domingo, 15 de julio de 2012

La verdad del matrimonio y la familia


El pasado domingo 3 de junio, Solemnidad de la Santísima Trinidad, el Santo Padre Benedicto XVI clausuró el VIIº Encuentro mundia de las Familias, celebrado en Milán (Italia). Transcribo a continuación algunos párrafos de su homilía de la Eucaristía que celebró en esa ocasión. Se referien específicamente a la familia, su vocación y misión según el sabio designio de Dios.

Es más que oportuno volver, en los tiempos que vivimos, a meditar sobre la verdad del amor humana, el matrimonio y la familia.

Sobre la verdad se puede fundar la propia vida. Solo la verdad nos da la genuina libertad y la esperanza cierta. Del error, la mentira o el engaño solo hay que esperar tristeza, desesperación y muerte.

Unos párrafos para leer despacito, meditando y repasando en el corazón. Decía el Santo Padre:

“La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas. Al principio, en efecto, «creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Creced, multiplicaos”» (Gn 1, 27-28). Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida. El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de la Trinidad, imagen de Dios. Queridos esposos, viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación. Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad. Pero también vosotros, hijos, procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor.

El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total. Si, con la fuerza que viene de la gracia del sacramento, sabéis acoger este don, renovando cada día, con fe, vuestro «sí», también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret. Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil. Todos estos elementos construyen la familia. Vividlos con valentía, con la seguridad de que en la medida en que viváis el amor recíproco y hacia todos, con la ayuda de la gracia divina, os convertiréis en evangelio vivo, una verdadera Iglesia doméstica (cf. Exh. ap. Familiaris consortio, 49). Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía.

En el libro del Génesis, Dios confía su creación a la pareja humana, para que la guarde, la cultive, la encamine según su proyecto (cf. 1,27-28; 2,15). En esta indicación de la Sagrada Escritura podemos comprender la tarea del hombre y la mujer como colaboradores de Dios para transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica. El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador. Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social.

Un último elemento. El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta. El relato de la creación concluye con estas palabras: «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró» (Gn 2,2-3). Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor. Es el día del hombre y de sus valores: convivialidad, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa. Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios.

Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir. Es necesario aprender, antes de nada en familia, a creer en el amor auténtico, el que viene de Dios y nos une a él y precisamente por eso «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos” (1 Co 15,28)» (Enc. Deus caritas est, 18). Amén.”

jueves, 5 de julio de 2012

Anticristianismo serial. Un signo


A continuación les ofrezco mi traducción (un poco dura) de una breve reflexión del director del diario italiano “L’Avvenire”, que pertenece a la Conferencia Episcopal Italiana. Es de la sección: “El director responde”. Creo que no tiene desperdicio.

El director responde

“Anticristianismo serial. Un signo”

Querido director:

El Vaticano y sus “intrigas” es, hoy por hoy, el tema dominante de las librerías. Los libros contra el cristianismo, novelados o no, ya ni se cuentan. Me pregunto: ¿quién los compra si son todos más o menos iguales? Y también: ¿por qué tanta furia, de manera particular, contra este Papa, mientras que, sobre otras religiones, estos valientes escritores permanecen callados?
Enzo Bernasconi, Varese

Está bien, ¿por qué tanta insistencia contra los cristianos y, de manera especial, contra los católicos? ¿Por qué tantos ataques contra la Iglesia fundada sobre Pedro, la roca, el pescador de hombres enamorado del Verbo, el siervo de los siervos llamado por Cristo a ser fuerte incluso en sus debilidadades para confirmar a sus hermanos? Son las preguntas de siempre, querido señor Bernasconi. Las preguntas que acompañan la constatación del amor que se manifiesta en la Iglesia indudablemente hacia el Papa y la misma Iglesia.

Créame: la malicia puede parecer mediáticamente más fuerte, sin embargo en la realidad no es así. Incluso si la lapidación a golpes de palabras puede aparecer devastante e incluso definitiva, la milenaria historia de la Iglesia (sea con sus páginas más luminosas que con aquellas marcadas por la sombra) confirma la promesa que resuena en el “non praevalebunt” (traduzco: las puertas del infierno “no prevalecerán” contra la Iglesia).

Profundizando un poco más: desde siempre sabemos que toda forma de malcontinuará a ser dicho (y escrito) contra los cristianos. Y sabemos que si esto acontece o tendrá lugar, será porque hemos seguido sin dudas a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida -y en el caso del Papa constatamos cada día que es justamente por esto que viene atacado- podemos incluso evangélicamente “alegrarnos”, nosotros que no nos resignamos jamás a la injusticia.

