domingo, 1 de abril de 2012

La humildad de Cristo


Entramos a la Semana Santa. 

La liturgia del Domingo de Ramos suplica una gracia particular: aprender la humildad del Cristo humilde y humillado.

La pasión es escuela de todas las virtudes, como también leeremos en estos días. De entre todas se destaca precisamente la humildad.

La humildad de Cristo se aprecia en su encarnación y en su pasión. Es abajamiento, búsqueda del último lugar, abrazar la muerte en cruz.

Es así obediencia a la voluntad del Padre. El mismo Señor que nos llama a ser sus discípulos, ha escucharlo a Él, porque esto es lo único necesario; Él mismo es el que vive en la escucha del Padre.

¿Qué ha oído Aquel que está en el “seno del Padre”?

Ha escuchado el dolor de Dios por la humanidad caída. Ha recogido el llanto de Dios por sus hijos, los hombres, sumidos en la desesperación y en la oscuridad de la muerte. El Hijo unigénito no ha necesitado más. Ha hecho suyo este dolor y este llanto, y ha bajado hasta nosotros.

La humildad de Cristo nos ha levantado del abismo.

Cada uno de nosotros puede y debe decir a Jesús: 

“Por mí, por mi salvación, 
para rescatarme de mis pecados,
te has hecho hombre 
y has subido a la cruz. 
Haz, Señor de la humildad, 
que aprenda de ti 
ha ser manso y humilde de corazón. 

Amén”

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