lunes, 9 de abril de 2012

Ser fieles a Jesús y al Evangelio


La celebración de la Pascua cristiana comienza el jueves santo con la Misa de la tarde, llamada “de la Cena del Señor”.

Según el evangelista San Lucas, Jesús abre su última cena pascual con los discípulos con estas palabras: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios” (Lc 22,15-16).

Es que Jesús, en esa cena pascual de despedida, realizó un gesto inesperado al inicio y al final de la comida pascual. Al inicio de la cena cumplió con el típico gesto judío de partir el pan y pronunciar una bendición; pero en vez de usar las palabras rituales prescritas, Jesús introdujo unas palabras suyas: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”.

Al concluir la cena, volvió a sorprender a sus discípulos porque hizo algo similar con la copa de vino: “Tomen y beban, este es el cáliz de mi sangre, la sangre de la nueva alianza derramada para el perdón de los pecados”. A continuación, y también alterando el rito judío, hizo que todos bebieran de su copa.

Ambos gestos son acompañados por un mandato: “Hagan esto en memoria mía”. Por eso, San Pablo, escribiendo a los primeros cristianos de la comunidad de Corinto, dice unas palabras que repetimos en cada eucaristía: “Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva” (1 Co 11,26).

En esos dos gestos, Jesús recoge su persona, su mensaje, su misión y su pretensión más honda: traer al corazón del mundo de los hombres el amor redentor de Dios. Ante la inminencia de una muerte violenta, su confianza en Aquel a quien invoca llamándolo “Padre” se hace más fuerte y determinante que nunca. Libremente acepta entregar su vida (su cuerpo y su sangre) como expresión acabada de su propia persona. El reinado de Dios se realiza precisamente a través del sacrificio de Cristo que se entrega para expiar el pecado de los hombres y abrir el mundo a la gracia de Dios.

Cada generación cristiana ha de preguntarse: ¿Cómo somos fieles a Jesús y a su Evangelio, en las circunstancias concretas del tiempo y del lugar que nos tocan vivir?

Para la fe cristiana, Jesús no es solo un personaje del pasado, con una vida admirable y un mensaje siempre actual. Todo lo cual, por otra parte, es cierto. Para el cristiano, Jesús es una realidad viva, aquí y ahora. Es el Hijo de Dios que, por mí y por mi salvación, se hizo hombre; murió y resucitó y, por la fuerza de su Espíritu, vive y ofrece vida plena a quien lo acepta como Señor y Salvador.

La pregunta por nuestra fidelidad a Cristo no es, entonces, una inquietud primariamente doctrinal: como ser fieles a una filosofía de vida enseñada por alguien del pasado. Tampoco es una pregunta de tinte moralista: como portarnos bien y ser coherentes, siguiendo las enseñanzas morales de Jesús, tan sublimes y exigentes por cierto.

La inquietud de la fe es otra cosa, mucho más honda y decisiva. Es la inquietud por la fidelidad a un Viviente. También San Lucas nos cuenta que, en la mañana de la resurrección, las mujeres que van al sepulcro a cumplir con los actos de piedad con el fallecido, son sorprendidas por un personaje misterioso que les dice: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…” (Lc 24, 5-6).

Un cristiano es alguien que ha sido sorprendido en el camino de su vida por ese Viviente, por Jesús el Cristo. La fe tiene la fisonomía de un encuentro entre personas: un encuentro que cambia todo, empezando por la persona del creyente. Es un encuentro con Jesucristo, con su cruz salvadora y con la fuerza de su resurrección. Este encuentro determina la propia vida y le da su orientación definitiva.

Por eso, los primeros cristianos llamaban al bautismo: la “iluminación”. Es que el encuentro con Cristo había supuesto para ellos encontrar la luz de Dios que los arrancaba de las tinieblas del mundo pagano, opresivo y depresivo, en que vivían. Cristo les había dado la libertad que no les podían dar ni los dioses paganos que adoraban, ni la cultura hedonista y fatalista que los envolvía, ni tampoco un estado que se presentaba a sí mismo como un Ser supremo que debía ser adorado y obedecido sin chistar. La libertad que Cristo había puesto en sus corazones era precisamente una luz en medio de las tinieblas.