Me alegro incluso que “otras religiones”, como usted señala, no sean objeto de similar ataques. Poco importa que esto acontezca por oportunismo, por conveniencia, por temor o tal vez, y así lo espero, por puro y simple respeto. También esto, así como la evidente predilección por el anticristianismo serial, es un signo. Un signo que induce a las personas inteligentes, como también a quien está en la búsqueda sincera de Dios y del encuentro con Jesús, a reflexionar y a abrir los ojos y el corazón.

Además, querido amigo, furia y persecuciones contra cualquier ser humano constituyen siempre un error. Siempre.

Marco Tarquinio

miércoles, 4 de julio de 2012

Importante documento de los obispos españoles

La Conferencia Episcopal Española acaba de publicar un importante documento sobre el amor humano y el matrimonio.

Contiene un capítulo completo dedicado al discernimiento de la "ideología de género". Lo considero muy valioso, porque esta ideología viene siendo impuesta, tanto en España, en otros países y también el nuestro, a través de diferentes instrumentos, principalmente a través de una legislación cada vez más obsesiva y restrictiva.

Un texto digno de ser leído y difundido.

Aquí el vínculo: http://www.conferenciaepiscopal.es/index.php?option=com_content&view=article&id=2843:la-verdad-del-amor-humano&catid=188:asamblea-plenaria&Itemid=1449

lunes, 2 de julio de 2012

Pío XII y el Holocausto


Reporto esta noticia que es muy importante. 

La febril investigación histórica en torno a Pío XII y su accionar durante el Holocausto aporta nuevas luces que nos permiten dimensionar cada vez mejor la enorme figura del Pastor angelicus.  


Durante la peregrinación que hice en enero a Tierra Santa, tuve la oportunidad de visitar dos veces el Yad Vashem. Es una experiencia muy fuerte y conmovedora. Pude leer la Didascalia a que hace referencia el video, y que ahora ha sido sustituida por una nueva, que reflejar mejor el punto de vista de muchos investigadores, también judíos, que valoran positivamente la postura de Pío XII durante la guerra. 


Es bueno constatar que, especialmente en temas difíciles, las personas saben encontrar un modo civilizado de acercarse a la verdad histórica. 

sábado, 30 de junio de 2012

San Pedro y San Pablo - Homilía en la Eucaristía celebrada en la Catedral "Nuestra Señora de Loreto"


Con toda la Iglesia estamos celebrando a los Apóstoles Pedro y Pablo. Sobre ellos está fundada la Iglesia de Roma, que preside a todas las iglesias en la caridad. Su sangre común le ha dado solidez a la sede romana.
Así lo canta un antiguo himno de la liturgia católica:
Dichosa tú que fuiste ennoblecida,
oh Roma, con la sangre de estos Príncipes,
y que, vestida con tan regia púrpura,
excedes en nobleza a cuanto existe.

Por eso, todas las iglesias y todos los creyentes volvemos la mirada a la sede de Pedro y al obispo de Roma. Donde está Pedro está la Iglesia. La fe de Pedro es la fe de la Iglesia católica. No queremos profesar otra fe que la que confesó Pedro: “Tú eres el Mesías”.

*   *   *

“Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él” (Hch 12,5).

Hoy, Pedro no está en una prisión. Sin embargo, el sucesor del pescador de Galilea es también un anciano frágil, al menos externamente, que es objeto constante del desprecio de los poderosos y de las insidias del mal.

Hace algunos años, durante su peregrinación a Fátima, el Santo Padre Benedicto XVI les decía a los periodistas que lo acompañaban en el avión que lo llevaba a Portugal, refiriéndose al mensaje de la Virgen sobre los sufrimientos del Papa y de la Iglesia:

La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia. En una palabra, debemos volver a aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales. De este modo, respondemos, somos realistas al esperar que el mal ataca siempre, ataca desde el interior y el exterior, pero también que las fuerzas del bien están presentes y que, al final, el Señor es más fuerte que el mal, y la Virgen para nosotros es la garantía visible y materna de la bondad de Dios, que es siempre la última palabra de la historia.

Hoy, Pedro no está en prisión, pero sigue bajo ataque, especialmente desde dentro de la propia barca de la Iglesia. La Iglesia sigue rezando por él con el mismo fervor y la misma fe. Nosotros, como Iglesia diocesana, hemos querido hacer de este día una “Jornada de oración por el Papa”.

Esta oración es, a la vez, acción de gracias por su persona y ministerio, súplica para que el Señor lo defienda y proteja, pero también plegaria ardiente implorando la conversión, la reforma interior de la Iglesia y la santidad de todos sus hijos.

