sábado, 15 de septiembre de 2012

La Iglesia diocesana en la mirada del obispo

Meditación
en la Jornada de Pastoral
Sábado 15 de setiembre de 2012

¿Cómo vemos los obispos a la Iglesia diocesana de Mendoza?

La palabra “obispo” (episcopos): el que mira desde lo alto, como un centinela que pasa la noche en vela, atento y vigilante.

La misión del obispo: una mirada atenta sobre el Pueblo de Dios.

“Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes (centinelas, obispos) para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hch 20,28).

1. Una multitud inmensa, imposible de contar

Lo primero que aparece a los ojos del obispo: un extenso territorio y una inmensa red de personas, comunidades y espacios pastorales, carismas y ministerios.

Yo quisiera destacar, sobre todo, a las PERSONAS.

La vida del obispo está tejida de encuentros con laicos, consagrados, presbíteros, diáconos, ministros, catequistas, etc.

El obispo ve esta vitalidad del Espíritu y no puede dejar de dar gracias a Dios. Es verdad: Dios siembra siempre y a manos llenas.

Es cierto: esto intimida un poco al obispo que tiene que velar para que la diversidad no se transforme en disgregación.

Gracias a Dios, no lo hace solo. Están los presbíteros, los diáconos y tantos otros obreros de la evangelización.
En ocasiones, uno percibe una cierta inercia, como una pesadez, un cansancio espiritual. Cada uno en lo suyo.

En una cultura en la que prima la fragmentación, la defensa a ultranza del “yo” individual y de lo privado, el Evangelio nos orienta y anima en la cultura del encuentro, la participación, la integración, la búsqueda del diálogo.

¿Hemos logrado avanzar en una presencia y acción eclesial más orgánica y articulada?
Seríamos injustos si respondiéramos con un “no” seco y tajante.

Sin embargo, no podemos bajar la guardia. La comunión supone una convicción que requiere perseverancia y paciencia.

2. Mendoza: entre Babel y Pentecostés

También la sociedad mendocina es hoy más compleja, dinámica y en constante ebullición.

¿Dónde está Dios en la Mendoza de hoy? ¿Cómo reconocerlo? ¿A dónde hemos de ir a buscarlo? O, mejor: ¿dónde Él nos espera?

Estamos inmersos en una profunda crisis de civilización.

¿Qué es lo permanente en tanto cambio? ¿A qué aferrarnos? ¿Qué dejar?
¿Cómo debe ser la figura histórica de la Iglesia hoy? ¿Cómo vivir aquello de “estar en el mundo sin ser del mundo”? ¿Dialogar o confrontar?

Esto significa un desafío a la creatividad, a la paciencia, al espíritu apostólico.

Es comprensible que algunos nos sintamos, en ocasiones, cansados, desanimados o simplemente busquemos un lugarcito tranquilo, donde nadie nos moleste. ¡Escuchamos tantas voces!

Es comprensible, pero el Evangelio nos interpela y sacude.

En estos años nos hemos familiarizado con una palabra muy evangélica: discernimiento. Ver por dónde pasa Dios. Estar atentos a su Palabra. En medio de tanto ruido, esa Voz merece ser escuchada.

Juntos estamos aprendiendo a ser discípulos misioneros de Jesús en una Mendoza distinta, a veces realmente extraña, que en muchos aspectos parece renegar de la fe.

Sin embargo, sabemos que Dios ama esta tierra. ¡Él sigue obrando en las conciencias y en los corazones!

En Babel todos hablan a los gritos. Nadie se entiende. Nuestra Mendoza tiene mucho de esto.

Pero Dios inventó Pentecostés: aquella mañana, cada uno entendio el sermón de Pedro en su propio idioma.

Es la obra del Espíritu a la que nosotros intentamos sumarnos.

El obispo se pone, junto con sus hermanos, a la escucha de la Palabra de Dios, para obedecer, como María, y secundar al Espíritu.   

3. Mujer: ¡qué grande es tu fe!

Para el obispo, aquí comienzan a asomar cuestiones de fondo.

Ante todo, la fe.

La fe nace de la escucha compartida de la Palabra.

Tener una mirada atenta sobre el rebaño significa, para el obispo, afinar la vista para ver cómo anda la fe del Pueblo de Dios.

