menos que de los místicos, los confesores, varones o mujeres, jóvenes, ancianos o niños. Es la santidad de los que, desde niños conocieron a Cristo, o de los que se convirtieron a Él ya entrados en años y, tal vez, después de una vida de vicio, pecado o simplemente indiferencia.

No hace falta ser un genio para ser santo, tampoco tener una voluntad de hierro o saber a la perfección las ceremonias del culto. Lo que hace santo o santa a una persona es la pujanza del amor de Cristo en su corazón y, desde allí, en toda su existencia: mente, corazón, libertad, sentimientos, actitudes, comportamientos…

Es la santidad de los grandes místicos que viven intensamente la comunión con Dios. Pero también es la santidad de los que llevan hasta las últimas consecuencias el compromiso ético por la verdad, la justicia, la dignidad de los más pobres.

Es la santidad de los hombres y mujeres amantes de la tradición, un poco conservadores y tradicionales, aunque no integristas. O la santidad de los arrojados, los que sueñan con cambiar lo cambiable en la Iglesia, los llamados “progresistas”.

Unos y otros, sin embargo, si son santos aman profundamente a la Iglesia y nunca se sientan en la vereda de enfrente para tirar piedras a los “otros”, a los que califican, desde su soberbia, como estúpidos, poco evangélicos, mundanos o vaya a saber qué calificativo inventado por la imaginación del odio, siempre activa y despierta.

Es la santidad de san Juan XXIII y de san Juan Pablo II, tan diversos y tan unidos. Es la santidad de dos papas en la única Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. También romana.


Hoy es un día de alegría para todos. 

domingo, 20 de abril de 2014

Mensaje pascual 2014

“Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán” (Mt 28,5-7)

Este es el anuncio pascual que, desde hace dos mil años, recorre el mundo. La fe cristiana es básicamente fe en el poder de Dios que vence la muerte.

Dios es amigo de la vida, por eso, “resurrección” es su palabra definitiva sobre todo ser humano. Lo fue para Jesús, su Hijo hecho hombre. Lo es también para cada uno de nosotros, hechos del barro de la tierra, pero también portadores del soplo divino.

“Resurrección” es la expectativa más secreta del corazón humano. No ha quedado frustrada. Se ha cumplido en Jesús como promesa para toda la humanidad.

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Como obispo diocesano es la primera vez que les dirijo un saludo pascual. Lo hago con gratitud y alegría. El ministerio pastoral es, sobre todo, servicio a este anuncio gozoso que ha cambiado para siempre la historia humana.

Permítanme, por tanto, decirles con fuerza: ¡Jesús ha resucitado de entre los muertos! ¡La tumba está vacía! ¡La muerte no tuvo la última palabra!

El Padre, cuyo rostro misericordioso Jesús había presentado a los pobres y a los pecadores; ese mismo al que Jesús se confió a lo largo de su vida, especialmente en la hora oscura de la pasión, este Padre lo ha resucitado por la fuerza de su Espíritu.

Los invito entonces a la fe, a confiarnos también nosotros a ese Dios amigo de la vida que resucita a los muertos.

Arrojemos lejos toda forma de tristeza, de complejo, de depresión, de indiferencia. ¡Jesús ha resucitado y vive en medio de nosotros!

La vida es una fiesta para celebrar con alegría. Para vivirla como la vivió Jesús: en la alegría por la cercanía y ternura de Dios; en el servicio a los más pobres y débiles; en el perdón y la mano tendida a todos los pecadores.

Queridos hermanos y amigos: Cristo ha resucitado y no hay nada en nosotros que escape a su poder de Resucitado. Con Él resucitamos también nosotros a una vida nueva.

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¡Vivamos entonces como discípulos del Resucitado!

Volvamos a cantar el Aleluya de la Pascua, no solo con nuestros labios sino con nuestra vida transfigurada. No solo en la liturgia de la Misa sino en esa Misa prolongada que es nuestra vida de todos los días.

Digámosle sí a la vida, en todas sus formas, pero especialmente allí donde es más frágil, débil o desamparada: en los no nacidos, en los niños, en los enfermos, en los que están solos, en los ancianos, en los que están pasando un mal momento, en los que sufren por alguna adicción.

Digámosle sí a la esperanza, porque el amor de Dios es más fuerte y es el verdadero poder que transforma el mundo. Es la esperanza que ha de animar el camino de los jóvenes que pueden experimentar en Jesús resucitado que la vida tiene sentido, que vale la pena darlo todo, y que no hay fracaso que pueda detener el poder que se manifestó en la Pascua.

Digámosle sí a todo lo que es humano: al amor, al gusto por la vida, a la belleza; a vivir honestamente no por temor a la ley sino porque así somos realmente felices; a luchar por una sociedad más justa; a salir del encierro y vivir en plenitud los vínculos que nos unen, incluso en medio de las dificultades, los encontronazos y las divergencias.

