lunes, 9 de abril de 2012

Ser fieles a Jesús y al Evangelio


La celebración de la Pascua cristiana comienza el jueves santo con la Misa de la tarde, llamada “de la Cena del Señor”.

Según el evangelista San Lucas, Jesús abre su última cena pascual con los discípulos con estas palabras: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios” (Lc 22,15-16).

Es que Jesús, en esa cena pascual de despedida, realizó un gesto inesperado al inicio y al final de la comida pascual. Al inicio de la cena cumplió con el típico gesto judío de partir el pan y pronunciar una bendición; pero en vez de usar las palabras rituales prescritas, Jesús introdujo unas palabras suyas: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”.

Al concluir la cena, volvió a sorprender a sus discípulos porque hizo algo similar con la copa de vino: “Tomen y beban, este es el cáliz de mi sangre, la sangre de la nueva alianza derramada para el perdón de los pecados”. A continuación, y también alterando el rito judío, hizo que todos bebieran de su copa.

Ambos gestos son acompañados por un mandato: “Hagan esto en memoria mía”. Por eso, San Pablo, escribiendo a los primeros cristianos de la comunidad de Corinto, dice unas palabras que repetimos en cada eucaristía: “Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva” (1 Co 11,26).

En esos dos gestos, Jesús recoge su persona, su mensaje, su misión y su pretensión más honda: traer al corazón del mundo de los hombres el amor redentor de Dios. Ante la inminencia de una muerte violenta, su confianza en Aquel a quien invoca llamándolo “Padre” se hace más fuerte y determinante que nunca. Libremente acepta entregar su vida (su cuerpo y su sangre) como expresión acabada de su propia persona. El reinado de Dios se realiza precisamente a través del sacrificio de Cristo que se entrega para expiar el pecado de los hombres y abrir el mundo a la gracia de Dios.

Cada generación cristiana ha de preguntarse: ¿Cómo somos fieles a Jesús y a su Evangelio, en las circunstancias concretas del tiempo y del lugar que nos tocan vivir?

Para la fe cristiana, Jesús no es solo un personaje del pasado, con una vida admirable y un mensaje siempre actual. Todo lo cual, por otra parte, es cierto. Para el cristiano, Jesús es una realidad viva, aquí y ahora. Es el Hijo de Dios que, por mí y por mi salvación, se hizo hombre; murió y resucitó y, por la fuerza de su Espíritu, vive y ofrece vida plena a quien lo acepta como Señor y Salvador.

La pregunta por nuestra fidelidad a Cristo no es, entonces, una inquietud primariamente doctrinal: como ser fieles a una filosofía de vida enseñada por alguien del pasado. Tampoco es una pregunta de tinte moralista: como portarnos bien y ser coherentes, siguiendo las enseñanzas morales de Jesús, tan sublimes y exigentes por cierto.

La inquietud de la fe es otra cosa, mucho más honda y decisiva. Es la inquietud por la fidelidad a un Viviente. También San Lucas nos cuenta que, en la mañana de la resurrección, las mujeres que van al sepulcro a cumplir con los actos de piedad con el fallecido, son sorprendidas por un personaje misterioso que les dice: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…” (Lc 24, 5-6).

Un cristiano es alguien que ha sido sorprendido en el camino de su vida por ese Viviente, por Jesús el Cristo. La fe tiene la fisonomía de un encuentro entre personas: un encuentro que cambia todo, empezando por la persona del creyente. Es un encuentro con Jesucristo, con su cruz salvadora y con la fuerza de su resurrección. Este encuentro determina la propia vida y le da su orientación definitiva.

Por eso, los primeros cristianos llamaban al bautismo: la “iluminación”. Es que el encuentro con Cristo había supuesto para ellos encontrar la luz de Dios que los arrancaba de las tinieblas del mundo pagano, opresivo y depresivo, en que vivían. Cristo les había dado la libertad que no les podían dar ni los dioses paganos que adoraban, ni la cultura hedonista y fatalista que los envolvía, ni tampoco un estado que se presentaba a sí mismo como un Ser supremo que debía ser adorado y obedecido sin chistar. La libertad que Cristo había puesto en sus corazones era precisamente una luz en medio de las tinieblas.