Fe quiere decir el “amén” de cada uno a Dios; pero también el “creemos” de toda la Iglesia: el “amén” de María, los santos y los mártires; los creyentes de todos los tiempos y lugares.

No se tiene fe en soledad, sino en una familia de creyentes.

¿Cómo hace el obispo para tomarle el pulso a semejante realidad?

Mirando bien las cosas, el hecho de que la fe sea, de alguna manera, inaferrable, es algo bueno.
El obispo no es dueño de la vida cristiana: obra de Dios en el corazón humano. Solo es su servidor.  
Jesús dice que el árbol se conoce por sus frutos. Eso sí se puede observar.

Los frutos de la fe en esta Iglesia diocesana son, gracias a Dios, muchos y variados.

Nos hemos tomado estos meses para intentar contemplarlos y, en la medida de lo posible, formularlos.
Por mi parte, le doy gracias a Dios porque me permite asomarme a la vitalidad de la fe, vivida por muchísimas personas.

Los encuentros del obispo con las comunidades cristianas siempre permiten tomar contacto con los frutos de la fe.

Pienso sobre todo en las Visitas pastorales. Para el obispo son un poco como Emaús: se retoma el camino con el corazón en ascuas.

Uno recuerda aquellas palabras elogiosas de Jesús dirigidas a la mujer cananea: “Mujer: ¡qué grande es tu fe!” (Mt 15,28).

La fe en Cristo es nuestro mayor tesoro.

No es, sin embargo, nuestra posesión. Ella nos posee a nosotros.

Tenemos que cultivar, cada día, el deseo de purificar nuestra fe, suplicando como aquel padre angustiado que lleva su hijo enfermo ante Jesús: “Creo, ayúdame porque tengo poca fe” (Mc 9,24).

Vivimos en un ambiente de fuerte incredulidad. Dios no cuenta para organizar la vida. No es extraño entonces que nos dejemos contagiar y llevar por ese espíritu del tiempo.

Una fe débil (es decir: una vida poco arraigada en Dios) también produce frutos: falta de mística, de impulso, de aliento; encierro, amargura. Perdemos el horizonte.

“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

En este sentido, nosotros mismos hemos identificado uno de los medios más eficaces para purificar nuestra fe: el trato asiduo con las Escrituras, especialmente la lectio divina de los Evangelios.

El obispo no puede dejar de dar gracias a Dios por estos frutos.

4. Misterio de comunión trinitaria en tensión misionera

Quisiera repasar ahora, mucho más brevemente, tres importantes aspectos de la vida de nuestra Iglesia diocesana.

Me ayuda una expresión del Beato Juan Pablo II que define a la Iglesia como “misterio de comunión trinitaria en tensión misionera” (Pdv 12).

Tres palabras claves: misterio, comunión y misión.

*   *   *

Empiezo por el final: la “tensión misionera”.

En estos pocos años de recorrer la diócesis como obispo auxiliar he podido comprobar algunas cosas:

Que tenemos muchos misioneros. Es decir: personas que viven espontáneamente la fe en Cristo como algo que no se puede ocultar. Contagian alegría, esperanza y amor a Cristo.

La fe no se imponte. Se contagia.

Lo segundo es que, ya en todas partes, se empieza a sentir el rumor de una conversión pastoral muy profunda.

¿Nos estamos volviendo una Iglesia más misionera?

Yo creo que hay un fuego tímido que lucha por hacerse fogata.

Al obispo le toca alentar ese fueguito.

Vivir en estado de misión, de comunicación y anuncio es un rasgo distintivo de la fe. Mucho más en los tiempos que corren.

Nos está pasando como al mismo Jesús: a medida que el camino se hace más arduo (incluso más hostil), más se afianza la convicción de que Mendoza necesita el anuncio del Reino.

En este proceso de conversión ha sido muy importante el camino eclesial que venimos transitando.
Nos ha obligado a dos cosas: reunirnos y escucharnos; y, así, mirar la realidad y dejarnos interpelar por lo que viven las personas.

Dos cosas que son una: ESCUCHAR al otro, no a mí mismo.

A mí, por ejemplo, me moviliza mucho celebrar la Confirmación. Me toca comunicar el Espíritu de Jesús a muchísimos jóvenes. ¿Qué será de sus vidas? ¿Han conocido de verdad a Jesús?