Digámosle sí a la cultura del encuentro, sabiendo que la unidad es siempre mayor que todo conflicto, y que los proyectos que más benefician a los pueblos son los que se construyen entre todos, con infinita paciencia, y pasión por el bien, la justicia y la solidaridad.

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La liturgia de la noche de Pascua se inicia con el templo en penumbras. Se enciende el cirio pascual y esa pequeña luz, vacilante y humilde, va contagiando a todos hasta hacer que la oscuridad sea vencida por centenares de luces en las manos de los fieles.

Que así se expanda también el testimonio del Señor resucitado. Seamos luz para este mundo nuestro que ansía ver la claridad del Rostro de Cristo, vencedor de la muerte.

Salgamos también nosotros a buscar a Jesús que vive en nuestros hermanos. Como esperó a los suyos en Galilea, también Él nos espera a nosotros allí dónde hay un ser humano que anhela una vida mejor. Allí lo veremos.


¡Muy feliz Pascua de Resurrección para todos!

viernes, 18 de abril de 2014

Viernes Santo de la Pasión del Señor

Un antiguo dicho cristiano reza: “Stat crux, dum orbis volvitur” (“La cruz permanece erguida, mientras el mundo se revuelve”).
La firmeza de la cruz de Cristo es la firmeza del amor, no la de la prepotencia, la rigidez o la tozudez.
Es la firmeza de la verdad que no necesita ser impuesta, sino que tiene, en sí misma, luz para conquistar mentes y corazones.
Es la firmeza de la libertad de Dios, no como capricho egoísta, sino como decisión de jugarse todo entero por su criatura.
Es la firmeza de la mansedumbre, de la paciencia y de la humildad, sin las cuales es imposible convivir o emprender la lucha por el bien y la justicia.
Esa es la salvación que Dios ha ofrecido al mundo: plantar en medio de la inestabilidad, fragilidad y caducidad de todo lo humano la indestructible firmeza de su amor y de su fidelidad.
Frente a la arrogancia del pecado, Dios ha correspondido con la mansedumbre de su amor, paciente y humilde, capaz de hacerse cargo del dolor y del sufrimiento ajeno.
La cruz de Cristo, Dios hecho hombre, ha expiado el pecado del mundo.
Por eso la adoramos y la veneramos. Por eso, ella es el santo y seña de todo lo cristiano.
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En ocasiones nos sorprende el poder abrumador del mal, incluso el que habita en nuestro corazón: suciedad dentro de la Iglesia, corrupción en dirigentes y ciudadanos comunes; difusión de adicciones y de quienes comercian con ellas; desprecio por la ley y toda norma de convivencia; reducción de la ética a la prevalencia de los propios deseos individuales; violencia arraigada en las calles y en los corazones; avance de la cultura de la muerte; desarticulación de los vínculos humanos básicos (amistad, matrimonio, familia), sustituyéndolos por relaciones débiles, provisorias y un largo etcétera…
Cuando una persona, una familia o una sociedad enfrentan semejantes situaciones tienen delante desafíos de largo aliento.
¿Dónde encontrar la fuerza para la empresa de superarlos?
Jesús nos enseñó a pedir: “Padre nuestro… no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal”.
En la cruz, Dios Padre ha respondido a esta súplica angustiosa del mundo.
Cristo crucificado es la fuerza de Dios para no caer en la tentación, para librarnos de la seducción del mal y del maligno.
A ella nos volvemos como escuela de vida. “Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta -enseña Santo Tomás de Aquino- no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes” (Conferencia 6 sobre el Credo).
¿Qué virtudes apetecer? Amar a todos, amigos y enemigos. Paciencia frente a las adversidades y fortaleza para sostener proyectos de largo alcance. Humildad y obediencia a Dios y su ley.
Desprecio del egoísmo mundano. Prosigue Santo Tomás: “No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que, entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre (ídem).
Acerquémonos a la cruz, nosotros que somos débiles. Que ella nos dé la firmeza del amor humilde de Cristo. Que ella nos enseñe a vivir y a luchar por la vida.

Amén.

jueves, 17 de abril de 2014

Jueves Santo de la Cena del Señor

Con esta Misa de la Cena del Señor iniciamos la celebración anual de la Pascua cristiana.

Entramos con Jesús y los apóstoles en el Cenáculo. En la cena y después de ella, el Señor protagoniza unos gestos y dice unas palabras que son los más sagrados de nuestra fe.

Con ellos, el mismo Jesús adelanta la entrega de su pasión ante unos discípulos sorprendidos, que no terminan de comprender del todo lo que están viviendo.