Volvamos a nuestra pregunta por la fidelidad que le debemos a Jesús: ¿Cómo permanecer fieles a Cristo?
Una primera respuesta, tomada de los mismos evangelios, es la que hemos descrito arriba: permanecer fieles a Cristo significa realizar los gestos que Él nos mandó hacer en su memoria. Dicho de modo más sencillo: ir a Misa.

Cada Misa contiene en sí misma la fuerza explosiva de Jesús. Comulgar con el cuerpo y la sangre del Dios hecho hombre es abrir la mente y el corazón a un nuevo orden de cosas, centrado en Dios y, por eso mismo, más humano. La Eucaristía, celebrada y vivida con fe, transforma toda la vida. En ella, el Dios infinito, invisible y todopoderoso se hace tan cercano y a la mano como un poco de pan y un vaso de vino. Esta cercanía e inmediatez de Dios es la fuerza explosiva de la Eucaristía cristiana.

No es extraño que los diversos totalitarismos, desde el imperio romano hasta los regímenes ateos modernos, hayan hecho de la prohibición del culto una de sus armas más poderosas contra los creyentes. Es que donde se adora a Dios, allí germina la libertad más genuina y el ser humano descubre la dignidad de su conciencia. Hombres y mujeres que se han alimentado de la Eucaristía han encontrado en ella la fuerza para oponerse a la brutalidad humana de la prepotencia.

Fue el caso, por citar un solo ejemplo, de aquellos jóvenes cristianos (católicos, protestantes y ortodoxos) que formaron el movimiento de la “Rosa blanca” en la Alemania nazi. Un puñado de jovencitos que encontraron en su fe y en la llamada de sus conciencias la fuerza para enfrentar el poder abrumador del totalitarismo nazi. Uno de ellos, Alexander Schmorell, acaba de ser canonizado por la Iglesia ortodoxa de Munich. Con estas palabras se despidió de los suyos, pocas horas antes de ir al encuentro de la guillotina: “Querría dejar esto en vuestros corazones: no olvidéis nunca a Dios”. Eso es precisamente la Eucaristía: memorial del sacrificio de Cristo, el sacramento que nos impide olvidarnos del Evangelio, del amor de Dios y de la esperanza que siembra en los corazones. Alexander, Jesús y la Eucaristía llegaron a ser así una sola cosa.

¿Cómo ser fieles a Jesús y a su Evangelio? Ya dimos una primera respuesta (“yendo a Misa”), que nos ha llevado hacia la otra gran respuesta: la fidelidad más genuina a Jesús se da en la propia vida, vivida en comunión con Él.

El evangelista San Juan no narra la institución de la eucaristía en su relato de la última cena del Señor. En su lugar, sin embargo, nos transmite una escena que es, precisamente, el texto evangélico que leemos el jueves santo: el lavatorio de los pies.

La escena es conocida: después de cenar, Jesús se ciñe la cintura con una toalla y lava los pies a cada uno de los discípulos. Estos asisten a este gesto entre atónitos y admirados. Cuando uno de ellos, Simón Pedro, quiere impedírselo, escucha de labios de Jesús esta enigmática frase: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”.

Los cristianos no somos mejores que nadie. La fe no nos da una especie de superioridad moral sobre el resto de las personas. El que lo vive así yerra. Lo que sí nos da la fe es una conciencia muy viva de lo que Dios ha hecho por nosotros. Cristo nos ha lavado con su sangre, nos ha rescatado del poder del pecado y de su expresión más fuerte: el peso del egoísmo que todo lo envenena y destruye.

Querer ser fieles al mensaje y a la persona de Jesús, significa para un creyente dejarse alcanzar por la fuerza de Cristo para vivir como Él vivió. El relato del lavatorio de los pies termina con estas palabras del Señor, con las que yo también concluyo estas reflexiones. Con ellas les deseo muy feliz Pascua a todos los que lean estas líneas:

“Ustedes -decía Jesús- me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican” (Jn 13,15-17).

domingo, 8 de abril de 2012

Cristo resucitado es la luz que ilumina al mundo Mensaje pascual 2012


La liturgia de la noche de Pascua se inicia con el templo a oscuras. En el atrio arde el fuego nuevo del que se tomará la luz para encender el cirio pascual.

