viernes, 16 de marzo de 2012

Sacerdotes


La primera llamada fue junto al Mar de Galilea.

Los evangelios nos llevan a aquel momento primordial, revivido una y otra vez en la vida de miles de hombres.

Entonces fueron Simón y Andrés, Santiago y Juan.

Hoy son otros nombres: Leonardo, Germán, Federico y Rodrigo.

La distancia de dos mil años parece desaparecer, porque la persona que llama es la misma (Jesús el Viviente), la invitación suena igual (“Sígueme, serás pescador de hombres”), la urgencia está intacta (“como ovejas que no tienen pastor”).

Siempre serán necesarios los curas.

Solo Dios sabe por qué, pero a ellos, se les ha confiado el Pan de la Eucaristía. Un don para los hombres, siempre hambrientos de vida verdadera.

La Eucaristía es la verdad que toma las apariencias del pan y del vino.

Las manos de los sacerdotes son ungidas para partir el pan de la verdad que trae al corazón del mundo el amor de Dios en el sacrificio pascual de Jesucristo.

Solo Dios sabe porqué. La razón será siempre el “agape”, el amor hasta el fin. 

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