viernes, 11 de abril de 2014

Misa crismal 2014

Nos hemos reunido para celebrar esta sagrada Eucaristía en la que serán bendecidos los santos Óleos y el Crisma.

Es la Misa crismal, una de las principales celebraciones en la vida diocesana. Una imagen usada por el Concilio Vaticano II puede ayudarnos a vivirla intensamente:

Conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia catedral; persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros. (SC 41)
Esto es lo que quiero subrayar: “la principal manifestación de la Iglesia” acontece en torno a un único altar: allí, el pueblo, los ministros sagrados y el obispo. Como ahora, en este momento: una misma Eucaristía, una misma oración, una misma Iglesia.

La liturgia es la escuela donde el Concilio aprendió el misterio de la Iglesia cuya amplitud desplegó después en los demás documentos. 

Es en la liturgia donde el pueblo de Dios escucha la Palabra, vuelve sus ojos al Señor y lo glorifica como Él quiere; sale de sí para abrirse en adoración y alabanza; se descubre templo del Espíritu y cuerpo místico de Cristo; recibe el impulso misionero para llevar la esperanza del Evangelio al mundo.

En la noble sencillez del rito nos las que tenemos ver con la santidad inefable del Dios tres veces santo: “¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? … Mi corazón se subleva dentro de mí y se enciende toda mi ternura… Porque yo soy Dios, no un hombre; soy el Santo en medio de ti, y no vendré con furor” (Os 11,8a.d.9b).

Así hablaba el profeta, eso que no había conocido lo que nosotros: el pesebre, la cruz y la tumba vacía, la revolución de la ternura divina. Gracia inmerecida, vida en abundancia, expiación del pecado y absolución del pecador.

Por eso la liturgia es acción sagrada por excelencia, contiene y expresa lo más sagrado que ha conocido la frágil historia humana: el sacrificio pascual de Jesús. ¡Cómo no adorar!
*    *    *
La Iglesia tiene como vocación propia abrirse y abrir el mundo a la adoración y a la alabanza.

¡Cómo quisiéramos que cada bautizado -niño, joven y adulto- fuera como Moisés: un amigo de Dios que habla con Él cara a cara, o como Elías en la hendidura de la montaña que percibe el paso del Señor en la brisa ligera!

Para eso recibimos la unción interior del Santo, expresada visiblemente en el Crisma que vamos a bendecir y que será usado en la liturgia sacramental.

Es la unción que ha recibido Jesucristo en la encarnación y en el bautismo en el Jordán. En la pascua, el Espíritu transfiguró su humanidad, convirtiéndola en fuente de vida para todos.

Así, quedó constituido Cabeza de la Iglesia. Y desde la Cabeza, la unción se derrama sobre todo el cuerpo.

Recibimos la misma unción de Cristo para ser cristianos, es decir: “otros Cristos”. Su unción en nosotros. Su ser Hijo amado en nosotros. Su alegría y su consuelo en nosotros.

Es un don gratuito y generoso que reclama nuestra respuesta libre, también gratuita y generosa. Porque esa unción toca el corazón y, desde allí, busca determinarlo todo: conciencia, sentimientos, libertad, comportamientos.

Ser cristiano supone siempre estas tres cosas: asimilación personal de la llamada al seguimiento, incorporación cordial al pueblo de Dios, salir al mundo como testigos y misioneros.

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Todo esto acontece en el seno de una Iglesia particular.

Reunida por el Espíritu, la Iglesia diocesana es sin más la Iglesia de Cristo en un lugar y espacio concretos.
Comunión y misión marcan la respiración del cuerpo viviente de la Iglesia particular.

Acoger el don de la comunión y la fraternidad; buscar empecinadamente ser hermanos; compartir sueños y proyectos; aprender a miranos a la cara y a escucharnos con franqueza; madurar criterios y senderos comunes; no esconder los problemas por agudos que sean, sino aprender a tratarlos bien, como dice el papa Francisco, porque la unidad es superior al conflicto.

Para este camino se requiere mucha humildad y la disposición de nunca dejar de aprender. Mientras mayor es nuestro servicio, mayor nuestra disponibilidad.

Esa es la meta nunca alcanzada del todo en la vida de una Iglesia particular. En nuestro Plan de Pastoral hemos hecho una explícita opción por este modo de vivir la comunión. A eso nos empuja el Espíritu que nos da unidad en la diversidad.

Todo este arduo trabajo de comunión apunta a la misión. El Espíritu que nos reúne nos empuja a la misión. Nos hace una Iglesia “en salida” (EG 20 ss).

Nosotros lo hemos formulado así: una Iglesia y una pastoral “cercanas a la vida”, especialmente de los más pobres, frágiles y olvidados.

En la Carta pastoral 2014 he indicado cuatro senderos para concretar este ideal: la escucha de la Palabra, la revitalización de los Consejos de pastoral, la pastoral juvenil y la familiar.

Les propongo lo que he recogido de ustedes. Al menos, lo que he interpretado al escucharlos. 

Sin embargo, Dios es siempre más grande. Él no deja de sorprendernos. También para eso recibimos la unción del Santo: para estar atentos al Dios que vive y actúa incluso en la vorágine de la vida moderna. El Dios encarnado está donde están sus hijos.