Lentamente nos vamos poniendo en situación de misión permanente: pasamos de la queja amarga al anuncio alegre de Jesús.

Tenemos que reconocer que se trata de una conversión pastoral muy honda y, por lo mismo, un proceso de largo alcance.

Requiere tiempo, energía espiritual y mucha paciencia.

En esa conversión andamos.

*   *   *

Con la “comunión” pasa algo parecido.

¿Qué es la comunión?

Aquí la defino así: comunión es encuentro humano de personas.

Así es el encuentro con Dios en la humanidad de Jesús. Así también el encuentro entre las personas.
Es más: Dios siempre está presente en todo gesto de encuentro, de diálogo, de reconciliación, de amistad.

Le damos gracias a Dios porque en estos años nos ha permitido vivir momentos muy intensos de comunión eclesial.

También en el dolor y la incertidumbre.

Hemos experimentado la dulzura del don divino de la comunión, que Jesús trajo al mundo desde la Trinidad.

Nosotros mismos nos hemos impuesto el entrenamiento de intercambiar puntos de vista, de encontrarnos en espacios de diálogo como este que hoy nos reúne.

La vida y la comunión de nuestra Iglesia circulan por algunos espacios privilegiados: los Consejos diocesanos y parroquiales, los Decanatos, los encuentros y jornadas.

Es verdad que siempre nos acechan algunos demonios seductores y muy peligrosos: el personalismo; restar nuestra presencia; la indiferencia, el gusto por la crítica amarga y despiadada, la falta de lealtad y franqueza; la habladuría que, a veces, se acerca peligrosamente a la calumnia o la difamación, etc.

No podemos dejar de tener, frente a todo esto, una actitud evangélica de vigilancia y penitencia, de corrección fraterna y de humildad para pedir perdón.

También aquí nos reconocemos en estado de permanente conversión y purificación.

Una conversión que nos involucra, de manera especial, a los pastores. Somos hombres de comunión y servidores de la comunión.

Un servicio que requiere mucha humildad, mucha mística, mucha abnegación y mucha libertad interior.

*   *   *

Voy terminando.

Y termino con la expresión “misterio”.

La Iglesia es “misterio” de comunión trinitaria.

En el lenguaje cristiano, la palabra “misterio” quiere decir algo oculto que se hace patente a los ojos.
Un secreto que, en el momento oportuno, se revela.

El gran secreto desvelado es el Emanuel: Dios con nosotros.

Ese es el misterio que habita en la Iglesia.

¿Hemos podido contemplar este misterio al preguntarnos por la siembra de Dios en nuestra Iglesia diocesana?

Es el misterio de la fe que se hace visible, de manera especial, en la celebración de la Eucaristía.

Nunca el obispo es más pastor de su pueblo que cuando preside la divina Liturgia y, en ella, predica el Evangelio.

Desde aquí el obispo observa con atención la vida del pueblo que se le confió.

A mí me gusta pensar en la energía espiritual que se libera en nuestra inmensa diócesis, cada domingo, por la celebración eucarística. No podemos medirlo a ciencia cierta.

Iglesia: misterio de comunión trinitaria.

Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- en medio de nosotros.

Eso somos nosotros, aquí y ahora, reunidos en este lugar, donde oramos, reflexionamos y, por la palabra y la escucha, nos reconocemos parte de un todo: el cuerpo místico de Cristo.

“Así se manifiesta toda la Iglesia como «una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»” (LG 4).

La Trinidad siga sembrando sus dones en esta bendita Iglesia diocesana.

De la mano de María, ojalá que nunca perdamos esta perspectiva.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

María, la más perfecta discípula de Jesús: escucha, cree y confía


Querido hermano y hermana en Cristo:

La paz del Señor esté siempre con vos.

El domingo 7 de octubre próximo celebraremos la Fiesta patronal diocesana en honor a Nuestra Señora del Rosario, patrona de Mendoza.

Como en años anteriores, ofrezco algunas reflexiones sencillas sobre el lugar de María en nuestra vida cristiana, con la finalidad de ayudarnos a preparar espiritualmente la Fiesta de la Virgen. Espero que sean de provecho.

En esta primera carta, quisiera centrar la atención en la figura de María como la discípula del Señor.

María nos enseña a convertirnos en discípulos de Jesús. Nos guía hacia el encuentro con Él en la fe. Y puede hacerlo, porque ella ha vivido como nadie la fe, la obediencia a Dios, la escucha atenta de la Palabra y la contemplación de los misterios de Cristo. Ha sido su más perfecta discípula.