Será el Espíritu en Pentecostés quien les recordará y les mostrará la verdad encerrada en estos gestos y palabras del Señor.

Los invito a meditar sobre ellos y su significado.

Los gestos son cuatro: tomó el pan y después la copa; pronunció la oración de bendición y acción de gracias; partió el pan; entregó ambos para que los discípulos comieran y bebieran de ellos.

Expresan tres cosas inseparables: la entrega que Jesús está haciendo de su propia persona por nosotros y nuestra salvación; teniendo al Padre como origen y destino de esta entrega; invitando a los suyos a entrar en comunión con Él y su sacrificio.

Las palabras expresan y rubrican el sentido de los gestos. Si para un judío partir el pan es expresión de la vida como bendición de Dios, ahora ese pan partido expresa el amor hasta el fin de Jesús.

La copa que pasa de mano en mano al final de la cena simboliza, contiene y expresa la comunión de todos en la Sangre que, al ser derramada, perdona los pecados y funda la nueva y eterna Alianza entre Dios y los hombres.

La Iglesia es invitada por su Señor a hacer memoria de esta entrega sacrificial para anunciar su muerte hasta que Él vuelva.

Por eso celebramos la Eucaristía: no por iniciativa nuestra si no en obediencia al mandato divino de Jesús.

La Eucaristía no es nuestra (ni del papa, ni del obispo, ni del sacerdote ni de la comunidad). La Eucaristía es siempre del Señor.
Hoy la celebramos porque la hemos recibido de Él y de los que antes han creído en Él, como el apóstol Pablo testimonia.

La liturgia se recibe. Es don. Contiene el don supremo de Dios al mundo: su Hijo único, hecho hombre y sacrificado por nosotros.

¿Con qué disposición interior tengo que llegar a la sagrada Eucaristía? ¿Cómo me debo preparar para celebrarla dignamente?

Olvidándome de mí mismo. Abriéndome al don de Cristo. 
Predisponiendo mi corazón para la acción de gracias, la adoración y la alabanza. Saliendo de nosotros mismos.

De ahí la sabia pedagogía de la liturgia: primero escuchar la Palabra; después, levantar el corazón, volver la mirada al Señor y bendecir al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

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San Juan nos relata otro gesto del Señor: al finalizar la cena, Jesús se levantó de la mesa, se ató una toalla a la cintura y se puso a lavar los pies de los suyos (cf. Jn 13,1-5).

Juan introduce este hecho con palabras solemnes: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).

No nos extendamos más. Digámoslo de una sola vez: los cristianos no podemos celebrar la Eucaristía sino como memoria de este servicio humilde y salvador de Jesús que nos ha purificado entregándose todo entero a sí mismo.

En la Eucaristía, y en toda la liturgia, somos alcanzados por este servicio de Jesús. Sí, Jesús sigue purificando a su Iglesia porque la quiere para sí “resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” (Ef 5,27).

El gesto humilde de servicio de Jesús presente en cada Eucaristía, sacude e interpela, critica y estorba a este un mundo nuestro, embrutecido porque ha puesto en la cima de todo el dinero, el placer y el poder.

El memorial del sacrificio pascual de Jesús tiene una potencia transformadora de todo, porque contiene el amor de Dios hasta el extremo de la muerte en cruz.

Por eso, los enfermos, los humildes, los pobres y sencillos saben que la Eucaristía tiene esa fuerza interior, que no tiene ningún poder de este mundo.

A su modo, lo saben también los pecadores. He encontrado hermanos que, por alguna razón dolorosa no pueden comulgar, pero tienen una nostalgia de la Eucaristía que me pone colorado.

Por eso el Tentador, que busca siempre destruir la obra de Dios, echa mano de una estrategia infalible: separar a los bautizados de la Eucaristía, extinguir el amor por ella, minimizar el estupor y el santo temor ante la Presencia, sustituyéndolos por la banalidad, la rutina o incluso la chabacanería.

Por eso, la pastoral de la Iglesia en este mundo secularizado y pagano insiste en que redescubramos el sentido profundo de la Eucaristía, especialmente el domingo como sello y garantía de nuestra fidelidad a Jesús, a su Evangelio y al Reino de Dios.

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Tampoco podemos celebrar la Eucaristía sin prolongarla en nuestra propia vida.

La Eucaristía es para transformar nuestra vida de todos los días. Es la vida de Jesús entregada para que nosotros también entreguemos nuestras vidas por Él, con Él y en Él.

Contiene el amor hasta el extremo de Jesús hecho servicio humilde. Celebrar la Eucaristía es, para nosotros, un llamado a la “coherencia eucarística” en todos los aspectos de nuestra existencia.

San Juan lo dirá con palabras simples y lapidarias: “¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1 Jn 4,20).