Salgamos entonces a buscarlo, sin temor a nuestras fragilidades y miserias. Dios se revela a los pobres, también a los que somos torpes y lentos.

Los perfeccionistas pueden seguir esperando. Nosotros nos dejamos llevar por el Espíritu para reconocer al Dios tres veces santo en la imperfección que es propia de todo lo humano.

No dejamos de preguntarle: ¿Qué quieres de nosotros Señor de la historia? ¿A dónde tenemos que ir para buscarte y proclamarte? Háblanos, Señor, que queremos escucharte.

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El beato Juan Pablo II llamó a la Iglesia: “misterio de comunión trinitaria en tensión misionera” (Pdv 12).
Esta imagen ilumina la vida de nuestro Presbiterio, también uno y diverso.

La dedicación de por vida a la diócesis de los presbíteros seculares se complementa con los carismas y movilidad misionera de los religiosos.

También somos distintos por edad, procedencia, personalidad y formación, sensibilidad espiritual o teológica. Tenemos miradas diversas para los mismos desafíos. Salvando la sustancial unidad de la fe no pensamos igual sobre muchas cosas opinables.

Puede incluso que nuestro caminar como Presbiterio haya dejado cicatrices más o menos profundas. No somos ángeles. Lo reconocemos con simplicidad delante del Buen Samaritano.

¿Cuál es el dinamismo de la unción en nuestra fraternidad sacerdotal?

En la ordenación fuimos ungidos con la unción del Buen Pastor para tener sus mismos sentimientos y prolongar sus manos que bendicen y su rostro misericordioso. Juntos somos el signo del Buen Pastor en esta Iglesia diocesana.

También a nosotros el Espíritu nos empuja a la comunión y a la misión. ¿Qué es el Presbiterio diocesano sino el cuerpo apostólico cuya pasión dominante es llevar el Evangelio hasta el último rincón de la diócesis?

Queridos hermanos: el Espíritu trabaja en nuestro interior para enriquecer nuestros vínculos. Vuelvo a la imagen del papa Francisco: acaricia incluso nuestras dificultades para que aprendamos a vivirlas con el 
Evangelio en la mano.

Ahora bien, es trabajo del Espíritu. Por tanto, es gracia que jamás suple ni violenta ni mortifica nuestra libertad personal. La trabaja pacientemente para que se abra, paso a paso, al don de la comunión y la misión.

Por eso, como obispo me animo a proponerles una perspectiva de largo alcance: miremos juntos con los ojos compasivos y apasionados de Jesús la realidad de nuestro pueblo y nuestra propia comunión apostólica.

Seamos un “Presbiterio en salida”: salgamos de nosotros mismos y arriesguémonos a vivir a la intemperie. Allí nos espera el Señor. Así se vive la comunión, la fraternidad y la misión. Escuchemos una vez más el clamor de quienes anhelan la esperanza del Evangelio.

Que no nos puedan nuestros complejos, timideces o mezquindades. Y si nos pueden, sepamos que tenemos hermanos que no vienen a juzgarnos sino a darnos una mano. ¿Quién de nosotros no ha estado caído y no ha necesitado la ayuda fraterna para levantarse y seguir caminando?

Miremos al Resucitado que no deja de alentar su Espíritu sobre nosotros.

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Queridos hermanos y hermanas laicos, pastores y consagrados:

En torno al altar, presididos por el obispo, somos la Iglesia de Cristo. Iglesia en oración, adorante y peregrina. La manifestación principal del misterio que es la Iglesia misionera.

María es el mejor espejo para mirarnos. Toda santa y transfigurada por el Espíritu ella va delante de nosotros. Con ella, Francisco, Brochero, Juan Pablo II, Juan XXIII y una innumerable “nube de testigos” que han tejido con su santidad evangélica la urdimbre de esta Iglesia diocesana.

Hemos recibido la misma unción que ellos. No. No estamos solos. La unción nos hace familia.

Es hermoso caminar juntos alentados por el Espíritu de Jesús. Nos espera la Pascua que hace nuevas todas las cosas. No tengamos miedo.


Amén.

domingo, 9 de febrero de 2014

El estilo Francisco

El diario "La voz de San Justo" publica hoy un artículo mío con el título de este post. Aquí lo transcribo, ligeramente modificado. No puedo con mi genio: siempre tengo que corregir lo que escribo. Saludos.

El estilo Francisco

Este 11 de febrero se cumple un año de la histórica renuncia del papa Benedicto XVI. Un gesto de que expresa la talla espiritual de Ratzinger. Un poco más de tiempo aún y celebraremos el año de la llegada del papa Francisco.

¿Intervención de la Providencia? Para quienes tenemos fe es claro que sí. A condición de que no imaginemos nada mágico ni automático. Dios obra libremente contando con la libertad de los hombres, en este caso: con las libertades de Joseph Ratzinger y de Jorge Bergoglio.

De ese 13 de marzo en adelante: el huracán Francisco ha dejado huellas en el mundo católico y más allá también.

Se habla por eso del “efecto Francisco”. Gestos, palabras, decisiones que sorprenden, encienden el corazón y llenan de alegría y esperanza.