Tanto en la gran escena de la Anunciación como en el resto de los pasajes evangélicos en los que aparece, María se destaca como mujer fuerte, inteligente y buscadora incansable de Dios. Vive aquella actitud de fondo que es permanecer en vigilante escucha de la Palabra. Escucha y confía. Realiza así el ideal más alto de la espiritualidad del pueblo de Israel: la obediencia a la Palabra de Dios.

El relato de la visita de María a Isabel nos pinta de cuerpo entero el alma religiosa de Nuestra Señora. Isabel la declara “feliz por haber creído” (Lc 1,45). María entona entonces el Magnificat. Comenta hermosamente el Documento de Aparecida en el nº 271:

“El Magnificat “está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de Dios. Así se revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella puede llegar a ser madre de la Palabra encarnada”

María ha sido tierra fértil, en la que Dios ha sembrado su Palabra. Ha dado así el fruto más precioso: el Verbo encarnado, acogido primero en la fe y después en su propio vientre de madre virgen.

En este año en que hemos tratado de contemplar la siembra de Dios en nuestra Iglesia diocesana, María aparece como la realización más lograda de lo que nuestra Iglesia aspira ser: campo fértil en el que semilla de la Palabra dé el fruto más abundante que es la fe.

A la luz de todo esto, les propongo tres pensamientos para reflexionar y meditar:

1. Vivimos tiempos complicados. En muchas ocasiones no sabemos bien qué camino tomar; nos preguntamos: ¿dónde está la verdad? ¿Qué es error, engaño o mentira? Muchas voces saturan los oídos.

Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia ha puesto nuevamente las Sagradas Escrituras en nuestras manos. Cada uno puede tener la experiencia personal de escuchar la voz de Cristo, en la medida en que logramos un trato asiduo, cotidiano, cordial y creyente con la Palabra. También nosotros estamos aprendiendo a escuchar y a confiar en Dios como lo hizo María. La escucha de la Palabra de Dios es prioritaria en la vida de un discípulo misionero de Cristo.

Es muy consolador ver a los jóvenes, por ejemplo, abrir con fe el libro de la Palabra, pedir el don del Espíritu que abre el corazón, y leer el texto bíblico buscando luz para la propia vida. Es la lectura orante de la Escritura, que la Iglesia recomienda con tanta fuerza. Allí donde se practica, está dando tantos frutos de vida cristiana. Allí está surgiendo la nueva evangelización. De este contacto asiduo con la Palabra depende, en gran medida, el futuro de nuestra fe. ¡Dejémonos sembrar por Dios!

Una pregunta para reflexionar: ¿Qué lugar ocupa la lectura orante de la Escritura en mi vida cotidiana?

2. Mi segunda reflexión es, en realidad, una propuesta: redescubrir el Rosario como un medio para repasar el Evangelio con el corazón y los ojos de María. Pienso con gratitud que el Pueblo de Dios, sobre todo los sencillos, han ido madurando su fe y confianza en Dios, precisamente con el rezo del Rosario. En algunas ocasiones, esta oración alcanza una profundidad de fe enorme: por ejemplo, cuando lo rezamos acompañando el dolor de quienes han perdido un ser querido.

El Rosario es una oración joven: quien se deja guiar por María encuentra en él una fuente de su propia espiritualidad como discípulo de Jesús e hijo de la Iglesia. Un modo muy hermoso y profundo de rezar el Rosario es unir a cada misterio una breve lectura evangélica que nos ayude a centrar la mirada de fe en el misterio que contemplamos. En fin: la creatividad nos inspire para redescubrir la fuerza del Rosario de María.

Una pregunta para reflexionar: ¿Has podido incorporar el Rosario a tu vida personal de oración? ¿Qué te atrae más del Rosario? Si no sabés rezar el Rosario ¿Por qué no pedís que te enseñen?