Volvamos a nuestra pregunta por la fidelidad que le debemos a Jesús: ¿Cómo permanecer fieles a Cristo?
Una primera respuesta, tomada de los mismos evangelios, es la que hemos descrito arriba: permanecer fieles a Cristo significa realizar los gestos que Él nos mandó hacer en su memoria. Dicho de modo más sencillo: ir a Misa.

Cada Misa contiene en sí misma la fuerza explosiva de Jesús. Comulgar con el cuerpo y la sangre del Dios hecho hombre es abrir la mente y el corazón a un nuevo orden de cosas, centrado en Dios y, por eso mismo, más humano. La Eucaristía, celebrada y vivida con fe, transforma toda la vida. En ella, el Dios infinito, invisible y todopoderoso se hace tan cercano y a la mano como un poco de pan y un vaso de vino. Esta cercanía e inmediatez de Dios es la fuerza explosiva de la Eucaristía cristiana.

No es extraño que los diversos totalitarismos, desde el imperio romano hasta los regímenes ateos modernos, hayan hecho de la prohibición del culto una de sus armas más poderosas contra los creyentes. Es que donde se adora a Dios, allí germina la libertad más genuina y el ser humano descubre la dignidad de su conciencia. Hombres y mujeres que se han alimentado de la Eucaristía han encontrado en ella la fuerza para oponerse a la brutalidad humana de la prepotencia.

Fue el caso, por citar un solo ejemplo, de aquellos jóvenes cristianos (católicos, protestantes y ortodoxos) que formaron el movimiento de la “Rosa blanca” en la Alemania nazi. Un puñado de jovencitos que encontraron en su fe y en la llamada de sus conciencias la fuerza para enfrentar el poder abrumador del totalitarismo nazi. Uno de ellos, Alexander Schmorell, acaba de ser canonizado por la Iglesia ortodoxa de Munich. Con estas palabras se despidió de los suyos, pocas horas antes de ir al encuentro de la guillotina: “Querría dejar esto en vuestros corazones: no olvidéis nunca a Dios”. Eso es precisamente la Eucaristía: memorial del sacrificio de Cristo, el sacramento que nos impide olvidarnos del Evangelio, del amor de Dios y de la esperanza que siembra en los corazones. Alexander, Jesús y la Eucaristía llegaron a ser así una sola cosa.

¿Cómo ser fieles a Jesús y a su Evangelio? Ya dimos una primera respuesta (“yendo a Misa”), que nos ha llevado hacia la otra gran respuesta: la fidelidad más genuina a Jesús se da en la propia vida, vivida en comunión con Él.

El evangelista San Juan no narra la institución de la eucaristía en su relato de la última cena del Señor. En su lugar, sin embargo, nos transmite una escena que es, precisamente, el texto evangélico que leemos el jueves santo: el lavatorio de los pies.

La escena es conocida: después de cenar, Jesús se ciñe la cintura con una toalla y lava los pies a cada uno de los discípulos. Estos asisten a este gesto entre atónitos y admirados. Cuando uno de ellos, Simón Pedro, quiere impedírselo, escucha de labios de Jesús esta enigmática frase: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”.

Los cristianos no somos mejores que nadie. La fe no nos da una especie de superioridad moral sobre el resto de las personas. El que lo vive así yerra. Lo que sí nos da la fe es una conciencia muy viva de lo que Dios ha hecho por nosotros. Cristo nos ha lavado con su sangre, nos ha rescatado del poder del pecado y de su expresión más fuerte: el peso del egoísmo que todo lo envenena y destruye.

Querer ser fieles al mensaje y a la persona de Jesús, significa para un creyente dejarse alcanzar por la fuerza de Cristo para vivir como Él vivió. El relato del lavatorio de los pies termina con estas palabras del Señor, con las que yo también concluyo estas reflexiones. Con ellas les deseo muy feliz Pascua a todos los que lean estas líneas:

“Ustedes -decía Jesús- me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican” (Jn 13,15-17).

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