De todas formas, aquí quisiera hacer una breve referencia a otra cosa: más que del “efecto” quisiera reflexionar sobre el “estilo” Francisco. A mí, como creyente y como obispo, me dice mucho. En realidad me cuestiona. Y no soy el único que lo vive así.

¿A qué me refiero cuando hablo de “estilo”? A su modo personal de ser y de vivir el ministerio pastoral. Un talante propio, inconfundible y profundamente evangélico.

Doy tres características que a mí me impresionan. Ante todo, Francisco es un hombre directo, de una sola pieza. Un jesuita austero: vive con pocas cosas, casi menos que lo fundamental. Esto es ya todo un signo. La reforma de la Iglesia que él mismo propone ha comenzado por este estilo de vivir sencillo y despojado.

Esta esencialidad, a mi modo de ver, está en relación con otra cosa más importante: Francisco, desde el primer día, ha querido centrarse en lo esencial del Evangelio de Jesús: el amor incondicional de Dios por cada ser humano. Lo demás es añadidura. Importante, sí, pero añadidura al fin.

Y amor por cada persona, en el hoy de nuestro mundo, significa: ternura, compasión, misericordia, escucha atenta, curar, consolar, acariciar la fragilidad. Ha dicho repetidas veces que Jesús, Dios hecho hombre, ha traído al mundo la revolución de la ternura.

La tercer característica que subrayo es una variación de la anterior: amar a cada persona signfica aceptarla tal como es y tomarla en la situación concreta en que esta se encuentra. No pedir más, ni tampoco menos. Es un principio de sabiduría espiritual y pastoral.

Es, en definitiva, lo que vemos en el Evangelio: Jesús no exige más que apertura a su persona y a su palabra, fe y conversión. El amor de Dios es capaz de hacerse presente en medio de todo límite humano. Acompaña a la persona en cada paso que da, por lento y corto que sea. “Dios es real”, repite Francisco, y está donde están sus hijos.

Este “estilo” del papa Francisco, por sí solo, interpela a cada católico. Mucho más a quienes somos pastores. Interpela también a quien lo escucha con apertura interior.

Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

miércoles, 1 de enero de 2014

Un nuevo año, con María discípula de Jesús

Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros. Ese es el deseo más hondo del corazón humano. Ese deseo está actuando, incluso cuando se apoderan de nosotros otros deseos descaminados.

Es mucho más que un deseo. Dios lo ha puesto en nuestro corazón. Y lo ha cumplido, "cuando se cumplió el tiempo".

Dios ha iluminado su Rostro sobre nosotros en Jesús el Hijo de María.
Nuestro tiempo está lleno de la presencia del Dios humanizado.

Ahí lo tenemos que buscar: en nuestro tiempo humano, en nuestras cosas humanas.

En los hermanos y en los acontecimientos.

No fuera de nuestra condición humana, sino en lo más hondo y humano de ella.

Ahí está el Dios cristiano: Dios humanizado.

¿La actitud espiritual? La de María que observa, escucha y repasa en el corazón. La de los pastores que escuchan, cuenta y alaban.

PIdámoslo como gracia para este año nuevo que estamos estrenando: ¡Señor, que vea tu humanidad!

FELIZ AÑO 2014 PARA TODOS, con la felicidad del Evangelio de Jesús

jueves, 26 de diciembre de 2013

Homilía de la Noche buena

¡Qué frágil es la paz y la concordia entre los seres humanos!

Tenemos experiencia directa de ello. La paz parece siempre prendida con alfileres.

Basta que aparezca alguien con una razón convincente, o que se den las circunstancias fatales, y la chispa del odio causa un incendio de proporciones.

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Una vez más, en esta Noche santa, saludamos a Jesús como “Príncipe de la Paz”.

Lo creemos firmemente. Así lo anunció el profeta y nosotros sabemos que es así: este Niño inaugura una paz sin límites, una paz para todo el pueblo (cf.Is 9,6).

Lo anunciaron los ángeles a los pastores y la fe de la Iglesia lo ha hecho himno litúrgico que nosotros cantamos con unción: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14).

Es decir: los hombres alcanzados por la voluntad buena de Dios que quiere salvar, curar, reunir y reconciliar.

Jesús es el que nos trae la paz. Él mismo es nuestra Paz, escribirá san Pablo, “Él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba”. (Ef 2,14).

Por eso, queridos hermanos y hermanas, que la paz de Cristo nos alcance en esta Navidad 2013.

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La paz es obra de la justicia.

No hay paz hasta que cada persona recibe lo que le es debido, lo que corresponde a su dignidad de persona.

No hay paz si yo no estoy dispuesto, no solo a reclamar mis derechos, sino a vivir, como condición previa, mis propios deberes como persona y ciudadano.

No hay paz hasta que no estoy dispuesto a reconocer en el otro a un igual; es más: a un hermano o hermana.

Este es un sólido fundamento para la convivencia ciudadana. En el respeto a la dignidad de cada ser humano se edifica la sociedad.

Pero la sola justicia no basta para tener paz y concordia.

Nunca terminamos de crear todas las condiciones para la justicia. El orden de la justicia siempre es frágil, pues está sometido al egoísmo y al interés humano.