3. La Iglesia es la casa de la Palabra. La Biblia ha surgido de la fe viva de un pueblo que ha sido inspirado por Dios a poner por escrito su propia experiencia de Fe. La Biblia ha nacido de la fe de la Iglesia, no ha caído del cielo. Es la Iglesia la única que puede enseñarnos a escuchar y a comprender las palabras de Dios para nosotros. Esto vale, sobre todo, para la Palabra de Dios por excelencia: Cristo, el Verbo de Dios hecho carne en el seno de María. La comunidad cristiana es lugar de encuentro con Jesucristo. Esto acontece de modo más profundo cuando se proclama la Palabra en la celebración litúrgica, el momento más intenso de la vida cristiana: Dios habla a su pueblo.

Misión de la Iglesia es introducir a los creyentes en el misterio de la Palabra acogida con fe, como lo hizo María. Soñamos que cada una de nuestras comunidades (parroquias, colegios, movimientos y asociaciones) sea, a su manera y según su propia identidad eclesial, lugar de encuentro con la Palabra, y que toda la pastoral de nuestra diócesis esté animada e inspirada en la Palabra de Dios.

Una pregunta para reflexionar: ¿Qué paso podemos dar para que nuestra comunidad eclesial sea más efectivamente lugar de encuentro con Cristo a través de su Palabra?

Hasta aquí estas primeras reflexiones. Espero que los ayuden a preparar el corazón para vivir juntos la Fiesta de la Virgen del Rosario. Este año, en consonancia con el camino pastoral de la Diócesis, queremos contemplar a María como el campo fecundo en el que Dios sembró su Palabra. Por eso el lema de la Fiesta (“Mujer: bendito el fruto de tu vientre”) es un saludo gozoso a la Virgen Madre que, por su fe y obediencia a la Palabra, ofreció su vientre para que germinara la Encarnación.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo auxiliar de Mendoza 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Carlo Maria Martini

Muchos de mi generación hemos crecido en la conciencia cristiana y ministerial, acompañados por los escritos del Cardenal Martini. La mayoría de ellos, reflejo de sus retiros o momentos en los que, cumpliendo el ministerio propio de los obispos, guiaba la lectio divina de algún texto de la Palabra de Dios.

De ahí que, en el momento de su Pascua, muchos pongan en el acento en la escucha de la Palabra, como el núcleo de su persona, de su ministerio y de su enseñanza.

Hizo de la escucha de la Palabra el centro de su ministerio. Aprendió a escuchar la Palabra de Dios, y enseñó a otros a escucharla con una fe viva.

De ahí que también haya sido un hombre de la escucha, también de cara al mundo.

Su exquisita formación intelectual como exégeta y biblista lo preparó para vivir el ministerio episcopal en la escucha de la Palabra, en medio de la metrópolis que le tocó guiar por más de veinte años. Él mismo tuvo la ocasión de agradecer a la Iglesia ambrosiana de Milán el haber aprendido nuevas dimensiones de la escucha de la Palabra, precisamente en el contexto complejo y cosmopolita de la Milán moderna.

En suma: un contemplativo que encontró en la apertura a la voz de Dios el secreto para estar también abierto a la escucha de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los más alejados u hostiles a la Iglesia y al Evangelio.

Nosotros, a la vez que oramos por el descanso eterno de su alma, agradecemos a Dios por este testigo del Evangelio. Un buen testimonio de lo que es la nueva evangelización.

domingo, 5 de agosto de 2012

Del complejo a la alegría de la fe


La Iglesia está en las manos de Dios. Así lo creemos, con fe teologal, los creyentes. Cristo la fundó. Él la conduce en medio de las tormentas de la historia. Él la consumará al fin de los tiempos.

Todo lo cual no nos ahorra la incertidumbre. La Iglesia es una realidad humana, humanísima, inserta en la historia, con sus grandezas y miserias. La fe no nos ahorra la fatiga de la condición humana, con sus caídas, oscuridades y yerros.

Así y todo, ¿es posible vislumbrar la figura histórica del catolicismo por venir? Yo creo que sí, sobre todo, si atendemos a lo que nos enseña el pasado. En su bimilenaria historia, la Iglesia ha atravesado crisis profundas, momentos dramáticos de decadencia espiritual y moral. Una y otra vez se ha levantado. Eso sí, no de cualquier forma o echando mano de cualquier estrategia.

Como todo organismo vivo, la Iglesia se ha ido desarrollando a partir de su esencia más genuina. Sus reformas más logradas lo han sido porque han sacado a la luz lo más cristiano del cristianismo. Desde allí es posible imaginar qué tipo de catolicismo sobrevivirá a los actuales procesos de transformación que vive el mundo y la misma Iglesia.

