lunes, 3 de octubre de 2011

Ecos de la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario


Se trata de los ecos que resuenan en el alma. Porque hay cosas que tocan lo intangible, lo que expresamos con esa bellísima palabra: el alma.

Este fin de semana me han conmovido varias cosas.

Ya empecé mal: no son “cosas” sino personas: María, Jesús, los niños, los jóvenes, los curas …

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Primer eco: los niños

El sábado 1 de octubre, por la mañana, alrededor de 300 chicos de catequesis se reunieron en el Colegio “Santo Tomás de Aquino” para tener “su” momento con María.

Lo prepararon los jóvenes de Acción Católico, ayudados por algunos exalumnos de Don Bosco que tienen un grupo musical.

Por supuesto, hubo canciones, juegos, mucho color y alegría. Son niños: energía en estado puro.

Los chicos de la Parroquia “Asunción de la Virgen” prepararon una breve representación.

Terminamos con una breve caminata -murga incluida- hasta el Santuario de la Virgen del Rosario.

Le “obligamos” a la Virgen a abrirnos la puerta. Salió su imagen, hasta colocarse bien entre medio de los chicos. Después entramos todos a la casa de María.

Allí oramos, cantamos, escuchamos la Palabra. Si afuera había habido mucha algarabía. Aquí reinó el silencio reposado y sereno.

Terminamos con la “entrega confiada” de los chicos a la Virgen del Rosario.

¿Por qué hicimos esto? Porque queremos que el amor a María del Rosario eche raíces en el corazón de los chicos. Un corazón que está abierto a todo lo verdadero, bueno y bello. Esas tres cosas se realizan en María. ¿Quién lo duda?

A la tarde me dí cuenta que ese día, 1º de octubre, es la memoria de Santa Teresa del Niño Jesús. El evangelio es aquel de “hacerse como niños”. Estábamos en buenas manos. En muy buenas manos.

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Segundo eco: los jóvenes (y Jesús)

La Fiesta Patronal Diocesana es de los jóvenes. La han conquistado. O los ha conquistado María. Esas son cosas que sabe hacer nuestra Señora. Nosotros -tan serios y organizados- somos convidados de piedra. ¡A Dios gracias!

Lo cierto es que, sin excluir a los adultos, esta Fiesta de María es la Fiesta de la Iglesia joven. Creo que Dios nos está señalando cuáles son sus prioridades pastorales. ¡A ver si le hacemos caso!

Quiero contar esto, que me llegó al alma. Me conmovió profundamente.

Según lo planeado, a las 15:40 realizamos la Procesión con el Santísimo Sacramento. Desde un poco antes de las 15:00 yo estaba en los camarines del Anfiteatro, donde se había improvisado una capilla. Estaba solo con el Señor.

Pocas veces he rezado tanto. Le pedía a Jesús que tocara el corazón de los jóvenes que estaban afuera. Que los cuidara, que les permitiera conocer la verdad de su Palabra. Que los hiciera, de verdad, discípulos suyos …

En un momento, los animadores de la Fiesta subieron la temperatura de los aplausos, cantos y -digámoslo claro- de los gritos. Yo pensaba para mis adentros: “Ay, con este clima tengo que llevar el Santísimo. Dios nos ayude”.

Tendría que haberme acordado de una cosa que suele decirme mi madre: “Vos serás muy sacerdote, pero no tenés confianza en Dios”. Tómala.

Y así fue. Apenas salí con el Santísimo de la capilla improvisada, en la zona de los camarines se hizo un silencio impresionante.

A medida que avanzaba, el silencio parecía crecer y hacerse -no sé cómo expresarlo- ¿más profundo? ¿más elocuente? ¿más sonoro? Todo eso.

Se me hizo un nudo en la garganta. Cada tanto, el P. Carlos Salomone (encargado de la Pastoral juventud) se acercaba para ver cómo estaba, porque la Custodia que llevaba es bastante pesada. Me temblaban los brazos, pero de emoción.

Yo no podía ver mucho, porque iba entre dos chicos con antorchas, y con el Santísimo delante de mis ojos. Pero veía a la gente arrodillarse al paso del Señor.

Cuando pasé por el sector donde estaban los curas con los diáconos, ministros y seminaristas, la oración tuvo una intensidad particular. Cristo y sus amigos, los que él eligió con “amor de hermano”, como dice la liturgia.

“Cristo convence”, escribió una vez Urs von Balthasar. Es verdad. Toca realmente el alma y la vida de las personas. Jesús en la Eucaristía lo hace de un modo propiamente divino. El mismo es su propio signo de credibilidad. Es luz que se difunde por sí misma.

Esa impresionante multitud de jóvenes siguiendo en silencio el paso de Jesús fue como una escena salida del Evangelio; aquellas que narran precisamente a Jesús rodeado de una multitud que lo mira y lo escucha.

Nosotros somos humildes servidores de ese misterio de Dios que busca a los suyos con amor de amigo y pasión de esposo.

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Tercer eco: las cosas de Dios

Preparar y realizar la Fiesta patronal diocesana es una empresa enorme. Ya en marzo comienzan los preparativos. El Equipo trabaja como hormigas. Son gente de fierro. Dios seguramente les recompensará todo el amor a María y a la Iglesia que los moviliza.

Una cosa que hemos ido aprendiendo, y que este año se me ha hecho más patente, es que no se necesitan demasiadas complicaciones para celebrar la fe.

Una vez Jesús contó un par de parábolas, que aquí vienen al caso. Una de ellas es aquella del hombre que echa una semilla en la tierra, y crece por sí sola. La cuenta San Marcos 4,26-29. Las otras son las de la semilla de mostaza que se convierte en un gran árbol y la de la señora que pone un poco de levadura que levanta toda la masa (cf. Mt 13, 31-33).

El reino de Dios es “de Dios”, no hay vueltas que darle. Es suyo en un sentido único, exclusivo y original. Es “su” obra en el mundo. Y Dios obra cuando quiere, como quiere y donde quiere, adonde lo lleva su amor.

Vuelvo a lo mismo de recién: somos servidores de este misterio del amor humilde de Dios que no necesita mucho para hacerse notar.

El primer domingo de octubre nos reunimos para orar, para cantar y celebrar. Escuchamos la Palabra, hacemos silencio ante el misterio de Dios hecho hombre. Juntamos las manos y ponemos nuestra vida entre las manos de María. En el momento culminante de la jornada, llevamos pan y vino para el sacrificio. Vuelven a nosotros convertidos en el Pan de la vida y la Sangre de la Nueva Alianza.

Así son las cosas de Dios: humildes, silenciosas, reales y transformantes.

María es signo de todo esto. Ella misma es obra de Dios: toda de Dios y toda de nosotros, como dice un hermoso canto.

Estos son algunos de los ecos de lo que hemos vivido en torno a la fiesta de María del Rosario, la Virgen del Evangelio escuchado y orado. 

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