Cada uno de nosotros, cada generación, debe elegir la justicia, el bien, la verdad.

Pero también es cierto que la curación definitiva de las heridas más profundas de una sociedad envenenada por el odio requiere la acción de todas las fuerzas espirituales del corazón humano.

La convivencia siempre necesita de algo más. Es el plus del amor que toma la iniciativa y se hace cercanía, arrepentimiento sincero, perdón y amistad.

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Es lo que ocurre en Navidad: Dios sale al encuentro del hombre para pacificar el corazón amenazado por la violencia.

Ese Niño que nace es Salvador: ha nacido para arrancarnos del poder del pecado y darnos su Espíritu que nos hace hijos, y nos da la paz.

Es el que viene a buscar lo perdido, a sanar lo enfermo, a absolver al culpable.

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Por eso, querido hermano y hermana, en esta Navidad dejate pacificar por Dios. Dejate serenar el corazón por la mansedumbre de Dios manifestada en el Niño que María da a luz, envuelve en pañales y recuesta en el pesebre.

Dejate alcanzar por la salvación que es Jesús.

¿Cómo hacerlo? La salvación acontece cuando Cristo nos abraza y nosotros nos entregamos a Él. Cada uno debe buscar y transitar este camino.

Ahí está su Palabra consoladora que, leída con fe, lo hace presente entre nosotros.

Ahí están sus sacramentos de vida: la Eucaristía y la Reconciliación con la palabra del perdón y la paz que nos rehacen por dentro.

Hay un sendero que no falla, al alcance de todos, especialmente del pecador: es el de la humildad que se vuelve plegaria, oración:

“Señor Jesús, nacido de María, tengo el corazón endurecido o entenebrecido por el odio, el rencor, la violencia o sencillamente una fría indiferencia. No sé cómo levantarme de mis caídas. Dame tu paz. Sé Tú mismo la paz de mi corazón”.

Cada uno podrá encontrar la palabra justa para su plegaria personal.

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Dejarse pacificar por Jesús tiene un fruto: convertirse, de a poco, en obrero de la paz en la familia, en el círculo de amigos, en la sociedad.

Jesús proclamará la bienaventuranza de la paz: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Trabajar por la paz. Ese es un buen propósito para esta Navidad.

¿Qué puedo hacer yo por la paz y la concordia entre las personas?

Puedo orar, cada día, por la paz entre las personas.

Puedo perdonar al que me ofende, o al menos, pedirle a Dios que me conceda el don del perdón.

Puedo callar, cuando todo apunta a dejarse llevar por el chisme y el correveidile que tanto daño hacen a los vínculos humanos.

Puedo, por el contrario, exculpar o disculpar a las personas, antes que culparlas.

Puedo tener siempre a mano una palabra de elogio, una palabra que reconoce lo que el otro hace o dice, una palabra de agradecimiento.

Puedo neutralizar el efecto disolvente del odio y la violencia con un gesto de mansedumbre, de pacífica resistencia al mal que nos circunda.

Así se va generando el clima que hace posible el perdón, la reconciliación, la convivencia entre los que son distintos.

Vamos creando las condiciones para la “cultura del encuentro” que nos ha traído Jesús y que nosotros tanto necesitamos.

Así se vive el don precioso de la paz que Cristo nos trae en esta noche santa.
¡Muy feliz Navidad para todos!