No nos asusta el pecado de los hijos de la Iglesia. Sí nos hace temblar que el espíritu del tiempo y los criterios del mundo sustituyan la novedad permanente y escandalosa de Jesucristo crucificado. Tememos que la vocación universal a la santidad sea opacada por un frío aburguesamiento, la mediocridad espiritual y una especie de “secularización interna” que mata todo. Nos quita el aliento pensar que el anuncio de la fe sea sustituido por una suerte de neoburocracia eclesiástica, más atenta a las formas que a la mística, el espíritu y la fuerza viva de la fe.

Rezamos por Pedro -por Benedicto XVI- para que el Señor haga de su Iglesia una comunidad viva de fe, de amor, de apostolado, de audacia y valentía para esperar el reino que viene, el futuro prometido y que es nuestro Señor Jesucristo.

*   *   *

Miramos al sucesor de Pedro. Oramos por él. Aprendamos también de él las enseñanzas fundamentales de su magisterio.

Dios le ha concedido a su Iglesia, en los tormentosos tiempos que nos han tocado vivir, unos pastores según el corazón de Dios. Pensemos en los papas del siglo pasado: León XIII, San Pío X, Benedicto XV, el gran Pío XI, su sucesor: el Pastor angelicus Pío XII (cuya figura se agiganta cada día más), el beato Juan XXIII, el gran Pablo VI, el humilde y sonriente Juan Pablo I, hasta llegar al Papa magno: el beato Juan Pablo II.

Benedicto XVI no es la excepción. ¿Qué trazos de su persona y magisterio podríamos destacar en esta tarde?

Sin ánimo de ser exhaustivo, quisiera delinear aquí, y muy brevemente, algunos trazos fundamentales de la enorme figura de nuestro querido Sumo Pontífice, el Papa Benedicto XVI.

1. El Papa del primado de Dios en un mundo secularizado

Así lo decía en la homilía de inauguración de su ministerio petrino: “Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida.”

2. El Papa de la fe como encuentro con Jesucristo que transforma la vida

Es tal vez la frase más célebre de su magisterio. También la más rica en contenido doctrinal y espiritual. Está tomada del inicio de su primera encíclica: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est 1).

3. Un papado centrado en lo esencial del cristianismo

Muchos han tratado de dictarle la cartilla a Benedicto XVI, indicándole cuáles deberían ser sus prioridades. Él ha declarado con sencillez: “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.

Es un rasgo verdaderamente mariano, pues la figura de María pone de relieve la dimensión más profunda de la Iglesia: virgen a la escucha, obediente a la Palabra de Dios.

El Papa del primado de Dios es también el Papa de la Palabra escuchada, acogida cordialmente y hecha norma de la propia vida. Aquí está lo esencial del cristianismo.

4. Un hombre sabio, que no teme preguntarse por la verdad

El que lee al Papa sabe que se encuentra con un hombre que no teme dejarse interpelar por las preguntas más agudas del corazón humano, también de los que se resisten a creer o niegan a Dios. Pero es también un hombre que sabe, a su vez, interrogar, inquietar, sacudir el conformismo de la cultura dominante, ir a fondo en las cuestiones que sacan a la luz la búsqueda más honda del corazón humano: Dios, la verdad, la vida y la muerte.

Es el Papa de la verdad en un mundo y en una cultura que desprecia la sola mención de esta palabra poco políticamente correcta (incluso dentro de la misma Iglesia).

Tal vez aquí radica una de las razones más poderosas de esa especie de constante fiscalización que los medios de comunicación hacen sobre su persona y sus dichos. Una mezcla de temor y de fascinación porque este anciano incómodo suele decir cosas que no dejan indiferentes.

5. Un Papa de la reforma de la Iglesia

Este último rasgo es el que, a mí personalmente, más me toca. Ya como joven teólogo, en los tormentosos días que siguieron al Vaticano II, Joseph Ratzinger pronunció una conferencia con el significativo título: “¿Qué significa renovación de la Iglesia?”. Ha sido recogida junto a otros artículos y ensayos en el volumen: “El nuevo Pueblo de Dios”.

Aquí encontramos, in nuce, el proyecto de reforma que cuarenta años después le ha tocado presidir. ¿Qué supone una auténtica reforma de la Iglesia? ¿De qué se trata? ¿De perseguir al hombre moderno, para adaptarse a sus criterios y a su modo típico de comprender las cosas? La reforma de la Iglesia ¿no es más bien recuperar la forma genuinamente cristiana, lo más cristiano del cristianismo, sin importar demasiado lo que piense el mundo y la opinión pública dominante?