Es más: aquí y allá es posible observar los signos de esta vitalidad, tan novedosa como sorprendente. Lo que sigue es sencillamente un relevamiento de estos signos.

Creo que se viene un catolicismo positivo, sin complejos, visible y alegre. Algunos hablan de “ortodoxia positiva”. Es una buena expresión. Es cierto: es casi una tautología. ¿Puede haber una ortodoxia que no sea afirmativa? Es la afirmación de la verdad que Dios pone en el corazón y en los labios del hombre. Y una afirmación que no necesita demasiado ruido para imponerse.

Para el cristianismo, la verdad no es un sistema doctrinal, sino una Persona: Jesús, el Cristo. Tiene razón Benedicto XVI cuando afirma: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Sin este encuentro, el cristianismo se disuelve en moralismo o ideología. Se queda sin luz, se vuelve insípido.

Atrás van quedando los tiempos del “complejo de culpa de ser católico”. Ese catolicismo que, atormentado por las dudas y la certeza de ser parte de una gran equivocación (la Iglesia católica), solo ha cosechado amargura y esterilidad.

Un catolicismo además alienado, porque ha buscado fuera (en las ideologías dominantes, las modas, el “mundo” etc.) lo que se le ofrecía desde dentro de su propia tradición espiritual.

La nueva generación de católicos (laicos, consagrados, pastores) tiene otros genes. Vive sencillamente su fe en Dios sin complejos. Y la vive gozosamente inmerso en ese río caudaloso, vital, sereno y pujante que es la tradición católica.

Son hombres y mujeres que leen las Escrituras, oran y celebran al Dios vivo con la liturgia de la Iglesia. Han aprendido a hacerse amigos de los santos, porque son Evangelio vivido y creíble. De ellos han aprendido a prolongar el encuentro con Dios en la vida cotidiana, tejida de encuentros y desencuentros humanos. Por eso, viven su fe en medio de la ciudad secular, plural y polifacética. La fe crece, con un nuevo vigor, en este contexto fascinante. Es una fe vivida como decisión personal. Tan gozosa cuando dice sus “amén”, como firme cuando planta cara al espíritu del tiempo.

En este tiempo reconocen el llamado de Dios. No son nostálgicos de los tiempos pasados. No les asusta que la Iglesia pierda relevancia social. Dejaron de estar obsesionados por que la Iglesia sea moderna. Quieren sencillamente que sea ella misma. Que diga, con humildad y audacia, las palabras que salvan, a la vez que sacuden el conformismo dominante: Dios, el cielo, el infierno, la castidad, la insidia del materialismo, todo hombre es tu hermano y un largo etcétera.

Están conformes, aunque no instalados, en la moderna ciudad secular. Porque Dios vive en la ciudad, nunca la ha abandonado. Viaja en colectivo, y ahora en el Metrotranvía. Gime con los chicos que se drogan o se pierden en una diversión descontrolada. Está presente en los que le han perdido el gusto a la vida, aunque tengan de todo. Está con los pobres, con el preso, con el enfermo y con el anciano. Agoniza con la víctima del delito, pero se revuelve en el alma atormentada del agresor.

Pero Dios también está presente en cada sonrisa como expresión del alma, en la mirada de los enamorados y en el sacrificio de los que han aprendido que el amor es don de la propia persona. Dios vive en la ciudad que, con todas sus contradicciones, es una red inmensa e invisible de hombres y mujeres buenos, comprometidos, luchadores y pacíficos. Dios vive y vivifica la ciudad, porque venció la muerte con la resurrección.   

Hacia allí se dirigen los pasos de estos cristianos sin complejos. Calladamente, sin buscar titulares. Son un pueblo pacífico, portador de una esperanza. Viven un cristianismo que se hace palabra, gesto y comunicación. Han aprendido a soltar las riendas de la propia vida y se han confiado -como María- únicamente a la Palabra de Dios. Han recibido gratuitamente, no pueden sino dar gratuitamente. Un cristianismo misionero; mientras más pobre y despojado de medios humanos, mejor. Lloran con los crucificados. Hacen fiesta por cada destello de vida, por pequeño que sea.

¡Atención! Estoy hablando de personas de fe, y de fe “en Dios”. No de un vago sentimiento religioso, donde la palabra “Dios” sería algo así como la cifra de otra cosa: el amor, la paz, la naturaleza.