Por tres veces, y mientras avanza hacia el altar, el diácono eleva el cirio y mostrándolo a todos, canta: “La luz de Cristo”. El pueblo responde: “Demos gracias a Dios”. Cada uno de los presentes va encendiendo sus cirios y, así, lentamente, el espacio sagrado queda iluminado por una multitud de luces vacilantes. La oscuridad no ejerce más su dominio despótico y atemorizante.

El gesto ritual evoca, con su noble sencillez, la realidad de la fe como experiencia humana: el encuentro con Cristo es un acontecimiento que transforma toda la vida, la ilumina y la colma de sentido. Luz que brilla humildemente, pero que tiene el inmenso poder de vencer las tinieblas más espesas. Esto es lo que indica la palabra “pascua”: pasar con Cristo de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida.

Cristo es la luz del mundo. Esa es la confesión de fe de los cristianos. Él es el Salvador y el Redentor de todos los hombres. “Con su muerte destruyó nuestra muerte, con su resurrección restauró la vida”, reza la liturgia católica de Pascua.

Cristo es la Verdad que hace libre a quien se deja guiar por sus enseñanzas. Es la Verdad que se impone por sí misma, nunca por la fuerza de la prepotencia. Ese es, en cambio, el poder de la mentira, del error y de la confusión. El poder del odio, del rencor y del deseo de venganza que amargan el corazón humano e instalan la violencia en el seno de los pueblos.

Cristo, por el contrario, es la Verdad que conquista al hombre sin violentarlo. “Cristo convence”, como ha escrito un famoso teólogo moderno. Y convence por sí mismo, porque brilla con luz propia. Es la Verdad que nos hace libres. Hasta el fin de los tiempos la mano de Cristo estará tendida, esperando la respuesta de sus hermanos los hombres. Hasta el final, apelará a la conciencia y a la libertad: se muestra, se propone, no se impone.

¿Qué es la verdad?, pregunta el escéptico Pilato al Jesús humillado que han puesto en sus manos. En realidad, no es una pregunta sincera. No es el interrogante del que siente en su interior la insatisfacción de estar en búsqueda, siempre en camino, pero sabiendo que hay algo mayor que lo llama, lo atrae y lo espera. Es la pregunta del que ha sido derrotado por el pesimismo: ya no cree en nada ni en nadie. No hay lugar para ninguna verdad en un corazón así.

La verdad que Cristo ofrece a los hombres es la que aparece en su sacrificio pascual: en su pasión, muerte y resurrección. Es la verdad de un amor “hasta el fin”, incondicional y absoluto. Este amor toca realmente el corazón del hombre, lo atrae y lo convence. ¿Qué es el ser humano sino un buscador nunca satisfecho de la verdad, de la belleza y del bien? ¿No somos cada uno de nosotros peregrinos de un amor absoluto al que confiarnos por completo? Cristo apela a esos interrogantes del corazón humano, siempre vivos e inquietos, no obstante tantas presiones para acallarlos o reprimirlos.

Los cristianos decimos con sencillez de corazón: ese amor ha aparecido en la historia humana, tantas veces dramática y atormentada. Ese amor es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios; el que se entregó a la muerte por todos los hombres. Por eso lo confesamos como Salvador y Redentor.

Esta es la luz que ha brillado en medio de las tinieblas de este mundo. Esta es la luz que evoca el cirio pascual encendido en la noche de Pascua y que permanece como testigo visible del verdadero poder que transforma el mundo: el amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Al saludarlos por Pascua, hemos querido hablarles de Jesucristo y de la fe en Él. Podríamos haber discurrido sobre otros temas, importantes y valiosos. Podríamos haber hablado, por ejemplo, de las consecuencias morales, sociales, políticas o culturales de la fe cristiana. Seguramente hubiera sido un discurso interesante y correcto. 