Una auténtica reforma supone esquivar los riesgos del integrismo y el tradicionalismo, que confunden la tradición viva de la Iglesia con las costumbres antiguas, y que pretenden hacer de la Iglesia una fortaleza cerrada en sí misma, al abrigo de los asaltos del mundo. Pero también, el riesgo de quienes creen que hay que ir al encuentro del mundo, quitando de la fe todo lo que pueda escandalizar o inquietar al hombre moderno. Es cierto, con esto se rompe la pretendida campana de cristal que preserva a la fe de la contaminación mundana. El problema es que la misma fe, en este planteo, se convierte en un fragmento más del mundo, insípido, insignificante, irrelevante.

¿Qué es entonces renovación y reforma genuina de la Iglesia? “Renovación -escribía el joven Ratzinger en 1965- es simplificación, no en el sentido de recorte y empequeñecimiento, sino en el sentido de hacerse sencillo, de retornar a la verdadera sencillez, que es el misterio de la vida. Es una vuelta a la sencillez que en el fondo es un eco de la sencillez del Dios único. Hacerse sencillo en este sentido sería la verdadera renovación para los cristianos, para cada uno de nosotros en particular y para la Iglesia universal”[1].

Como Iglesia oramos por el Sucesor de Pedro, el obispo de Roma, Benedicto XVI. Él es el fundamento de la unidad visible de toda la Iglesia. Con él queremos vivir plenamente estos tiempos como momento para una reforma genuina de la Iglesia, reforma que comienza en cada uno de nosotros, en nuestra propia fidelidad a Cristo, a Dios, a la fe.


Así sea.


[1] Joseph Ratzinger, El nuevo pueblo de Dios, Herder (Barcelona 1972) 311-312

jueves, 28 de junio de 2012

Volvamos sobre el celibato


El criterio de la Iglesia católica es clarísimo: solo son ordenados sacerdotes aquellos hombres que hayan dado pruebas concretas de estar llamados por Dios al carisma del celibato por el Reino de los cielos. Es decir: la vocación sacerdotal supone también la vocación al celibato.

El celibato es un carisma, es decir: una gracia especialmente gratuita que Dios da a un bautizado para el bien común de todo el cuerpo místico de Cristo. En el bautismo recibimos la gracia que nos hace hijos de Dios, con los dones y frutos del Espíritu Santo.

Pero cada persona es única e irrepetible. Dios le concede a cada bautizado un conjunto de carismas, también únicos e irrepetibles. El carisma de los carismas es la vocación particular de cada uno. El que encuentra, reconoce y acoge libremente su propia vocación particular encuentra la pieza clave de toda su vida. En torno a ella se articulan armoniosamente todos los demás carismas y gracias recibidos de las manos generosas de Dios.

En este sentido, todos los bautizados somos carismáticos, es decir: hombres y mujeres animados y movidos por el Espíritu de Cristo. Los carismas expresan la libertad del Espíritu que sopla donde quiere.

El celibato o, mejor, la virginidad por el Reino de los cielos es uno de esos carismas que completan y perfeccionan la vocación especial de algunos bautizados.

La decisión de solo ordenar sacerdotes a quienes hayan recibido el carisma del celibato es, valga la redundancia, una decisión de la Iglesia. Es mucho más que una medida jurídica o disciplinar. Es un preciso acto de elección: la Iglesia dice con esta opción qué clase de pastores quiera para sí misma.

Aclaremos, de paso, que el sacerdocio no es una profesión liberal. Es decir: no es una profesión que se elige libremente y que, de alguna manera, supone el derecho a ejercerla según el propio criterio. El sacerdocio ni es un derecho individual, ni es una profesión. Es una vocación a un ministerio eclesial que hace del llamado un instrumento vivo en las manos de Cristo Sacerdote. El sacerdocio es de Cristo y de su Iglesia, mucho más que del cura ordenado. O se es sacerdote como quiere la Iglesia, o se termina siendo una figura patética, incoherente, alienada y desnortada. Si esto no está claro, todo está oscuro.

Es por eso que la Iglesia determina cómo y de qué manera han de ser sus sacerdotes. Como enseñaba sabiamente el beato Juan Pablo II, los candidatos al sacerdocio deben profundizar a lo largo de toda su vida en esta voluntad eclesial que antecede la propia voluntad personal. Profundizarla quiere decir: hacerla propia, identificándola con la propia conciencia y voluntad.

Al ordenar solo a quienes manifiestan haber recibido la llamada gratuita al ministerio sacerdotal y al celibato perpetuo por el Reino de los cielos, la Iglesia ratifica que el sacerdocio no es un funcionariado burocrático, sino que el ministro ordenado es, ante todo, un carismático, un hombre que debe vivir en la libertad del Espíritu de Dios.