Es el mismísimo “Dios” por quien se vive. El que un día le dijo a Moisés: “Yo soy el que Es”. Porque este es el mensaje central de Jesús. Y esa es la gran aportación del Evangelio y del cristianismo: Dios con nosotros. Dios. Esa gran palabra. Inmensa, inconmensurable. Jesús lo proclama cercano: es Padre, compasivo. Sin esa palabra, ya no sabríamos ni siquiera quienes somos nosotros.

El hombre no está solo. Dios está con él y le abre el corazón para la comunión con sus semejantes, a quienes puede llamar: mis hermanos. Le enseña a perdonar y a perdonarse.   

En medio de la ciudad secular, la comunidad cristiana está llamada a ser memoria y profecía de este Dios familia (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que ha querido salvar al hombre, sanando su corazón y devolviéndole la capacidad de establecer aquellos vínculos humanos por los que pasa el misterio de la vida.

Jesús ha traído Dios al mundo. Los que somos sus discípulos, con Él, nos hacemos misioneros de esta Alegre Noticia. No hay alegría más grande que la que nos ofrece la fe en Dios. 

sábado, 4 de agosto de 2012

Memoria de San Juan María Vianney - Saludo por el Día del Presbítero

A todos los presbíteros
de la arquidiócesis de Mendoza

Querido Hermano:

Estamos celebrando la memoria del Santo Cura de Ars. Un día muy especial para todos los presbíteros. Las comunidades cristianas así lo viven, y, por eso, suelen reunirse en torno a sus pastores para dar gracias por el ministerio de los sacerdotes.

Hace unos días, en la liturgia de la Misa, volvíamos a escuchar aquella promesa del Señor, por boca del profeta Jeremías: “Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia” (Jer 3,15).

Son palabras del Señor a su pueblo. Una de sus promesas. Expresan que, no obstante todo, Dios tiene entrañas de misericordia, y su amor fiel tendrá la última palabra en la historia de los hombres. Él dará pastores a su pueblo. Pastores según su corazón.

Esta promesa se ha cumplido en Jesús, el Buen Pastor. Él es el “pastor y obispo de nuestras almas” (1 Pe 1,15).

Esta promesa cumplida en Jesús, es la raíz de nuestra vocación y misión. “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn 15,16), vuelve a decirnos el Señor.

Al saludarte en este “día sacerdotal”, queremos hacerte llegar nuestra palabra de aliento y de gratitud por tu persona y por tu misión en esta Iglesia diocesana. Queremos decirte, con sencillez de corazón, que estás, cada día, en la plegaria y en la eucaristía del obispo. En medio de la lucha diaria, esta comunión espiritual es fuente de consuelo y de alegría.

Somos parte de un cuerpo: el Presbiterio de la Iglesia diocesana de Mendoza. Unos con otros somos el signo del Buen Pastor para su pueblo. Dios sigue cumpliendo su promesa de darle pastores según su corazón. En Él confiamos porque es fiel.

Que todos, obispos y sacerdotes, encontremos en esta promesa la norma de nuestra vida. Volvamos a ella. Tiene poder para hacernos mejores instrumentos de su gracia.

¡Qué María te haga sentir su cercanía de madre! Contá siempre con nuestra oración, aprecio y cercanía. 




+ José María Arancibia

+ Sergio O. Buenanueva

domingo, 15 de julio de 2012

La verdad del matrimonio y la familia


El pasado domingo 3 de junio, Solemnidad de la Santísima Trinidad, el Santo Padre Benedicto XVI clausuró el VIIº Encuentro mundia de las Familias, celebrado en Milán (Italia). Transcribo a continuación algunos párrafos de su homilía de la Eucaristía que celebró en esa ocasión. Se referien específicamente a la familia, su vocación y misión según el sabio designio de Dios.

Es más que oportuno volver, en los tiempos que vivimos, a meditar sobre la verdad del amor humana, el matrimonio y la familia.

Sobre la verdad se puede fundar la propia vida. Solo la verdad nos da la genuina libertad y la esperanza cierta. Del error, la mentira o el engaño solo hay que esperar tristeza, desesperación y muerte.