La vida cristiana se extingue, tanto si abandonamos la Eucaristía como si nos encerramos en nosotros mismos, desoyendo el grito de auxilio de nuestros hermanos más necesitados.

En la vida de Jesús, la Eucaristía es inseparable de sus gestos de cercanía y de comunión con los niños, los enfermos, los pobres, los pecadores públicos, los alejados.

Ese debe ser también el ritmo de nuestra vida cristiana, tanto para nuestra Iglesia diocesana, como para cada una de nuestras parroquias, colegios, movimientos o comunidades: Eucaristía y vida, ambas expresión del amor hasta el fin, del servicio humilde y del trabajo paciente por la paz y la reconciliación.

El deterioro de nuestra sociedad es profundo. No es solo político, ni siquiera moral. Es espiritual. Lo que se está corrompiendo es el alma que une desde dentro y da unidad a toda nuestra vida social.
Estamos matando el sentido de lo que es bueno, justo y verdadero. Estamos dando a luz una sociedad que vive a espaldas de Dios y, lentamente también, a espalda de todo lo humano.

La Eucaristía y una vida genuinamente eucarística es el mejor antídoto que los cristianos podemos ofrecer a toda la sociedad.

Antes de exigir a los demás, vivamos nosotros en fidelidad a Jesús que en la última Cena, en los gestos sobre el pan y el vino y en el lavatorio de los pies resumió toda su existencia, nos dio el sacramento de la caridad y nos invitó a seguir su ejemplo.

Seamos testigos creíbles del amor de Cristo.

Así sea. 

domingo, 13 de abril de 2014

Domingo de Ramos

“Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre” (Mt 26,29).

De cara a su pasión, Jesús mira hacia el futuro.

Sabe bien qué se le viene encima. No es ni ingenuo, ni inconsciente, ni tonto. Sabe bien que la cuerda está tensa y a punto de romperse. Él mismo, al expulsar los vendedores del templo, ha sellado su suerte.

Había invitado a seguirlo dispuestos a cargar la cruz. Ahora, la cruz comienza a dibujarse en el horizonte de su propia vida.

Y Jesús mira hacia delante, hacia el futuro, hacia el Reino. Mira, como ha hecho siempre, al Padre. Ese es “su” futuro: el Padre.

Toda su vida y ministerio público han sido un servicio al Reinado de Dios, especialmente entre los últimos: los enfermos, los endemoniados, los leprosos, los pecadores, resucitando al hijo de la viuda o su amigo Lázaro.

Sirvió al Reino predicando, caminando, curando, perdonando y resucitando. Ahora lo servirá entregando totalmente su persona.

Para eso ha subido a Jerusalén, entrando en ella, humilde y pobre, montado en un burro. No lo engañan las aclamaciones.

Jesús sabe que está a punto de padecer en manos de sus enemigos, pero sabe con una ciencia mucho más honda en las manos de Quién está: en las manos de Aquel a quien Él mismo llama “mi Abba” (mi Padre), cuyo Nombre santo y lleno de ternura ha puesto en labios de los pobres y pecadores.

Nos enseñó a invocarlo así: “Padre nuestro…”

Recordemos ahora algunas palabras de Jesús dichas al inicio de su ministerio, cuando todavía la pasión parecía lejana. Decía:

No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?». Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. (Mt 6,31-34)

Ahora es el mismo Jesús el que tiene que vivir a fondo este buscar primero el Reino, porque lo demás (la vida y la resurrección) serán la añadidura. Ahora llega la hora de la aflicción para Él.

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Queridos hermanos y hermanas:

Al entrar en la Semana Santa, también nosotros, con Jesús y como Él miremos hacia el futuro.

Recordamos su entrada en Jerusalén como primer acto de su gloriosa Pasión. Pero no lo hacemos para quedarnos fijos en el pasado.

Miremos esa copa generosa de vino nuevo que Jesús compartirá con nosotros en el Reino del Padre.

Miremos también nosotros el futuro de Dios. El futuro que es Dios nuestro Padre, en cuyas manos están la vida y la resurrección.

Reavivemos la esperanza. Y una esperanza activa, mucho más potente que la mera resignación.

De esa confianza esperanzada nació la Eucaristía que hoy alimenta nuestro caminar y todas las luchas más genuinas del ser humano: la lucha por la justicia, por la amistad entre las personas, las sociedades y los pueblos; la lucha contra toda forma de violencia, teniendo el coraje del perdón y de la reconciliación.

Jesús compartirá con todos el vino nuevo de la vida en el Reino del Padre. Ese es nuestro destino, y el de toda la humanidad.

Llevar esa esperanza al mundo desanimado por el encierro del egoísmo es la misión que se nos confía y que nos recordará, cada día, el ramo de olivo que llevaremos a nuestras casas.


Tengamos así una fecunda Semana Santa. 

Amén