En Pascua, sin embargo, hay que ir a lo esencial. Y lo esencial es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación. En realidad, esa es nuestra misión como obispos, sucesores de los apóstoles. Como ellos, también a nosotros se nos pide que hagamos llegar a todos el gozoso anuncio de la Resurrección. Tenemos que hablar de Dios y de su Hijo Jesucristo. Esa es nuestra misión y también nuestro gozo.

A todos los mendocinos, católicos o no, un fuerte y esperanzador saludo pascual: ¡Cristo ha resucitado, en Él brilla la luz de la esperanza para todos los hombres!

+ José María Arancibia
Arzobispo de Mendoza

+ Sergio Osvaldo Buenanueva
Obispo auxiliar de Mendoza

jueves, 5 de abril de 2012

Jueves Santo de la Cena del Señor


Con esta solemne liturgia iniciamos la celebración anual de la Pascua cristiana. Iniciamos el triduo pascual con Jesús y como Él: reunidos en comunión para celebrar el sacramento de la Eucaristía.

Cuando lleguemos al momento central de nuestra liturgia -la gran plegaria eucarística- voy a invitarlos a elevar nuestros corazones y dar gracias a Dios Padre por Jesucristo. Lo haré con estas palabras:


Él mismo, verdadero y único Sacerdote,
al instituir el sacrificio de la eterna alianza
se entregó primero a sí mismo como víctima de salvación,
y nos mandó ofrecerlo en su memoria.
Cuando comemos su Carne, inmolada por nosotros,
somos fortalecidos;
cuando bebemos su Sangre, derramada por nosotros,
somos purificados.

Lo que oramos es lo que creemos. Esta es la fe de la Iglesia: lo que Dios nos ha revelado para nuestra salvación.

Meditemos este misterio.

*   *   *
Vivimos tiempos difíciles, complejos y de gran confusión espiritual. Por eso mismo, tiempos abiertos a la novedad de la fe.

La fe en Cristo que profesa la Iglesia católica es luz en medio de las tinieblas; es la luz de la verdad en medio de la mentira organizada de la cultura ambiente.

Por lo tanto, queridos hermanos y hermanas cristianos, demos gracias a Dios por los tiempos que nos tocan vivir, porque ellos nos ponen en la encrucijada de vivir nuestra fe con radicalidad.

En el tiempo y en la sociedad que vivimos: o somos cristianos genuinos, o no lo somos realmente.

Es cierto: hoy, también la Iglesia está atravesada por la crisis que vive la humanidad. La Iglesia católica vive una profunda crisis de fe. Una crisis que afecta, en primer lugar, a sus pastores y consagrados, a sus hijos laicos más comprometidos.

Muchas palabras, muchas reuniones, muchas actividades, muchas reflexiones sobre los temas más variados de índole social, político, económico o cultural. Pero la fe en Dios, sencilla y luminosa, firme y concreta, parece languidecer o debilitarse, como si de repente la roca adquiriera la consistencia de la gelatina.

Un signo de esta profunda crisis espiritual es el abandono de la Eucaristía, especialmente de la Eucaristía dominical.

Parece que ya no hay tiempo ni ganas ni convicción de ir a Misa. La adoración de Dios viene sustituida por el culto a otros ídolos: el partido de fútbol, el turismo, la asistencia a un espectáculo o, sencillamente, el “dolce far niente”.

*   *   *

¡Qué contradicción y, sobre todo, qué contrario todo esto a aquellos cristianos, de todos los tiempos, que han hecho de la participación en la Misa el santo y seña de su fe cristiana!

“Nosotros no podemos vivir sin el domingo”, respondieron aquellos cristianos africanos de los primeros siglos, sorprendidos por la autoridad pública mientras celebraban la Eucaristía dominical que el emperador había prohibido.

“¡No podemos!” vivir sin la Eucaristía. Por eso fueron conducidos a la muerte, al martirio. Es decir: llegaron a ser testigos, con el derramamiento de su propia sangre, del valor infinito que encierra el sacramento de la caridad que es la Eucaristía.

*   *   *

Queridos hermanos y hermanas:

Preguntémonos nuevamente: ¿cuál es el valor de la Misa? ¿Por qué la Eucaristía es tan necesaria, o, mejor: tan imprescindible para la vida cristiana?