+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

martes, 24 de diciembre de 2013

MENSAJE DE NAVIDAD 2013

“Les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. (Lc 2,10-11).
Queridos amigos y hermanos:
Me hago eco de las palabras del ángel a los pastores. Yo también les anuncio una gran alegría. Esa alegría tiene rostro y nombre propios: es Jesús, el niño que María recuesta en el pesebre. En Él reconocemos al Emanuel: Dios con nosotros.
En su pequeño corazón de niño ha comenzado a crecer el fuego que un día no podrá dejar de comunicar a los suyos: “cuando ustedes oren digan: Padre…” (Lc 11,2).
Porque de eso se trata: María da a luz a Aquel que viene a decirnos que no estamos solos, ni somos huérfanos, que nuestro destino no es el aislamiento o la nada.
Él es el Hijo único que ha venido a nosotros desde “el seno del Padre” (Jn 1,18).
Su misión: mostrarnos que Dios es Padre. Un Padre con entrañas de madre, al decir de los profetas del antiguo Israel.
Y si Dios es Padre, nuestra vocación más profunda es ser hijos y hermanos. Una familia.
Incluso en medio de la fiebre de consumo que parece desdibujar el rostro cristiano de la Navidad, las personas intuimos que esa noche trae salvación para nuestros vínculos, personales, familiares y sociales. Para renovarlos y potenciarlos.
Se equivocan tristemente los que enseñan que el hombre es enemigo del hombre, que el conflicto es el motor de la historia y que es una ilusión querer convivir en paz.
Es cierto que la cizaña de la corrupción, la violencia irracional y el egoísmo está creciendo en el campo. Amenaza los vínculos de amistad social. Lo hemos visto días pasados, con vergüenza y temor, aquí mismo en Córdoba y otros lugares de Argentina.
No nos dejemos ganar por el desaliento. Volvamos los ojos a Jesús y su Evangelio. Mirando con los ojos de la fe la realidad de nuestro mundo, tantas veces brutal y despiadada, el Papa Francisco sigue apostando por la “cultura del encuentro”.
¿Podría hacer otra cosa el Vicario de Cristo?
Es el sueño de Dios que comenzó a realizarse en la pobreza de Belén y alcanzará su plena realización en la Pascua. Involucra a todos. No hay excluidos ni descartados. Es encuentro, familia, unidad en la diversidad.
Por eso los destinatarios privilegiados de la buena noticia son los pobres, los que están tristes, los que no logran equilibrar el balance de sus vidas, los pecadores.
Así se conoce mejor lo que realmente significa esa “alegría para todo el pueblo” anunciada a los pastores.
Ojalá también nosotros podamos experimentarla en esta Navidad. Tal vez baste decir, mirando con ojos de niño al Niño Jesús: “Yo también soy un pobre pecador; viniste por mí; esa alegría es para compartirla con mis hermanos; Jesús: tú eres mi Salvador”.
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Ahora una nota más personal.
Este 25 de diciembre se cumplen apenas cuatro meses de mi llegada a San Francisco. Tiempo breve pero intenso. De a poco voy conociendo la vitalidad de la diócesis
Por todo le doy gracias a Dios. Especialmente a quienes me han abierto la puerta de sus casas. Gracias a los sacerdotes, a los consagrados, a las familias y comunidades; a las autoridades públicas y a las organizaciones de la sociedad civil. A los que me han reconocido en la calle y me han tendido la mano. A todos: gracias. 
Todos están en mi oración de cada día, especialmente en la Eucaristía.
Anunciarles la gran alegría de la Navidad es mi misión como obispo. Pero Iglesia misionera somos todos. Y juntos estamos llamados a compartir la “dulce y confortadora alegría de evangelizar”. A seguir caminando juntos entonces.
Muy  feliz Navidad para todos.
Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