Unos párrafos para leer despacito, meditando y repasando en el corazón. Decía el Santo Padre:

“La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas. Al principio, en efecto, «creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Creced, multiplicaos”» (Gn 1, 27-28). Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida. El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de la Trinidad, imagen de Dios. Queridos esposos, viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación. Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad. Pero también vosotros, hijos, procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor.

El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total. Si, con la fuerza que viene de la gracia del sacramento, sabéis acoger este don, renovando cada día, con fe, vuestro «sí», también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret. Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil. Todos estos elementos construyen la familia. Vividlos con valentía, con la seguridad de que en la medida en que viváis el amor recíproco y hacia todos, con la ayuda de la gracia divina, os convertiréis en evangelio vivo, una verdadera Iglesia doméstica (cf. Exh. ap. Familiaris consortio, 49). Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía.

En el libro del Génesis, Dios confía su creación a la pareja humana, para que la guarde, la cultive, la encamine según su proyecto (cf. 1,27-28; 2,15). En esta indicación de la Sagrada Escritura podemos comprender la tarea del hombre y la mujer como colaboradores de Dios para transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica. El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador. Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social.

Un último elemento. El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta. El relato de la creación concluye con estas palabras: «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró» (Gn 2,2-3). Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor. Es el día del hombre y de sus valores: convivialidad, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa. Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios.

Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir. Es necesario aprender, antes de nada en familia, a creer en el amor auténtico, el que viene de Dios y nos une a él y precisamente por eso «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos” (1 Co 15,28)» (Enc. Deus caritas est, 18). Amén.”

jueves, 5 de julio de 2012

Anticristianismo serial. Un signo


A continuación les ofrezco mi traducción (un poco dura) de una breve reflexión del director del diario italiano “L’Avvenire”, que pertenece a la Conferencia Episcopal Italiana. Es de la sección: “El director responde”. Creo que no tiene desperdicio.

El director responde

“Anticristianismo serial. Un signo”

Querido director:

El Vaticano y sus “intrigas” es, hoy por hoy, el tema dominante de las librerías. Los libros contra el cristianismo, novelados o no, ya ni se cuentan. Me pregunto: ¿quién los compra si son todos más o menos iguales? Y también: ¿por qué tanta furia, de manera particular, contra este Papa, mientras que, sobre otras religiones, estos valientes escritores permanecen callados?
Enzo Bernasconi, Varese

Está bien, ¿por qué tanta insistencia contra los cristianos y, de manera especial, contra los católicos? ¿Por qué tantos ataques contra la Iglesia fundada sobre Pedro, la roca, el pescador de hombres enamorado del Verbo, el siervo de los siervos llamado por Cristo a ser fuerte incluso en sus debilidadades para confirmar a sus hermanos? Son las preguntas de siempre, querido señor Bernasconi. Las preguntas que acompañan la constatación del amor que se manifiesta en la Iglesia indudablemente hacia el Papa y la misma Iglesia.

Créame: la malicia puede parecer mediáticamente más fuerte, sin embargo en la realidad no es así. Incluso si la lapidación a golpes de palabras puede aparecer devastante e incluso definitiva, la milenaria historia de la Iglesia (sea con sus páginas más luminosas que con aquellas marcadas por la sombra) confirma la promesa que resuena en el “non praevalebunt” (traduzco: las puertas del infierno “no prevalecerán” contra la Iglesia).

Profundizando un poco más: desde siempre sabemos que toda forma de malcontinuará a ser dicho (y escrito) contra los cristianos. Y sabemos que si esto acontece o tendrá lugar, será porque hemos seguido sin dudas a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida -y en el caso del Papa constatamos cada día que es justamente por esto que viene atacado- podemos incluso evangélicamente “alegrarnos”, nosotros que no nos resignamos jamás a la injusticia.

Me alegro incluso que “otras religiones”, como usted señala, no sean objeto de similar ataques. Poco importa que esto acontezca por oportunismo, por conveniencia, por temor o tal vez, y así lo espero, por puro y simple respeto. También esto, así como la evidente predilección por el anticristianismo serial, es un signo. Un signo que induce a las personas inteligentes, como también a quien está en la búsqueda sincera de Dios y del encuentro con Jesús, a reflexionar y a abrir los ojos y el corazón.

Además, querido amigo, furia y persecuciones contra cualquier ser humano constituyen siempre un error. Siempre.

Marco Tarquinio