Hemos escuchado con emoción los textos bíblicos de la liturgia de hoy. Ellos nos ayudan a encontrar la respuesta justa, la respuesta de la fe que profesa la Iglesia católica.

En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, encontramos una primera respuesta: en continuidad con lo que vivieron y experimentaron nuestros padres al salir de Egipto, la Eucaristía de Jesús es sencillamente la “Pascua del Señor”.

Es decir: el memorial perpetuo de su más impresionante acción salvadora: entonces la liberación de la esclavitud de Egipto, hoy, para toda la humanidad: el sacramento que hace presente la acción decisiva de Dios sobre el mundo: el sacrificio pascual de Cristo, el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Hemos escuchado también a San Pablo en lo que algunos consideran el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía. Pero el texto paulino nos abre una ventana a la celebración de la Eucaristía por las primeras comunidades cristianas.

Pablo declara: la celebración de la Eucaristía no es una ocurrencia pastoral mía, surgida de alguna reunión inteligentemente guiada. Es lo que el Señor nos dejó, viene de Él, de la inventiva de su amor. Eso es lo que cuenta realmente: lo que Jesús hizo y dijo en la última cena, lo que legó a los suyos, lo que Él ha puesto en nuestras manos.

La Eucaristía es el sacramento de la Tradición: nace del corazón del Señor y, de generación en generación, se transmite en toda su belleza y novedad. La sagrada liturgia de la Iglesia ha crecido orgánicamente como el ambiente y el medio en que se realiza este misterio de amor y de tradición.

En la noche de la traición, el Señor se entregó a sí mismo en la donación del pan partido y en la oferta generosa del cáliz lleno de vino.

La Eucaristía es el sacramento que contiene y hace presente el misterio de la entrega sacrificial de Cristo, su amor hasta el extremo, como dice san Juan en la perícopa evangélica apenas escuchada.

La santa Eucaristía es el sacramento que contiene el servicio de Cristo al mundo: la entrega de sí mismo al Padre para lavar los pecados de la humanidad. Por eso, Jesús lavó los pies a los discípulos y, cuando Simón Pedro quiso impedírselo, le dijo: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte” (Jn 15, 8).

Y nos lo sigue diciendo a cada uno de nosotros, a la misma Iglesia, su esposa. Si Cristo no nos lava no podremos compartir su suerte, no podremos entrara en comunión con Él.

Vamos a la Eucaristía para que Cristo nos lave con su amor, nos purifique con su Palabra y nos renueve con la comunión de su Cuerpo y de su Sangre.

En la Eucaristía se encierra toda la fuerza revolucionaria de Cristo para la vida del mundo.

Por eso, queridos hermanos, si queremos seguir las huellas de Jesús y convertirnos también nosotros en servidores de nuestros hermanos, acerquémonos con fe y devoción al sacramento del altar, para hacer de él lo que Jesús quiso que fuera: el pan que alimenta nuestro peregrinar por este mundo, en este tiempo y en el lugar que nos ha tocado como vocación y misión.

Así sea. 

domingo, 1 de abril de 2012

La humildad de Cristo


Entramos a la Semana Santa. 

La liturgia del Domingo de Ramos suplica una gracia particular: aprender la humildad del Cristo humilde y humillado.

La pasión es escuela de todas las virtudes, como también leeremos en estos días. De entre todas se destaca precisamente la humildad.

La humildad de Cristo se aprecia en su encarnación y en su pasión. Es abajamiento, búsqueda del último lugar, abrazar la muerte en cruz.

Es así obediencia a la voluntad del Padre. El mismo Señor que nos llama a ser sus discípulos, ha escucharlo a Él, porque esto es lo único necesario; Él mismo es el que vive en la escucha del Padre.

¿Qué ha oído Aquel que está en el “seno del Padre”?

Ha escuchado el dolor de Dios por la humanidad caída. Ha recogido el llanto de Dios por sus hijos, los hombres, sumidos en la desesperación y en la oscuridad de la muerte. El Hijo unigénito no ha necesitado más. Ha hecho suyo este dolor y este llanto, y ha bajado hasta nosotros.