sábado, 17 de agosto de 2013

Homilía en la Misa de acción de gracias y envío - Sábado 17 de agosto de 2013

Estamos en casa, en familia y entre amigos.
Nos une la misma fe y, para nuestro consuelo, la mirada de Nuestra Señora reposa sobre nosotros.
A veces pienso que tenemos un poco olvidado este Santuario. Pero, si nosotros nos hemos vuelto un poco olvidadizos, María no ha dejado de salirnos al encuentro allí donde nos reunimos: celebraciones, jornadas, momentos de comunión.
La Visitación es un misterio que se cumple, una y otra vez.
María ha ido a nuestro encuentro. ¿Para qué? “Por medio de María, -leemos en Puebla- Dios se hizo carne, entró a formar parte de un pueblo; constituyó el centro de la historia. Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María, el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista” (DP 301).
María sabe de fe, de oración silenciosa, de acogida y de misión. Sabe de humanidad. Sabe de las cosas de Dios. Y lo sabe con su cuerpo: allí creció el fruto más precioso de esta tierra, el Verbo encarnado.
Eso es también lo bueno del Rosario: rezamos tocando con los dedos del cuerpo los misterios del Señor. La Encarnación en nuestras manos.
Para que el Evangelio no se desencarne. Para eso, María está presente en medio de nosotros.
Y nosotros acogemos su presencia discreta, casi en segundo plano, como algo fundamental. Sin ella, lo que hacemos sería ideología o frío pragmatismo.
Sintámonos, por tanto, en casa y que ningún reclamo moralista perturbe la armonía del Espíritu. Gocemos sencillamente la comunión que el Dios amor nos concede, y que María alienta con su corazón de mujer.
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En este clima mariano entonces, puedo abrirles el corazón y decir cosas que, en otras circunstancias, serían un poco inapropiadas.
Quisiera ofrecerles una palabra muy personal. Una palabra que, surgiendo del propio corazón creyente, venga también con la potencia del Espíritu.
“Verbum mittitur spirans Amorem”, enseñaba Santo Tomás en su “De Trinitate” (S Th I 45, 5, ad 2): El Hijo es el Verbo que espira Amor, y así, es enviado a nosotros para que nuestra inteligencia y nuestras palabras queden trasfiguradas por el amor.
Le pido al Señor que sea Él el que guíe mis palabras, para que, llenas de su Espíritu nos enciendan en el amor y la comunión.
Permítanme entonces pronunciar una “confessio fidei”, una confesión de fe, que es, a la vez e inseparablemente, “confessio laudis” (alabanza) y “confessio vitae”: una vida que canta las maravillas de Dios.
No que ponga mi persona en el centro. Ante ustedes, quisiera hablar de la obra de Dios en una historia humana concreta.
Diciéndolo brevemente: “Creo, Señor, en Ti. Creo en la potencia de tu gracia que se ha manifestado en mi vida, por eso, te alabo, te doy gracias y a Ti me confío”.
Con cuatro palabras quisiera articular esta confesión de alabanza.
Las palabras esconden secretos que lo son incluso para quien se deja amaestrar por ellas. Uno se pone a escribir y acontece el milagro: las palabras nos leen a nosotros mismos y nos revelan delicadamente el misterio.
No que las palabras agoten la realidad. Las palabras nos permiten decir cosas importantes, significativas, pero también nos enseñan a buscar, a seguir caminando y quedarnos en silencio ante el misterio de Dios, de nuestra propia vida y ante la inmensidad de la realidad.
¡Qué horizonte nos abre la Escritura cuando afirma que en el principio existía la Palabra, la Palabra era Dios y era cabe Dios!
Esa es la Palabra que el Espíritu trajo al vientre virginal de María, haciendo que tomara de ella carne y sangre para habitar entre nosotros, para que la pudiéramos oír, tocar y seguir.
Por eso: cuatro palabras para compartir. Cuatro palabras para un solo Nombre: Jesús, Señor y Salvador.
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La primera palabra es: SORPRESA.
Nunca imaginé irme de Mendoza. Cuando me hice cura, mi horizonte era esta tierra, su gente, la fe cristiana recibida aquí.
Un sacerdote puede y debe hacer muchas cosas. Para mí ha sido muy fuerte comprender que el servicio fundamental que estoy llamado a dar es el de la fe: anunciar la Palabra para que el Espíritu despierte la fe en el corazón del oyente.
Lo digo de forma más breve aún: servir la fe de mis hermanos.
No estaba en mi horizonte dejar esta tierra, decía. La llamada al episcopado cambió todo. Es la Iglesia la que llama. Pero, en la fe, uno sabe que detrás de esa llamada eclesial está el Dueño de la viña: Jesús. Él llama y envía.
En su reciente visita al Santuario de Aparecida, el Santo Padre Francisco nos exhortaba a dejarnos sorprender por Dios y, como María, dejarnos conducir por Él.
Confieso que Dios me ha sorprendido. Ahora y antes. No siempre he comprendido bien qué me pedía, hacia dónde realmente me llevaba. Confieso también que he aprendido a confiar en su promesa. O, mejor: que estoy en ese aprendizaje.
Un cristiano es alguien que vive de una promesa que lo pone a caminar, como Abrahán. Eso prediqué en mi primera Misa.
Y no aprende ni camina solo. Ese camino lo recorremos juntos, como pueblo, como hermanos. Confieso que me enciende el corazón descubrir el camino que hemos recorrido juntos: yo, uno más de este pueblo peregrino.
Eso es muy hermoso de reconocer en este momento de envío y misión.
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Aquí ya asoma otra palabra, inmensa e inagotable, evangélica: VOCACIÓN.
Jesús pasa y dice, sin vueltas: Sígueme.
El que alguna vez ha leído el evangelio con un poco de sintonía interior no habrá podido pasar por alto el impacto que tiene esta palabra en labios de Jesús.
Basta ese “sígueme” y uno ya no es más dueño de su propia vida. Una llamada nueva que sorprende y cambia todo.
Jesús decía que el Espíritu sopla donde quiere. Arrebata. Es libertad y creatividad en estado puro. También aquí: “Verbum spirans Amorem”.
Hay momentos claves, que se pueden fechar y localizar, en los que ese “Sígueme” ha resonado inconfundible, aunque siempre abierto a la libertad que forma parte de todo “Amén” que le decimos a Dios. Como María.
Quien ha escuchado el Sígueme de Jesús ha sido provocado en su libertad, desafiado a caminar confiándose solo en esa promesa.
Pero es un “Sígueme” que resuena, sutil casi imperceptible, cada mañana. La vocación, enseñaban los Padres, es siempre matutina.
De ahí la belleza y hondura de la oración matinal: “Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza”, y desde ahí todo lo demás.
Vale la pena entrenarse en la oración matinal para escuchar al Señor que llama. Porque no sabemos ni el día ni la hora de esas llamadas que van dándole dirección y sentido a nuestra vida, hasta la llamada final, para el encuentro definitivo, cara a cara.
Oración que siempre es lucha, Getsemaní, aunque algunas veces -pocas pero decisivas por cierto- también es Tabor. Se vive como se ora; se ora como se vive.
Confieso que he escuchado el “Sígueme” de Jesús, sobre todo, en ese tiempo de gracia singular que han sido los quince años de ministerio pastoral en el Seminario, pisando con temor y estupor la tierra santa de la vida y la vocación de tantos de ustedes, queridos hermanos. Días atrás lo repasaba en esa querida comunidad eclesial. Y no digo más, porque es algo muy importante.