Como todo carisma, el celibato es confiado a la libertad personal del que es llamado a esta forma de vida. Aquí radica su grandeza, pero también la posibilidad de su frustración, pérdida o traición. Nada más delicado que la libertad humana. Tampoco nada más frágil.

Ha habido, hay y habrá hermanos que no han podido, por razones variadas, mantenerse fieles a este compromiso de vida. Hoy no ocurre nada diverso de lo que ha ocurrido ayer y, seguramente, ocurrirá mañana. No hay que escandalizarse. Solo orar y pedir por la fidelidad de los llamados. Pero también afanarse por promover una reforma interior y una conversión profunda en la vida de los pastores y de toda la Iglesia, para crear el clima espiritual en el que se puede vivir la fe y la fidelidad a la propia consagración. Mucho más en medio de la corrupción del mundo.

Con el celibato ocurre lo mismo que con todas las cosas valiosas: el amor y la amistad, la fe y la oración, etc. Están confiados a la fragilidad siempre amenazada de la libertad humana.

Por eso, el célibe tiene que elegir, cada día, su consagración total a Dios. Cada día está llamado a decir “amén” con su alma y con su cuerpo.

En realidad, es lo que ocurre con toda vocación o carisma de totalidad. También ocurre así con el carisma del matrimonio en el Señor.

En la sociedad líquida y relativista en la que vivimos, este sí cotidiano se hace más urgente, fascinante, pero también más difícil.

Obviamente, para vivir de forma plena el carisma del celibato (como ocurre con el matrimonio cristiano y la misma fe) es necesario un sentido vivo de Dios, un espíritu sobrenatural de fe, una ascesis permanente para no dejarse tomar por el espíritu del tiempo y los criterios del mundo, una obedediencia cordial a la enseñanza de la Madre Iglesia. Sobre todo, lo que más necesita un célibe es la humidad delante de Dios y delante de sus hermanos. Solo el que vive de la humildad vive en la verdad.

Cuando estas cosas se eclipsan en el corazón del célibe. quedan abiertas las puertas para los peores pecados. Sean estos las pequeñas infidelidad que aburguesan y enfrían el corazón; sean los pecados más groseros.

El célibe ha de ser, ante todo, un orante, humilde y perseverante; un fiel oyente de la Palabra, entrenado en escuchar a Dios más que a sí mismo. El célibato es cuestión del corazón, antes que una cuestión de los genitales. Y de un corazón vuelto humildemente a Dios, como nos enseñó el mismo Jesús. Porque Él es el célibe por excelencia (cf. Mt 19, 12).

La Iglesia ha hecho una opción clara, firme y decidida por el sacerdocio célibe. El sacerdocio célibe se ha ido abriendo paso a lo largo de su historia bimilenaria, es poseedor de riqueza de sentido y de luminosa verdad. En este camino, la Iglesia no va a dar marcha atrás. Escucha con indiferencia el canto de sirena de los charlatanes que la invitan a convertirse en un fragmento más de este mundo caído. La Iglesia mira al cielo, mira al Resucitado. Allí está su verdad.

La Iglesia escucha, impertérrita, la voz de su Esposo. Lo demás es añadidura. 

lunes, 4 de junio de 2012

Ejercitando la fe y la esperanza


Estoy predicando los Ejercicios espirituales a las Monjas carmelitas descalzas de Mendoza. Empecé el pasado sábado 2 de junio y terminaré el sábado 9, a la vigilia del Corpus Christi.

Como los Ejercicios iniciaban con la Solemnidad de la Trinidad elegí como propuesta de oración repasar la revelación y experiencia de Dios en algunas páginas centrales de la Escritura: Abrahám, Moisés, Elías, Isaías, Job. Voy a terminar con el Misterio Pascual, pues allì acontece la revelación escatológica del rostro trinitario de Dios al mundo.

En el horizonte: el Año de la fe que se iniciará, Dios mediante, el próximo 11 de octubre. La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela.

He aprovechado también para leer un librito que reúne cinco radioconferencias de Ratzinger sobre la fe, pronunciadas entre los años 1969 y 1970. Se titula: “Fe y futuro”. Me lo obsequió una querida amiga, con quien compartimos también inquietudes teológicas y espirituales.

De la última conferencia, extraigo el también último párrafo . La conferencia lleva como título una pregunta: "¿Bajo que aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?".

Compartí este párrafo con los obispos en nuestra reciente Asamblea plenaria de Abril pasado. Escribía Ratzinger en el lejano 1969

A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero también estoy totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.