La humildad de Cristo nos ha levantado del abismo.

Cada uno de nosotros puede y debe decir a Jesús: 

“Por mí, por mi salvación, 
para rescatarme de mis pecados,
te has hecho hombre 
y has subido a la cruz. 
Haz, Señor de la humildad, 
que aprenda de ti 
ha ser manso y humilde de corazón. 

Amén”

viernes, 16 de marzo de 2012

Sacerdotes


La primera llamada fue junto al Mar de Galilea.

Los evangelios nos llevan a aquel momento primordial, revivido una y otra vez en la vida de miles de hombres.

Entonces fueron Simón y Andrés, Santiago y Juan.

Hoy son otros nombres: Leonardo, Germán, Federico y Rodrigo.

La distancia de dos mil años parece desaparecer, porque la persona que llama es la misma (Jesús el Viviente), la invitación suena igual (“Sígueme, serás pescador de hombres”), la urgencia está intacta (“como ovejas que no tienen pastor”).

Siempre serán necesarios los curas.

Solo Dios sabe por qué, pero a ellos, se les ha confiado el Pan de la Eucaristía. Un don para los hombres, siempre hambrientos de vida verdadera.

La Eucaristía es la verdad que toma las apariencias del pan y del vino.

Las manos de los sacerdotes son ungidas para partir el pan de la verdad que trae al corazón del mundo el amor de Dios en el sacrificio pascual de Jesucristo.

Solo Dios sabe porqué. La razón será siempre el “agape”, el amor hasta el fin. 

martes, 13 de marzo de 2012

Violación y aborto - Breves consideraciones morales


La agresión sexual es siempre un mal, una grave lesión a la dignidad de las personas, violentadas en su cuerpo y en su alma. Merece la condena más firme. Con razón es considerada como un delito punible por la justicia civil.

La moral católica lo considera además un grave pecado: una ofensa a Dios y a la persona agredida. Ofende incluso al mismo agresor que, al cometer tal acto, ve desfigurada su propia dignidad de persona.

La víctima de violación merece justicia, comprensión y compasión. Merece ser eficazmente acompañada para curar las secuelas físicas, psíquicas y espirituales de semejante agresión.

Si de la violación se sigue un embarazo, al cuidado de la dignidad de la mujer violentada sexualmente se une el grave deber de tutelar la dignidad de la vida del ser humano que es fruto de esa concepción no deseada.

El embarazo que es fruto de una violación supone un desafío humano muy delicado. Es una situación que nos enfrenta a cuestiones éticas fundamentales: no hay vidas más dignas que otras; toda vida humana es sagrada; nadie tiene derecho sobre la vida de los demás.

El aborto nunca es una solución acorde con la sacralidad de la vida humana. Tampoco es una práctica de salud pública, sino una intervención que desdibuja la naturaleza de la medicina. A la injusticia de la violación sexual se le une la injusticia que supone la deliberada eliminación de un ser humano en la fase inicial y más indefensa de su vida.

Es deber de la justicia tutelar la dignidad de toda vida. En este caso: la dignidad de la mujer y del ser humano en gestación.

La práctica del aborto podrá llegar a ser considerada legal. Siempre será una ofensa a la justicia, un acto gravemente inmoral, una derrota de la sociedad. 

viernes, 2 de marzo de 2012

Plegaria cuaresmal


Señor de la misericodia:
Aquí estoy
sencillamente a tus pies.

Tú conoces, solo Tú,
lo que se mueve en mi corazón.
Tú escrutas las entrañas del hombre.

Piedra y fuego,
Luz, hambre de luz.

Estoy ciego, Señor,
estoy en el camino,

Mientras oigo tus pasos
en medio de la multitud
que se aglomera en torno a tu persona.

¿Puedes saber que estoy a la vera del camino,
ciego, expectante, ansioso?

¿Puedes, realmente,
pronunciar mi nombre
como hiciste con Simón,
con Andrés,
con María en aquel jardín iluminado?

Señor: ¡qué vea!

Señor: ¡qué te escuche!

¡Pronuncia, te lo ruego, mi nombre!

Amén.