Solo Dios sabe cuánto se me ha ido la vida en ello. Aún consciente de mis errores y debilidades, sería sumamente ingrato si no confesara con alegría que Dios es grande y misericordioso al conducir a su pueblo.
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La otra palabra bíblica que me viene del corazón y se hace texto es CONSUELO. Me explico un poco.
Si uno acepta ser obispo, especialmente ser obispo auxiliar, sabe que queda en disponibilidad. Yo sabía que mi tiempo en Mendoza sería breve. Lo vivía con cierta inquietud: ¿a dónde me mandarán? ¿Podré adaptarme? ¿Cómo seré recibido? Esa inquietud sigue presente. En estos días un poco más intensa.
Cuando el pasado 23 de mayo, el Nuncio me comunicó que el Papa me había nombrado obispo de San Francisco experimenté, al instante, un fuerte consuelo interior.
Comenzaron a resonar muy adentro unas palabras también conocidas: “No tengás miedo. Yo estoy con vos”. Y eso basta. Esa palabra es más fuerte que cualquier duda o tormenta interior.
Aquí vale otra aclaración importante. Para la tradición espiritual cristiana, el consuelo es un signo de la acción discreta de Dios que guía la propia vida.
No que las preocupaciones y dudas desaparezcan. Lo que pasa es que quedan enmarcadas en una situación vital nueva.
Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones, escribía San Pablo. E Ignacio añadía: en el consuelo, no olvidar que la vida es frágil y el hombre falible. Pero en la turbación, recordar que Dios es. Y que estamos en sus manos.
Por eso, permítanme decir, escuetamente y con un poco de pudor: confieso que, incluso en las pruebas de la vida, el consuelo de Jesús se ha hecho presente, confortando, animando y encendiendo una luz, pequeña por cierto, pero firme y suficiente para caminar.
Por eso, también: ¡Bendito y alabado seas Señor que amas la vida! 
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Así las cosas, otra palabra surge sola: GRACIAS.
Me ha tocado explicar varias veces el tratado teológico sobre la Gracia. Solía decir que la palabra “gracia” es parte del vocabulario básico que todo cristiano tiene que aprender.
Su brevedad oculta una riqueza infinita. Dice muchas cosas a la vez: favor recibido, disposición favorable, auxilio divino, amistad, belleza, transformación interior.
Los medievales hablaban de la “Gracia increada”: Dios mismo que se entrega al hombre, hasta habitar en él.
En este momento de mi vida, me siento personalmente inmerso en una historia de gracia.
Comprendo bien que el Papa Francisco haya dicho que la Iglesia no puede ser entendida como una pesada organización burocrática, sino como una gran historia de amor.
Citando a Guardini, Benedicto XVI había tenido palabras muy parecidas: “la Iglesia «no es una institución inventada y construida en teoría..., sino una realidad viva... Vive a lo largo del tiempo, en devenir, como todo ser vivo, transformándose... Sin embargo su naturaleza sigue siendo siempre la misma, y su corazón es Cristo»”.
Esto lo he vivido en primera persona. No me lo han contado, ni lo he leído simplemente en un libro. Ha sido y es mi experiencia de vida. Soy, por eso, un hombre feliz y agradecido.
Confieso que he podido experimentar que la vida es un don, un regalo inesperado y gratuito. Viene de Dios, que es amor y solo sabe dar hasta el extremo.
Sí, hermanos: “Todo es gracia”, como decía el célebre personaje de Bernanos.
La Iglesia del Verbo encarnado, con toda su humanísima concretez, a veces desconcertante y crucificante, es el hogar de la gracia divina en medio de nuestro mundo.
Me descubro hijo de la Iglesia e hijo de esta tierra. De esta Iglesia diocesana de Mendoza, cuya maternidad, para mí, tiene el rostro de mis padres y mi familia, de las comunidades que me han engendrado a la fe, de las personas que Dios puso en mi camino, y que me enseñaron a discernir los signos de la Providencia.
Aquí maduró mi vocación al sacerdocio, y aquí también aprendí a ser obispo, alentado por el querido Arzobispo Arancibia, a quien considero un padre y un maestro.
También en estos pocos meses, acompañando al Arzobispo Carlos, a quien aprecio como un hermano y amigo.
También de la mano de todos ustedes, queridos hermanos curas. Yo soy uno de ustedes. Eso me conforta y me alienta.
Aquí he cultivado ese tesoro inestimable que es la amistad con la que muchos de ustedes me han honrado.
Aquí aprendí a rezar y a cantar, a leer y a escribir, a amar y a esperar, a pedir perdón y tender la mano, a llorar y a compartir el dolor. También a dejarme mirar por la montaña, el desierto y el agua.
Aquí aprendí a celebrar la Eucaristía. Incluso siendo niño y como un juego infantil que contenía también una gran promesa.
Ustedes saben de mi gusto por la liturgia, por el canto y la predicación en el marco sugestivo de la “Ecclesia orans”.
Queridos hermanos: ¡cuánto me ha dado Dios en las celebraciones eucarísticas que hemos compartido! ¡Cuánta potencia espiritual que nos envuelve, transforma y nos modela!
Uno de los títulos más antiguos del obispo es precisamente el que se refiere a su misión de moderador del culto: sumo sacerdote del pueblo santo de Dios.
Considero una verdadera gracia haber podido recorrer la diócesis para las confirmaciones, las fiestas patronales y, sobre todo, las visitas pastorales que nos han permitido orar juntos y ponernos todos bajo la soberanía de la Palabra de Dios.
Confieso agradecido que he recibido del pueblo de Dios mucho amor, testimonio de Evangelio y aliento para el camino.
Cuando estaba por irme a estudiar a Roma, Arancibia, en varias ocasiones me repitió: en Roma vas a ver muchas cosas, algunas no tan santas ni edificantes. Lo más importante: no te olvidés nunca del pueblo del que venís, de la Iglesia que te envía y a la que tenés que servir.
Hoy le doy gracias al Señor porque ha cumplido su promesa, y con creces. El ciento por uno.  
Nada de todo esto puede olvidarse. Es bueno, por ello, quedarse todo el tiempo que sea necesario para decir sencillamente: “gracias” y hacer eucaristía. Es lo que intento con estas líneas que, créanme, salen solas de su fuente interior.
En el vocabulario cristiano hay otra palabra para decir “gracias”. Esa palabra, también sagrada y evangélica, es “misión”. O, como lo expresa Aparecida: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo”. (DA 29).
Esta celebración es, inseparablemente, acción de gracias y envío, gracia y misión.
Al partir para San Francisco, con ilusión, alegría y ansiedad, vuelvo a escuchar, en el seno de esta Iglesia madre, la voz del Señor, como una vez la escuchó también el profeta: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”.
Yo he respondido, también como el profeta: “¡Aquí estoy: envíame!”.
*   *   *
Sorpresa. Llamada. Consuelo. Gratitud.
Son palabras que encierran el misterio de una vida. La persona, cada uno de nosotros, es inefable. Un misterio inmenso, insondable. No alcanzan las palabras para nombrarlo.
Karl Rahner apuntaba también: el hombre es un misterio que evoca el Misterio con mayúsculas, el Misterio santo del Dios amor. El Dios que es siempre más grande.
De Él vienen la sorpresa, la llamada, el consuelo y la gratuidad. Él llama y envía.  
Como María, a Él me confío. Todos estamos en Sus manos.
Amén.
+ Sergio O. Buenanueva

Obispo electo de San Francisco

sábado, 1 de junio de 2013

Sentimientos y pensamientos de un obispo

El pasado miércoles 23 de mayo, el Sr. Nuncio en Argentina me comunicó que el Santo Padre me había nombrado obispo de San Francisco. Lógicamente me preguntó si aceptaba la designación. Respondí que sí y que además estaba muy contento.

De ese momento hasta hoy, la alegría y el consuelo interior me han acompañado como sentimientos dominantes. Incluso cuando he tenido que decírselo a mi madre, pues esta designación supone mi partida de Mendoza. Su respuesta ha sido profundamente evangélica: es lo que Dios te pide, es tu misión. De esa mujer de fe, de la que recibí la vida, recibí una suprema lección de evangelio. No pudimos dejar de pensar en mi padre. Terminamos rezando por la diócesis de San Francisco y, de manera especial, por las vocaciones. 

Realmente es así. En el llamado de la Iglesia estoy experimentando, una vez más, la llamada del Señor, aquel “sígueme” que cambia todo. Es una gracia muy grande.

En la víspera de la publicación del nombramiento, rezando ante el Santísimo volví a leer el diálogo final entre Jesús y Simón Pedro: “¿me amas? … Señor, tú lo sabes todo, sabes que te amo…Apacienta mis ovejas”. Lo completé con la reflexión que el Papa Francisco dirigió a los obispos italianos, inspirándose precisamente en esta escena evangélica.

Del relato evangélico me quedó impreso también la declaración del discípulo amado desde la barca: “¡Es el Señor!”. Simón se arroja al agua para encontrarse con Jesús.

Bueno, la palabra siempre ilumina la vida. Todo esto resuena de manera especial en mi corazón en estos momentos.

Reconocer a Jesús, el Señor, de la mano de la Iglesia. Salir a su encuentro. Escuchar su llamada, su interpelación y su envío.

Mientras esperábamos la llegada del Arzobispo Franzini a Mendoza, en varias oportunidades tuve que explicar que el obispo es básicamente un misionero, un hombre que es llamado para continuar con la misión de los apóstoles: anunciar el Evangelio de Jesús.

En estos meses he tenido que profundizar este punto pues, después de algunos años, he vuelto a dar algunas clases de teología. Estoy enseñando el sacramento del orden, cuya esencia es, precisamente, la continuación en la Iglesia del mandato apostólico de Jesús.

Lo que la Iglesia vive y enseña es una realidad muy concreta, sobre todo, cuando toca la vida concreta de las personas, como en este caso a mí mismo. Y es una realidad muy concreta porque viene de Dios, lo más concreto que existe. Por eso ilumina, consuela, abre horizontes y anima a caminar.

Así me siento hoy: consolado interiormente y con entusiasmo para caminar.

Agradezco de corazón a todas las personas que, de varias maneras, se han conectado conmigo en estos días para saludarme, felicitarme y animarme. De Mendoza y de San Francisco, también de más lejos.
Gracias a todos.

Es cierto que la nueva misión supone para mí la partida de esta tierra y de esta iglesia madre. No puedo negar que, como decía el Guille de Mafalda, eso deja un agujerito en el corazón. Pero Dios es siempre más grande, y el gozo de Jesús colma siempre el corazón.

Del Seminario me habían pedido que, en el segundo semestre, volviera a dar el tratado sobre la Eucaristía. No podré hacerlo. Pero en el cuerpo eucarístico del Señor está la vida de la Iglesia, nuestra comunión y nuestra identidad más profunda. Tanto que llega al cielo y a la vida eterna.

En la Eucaristía estamos todos en comunión.