jueves, 26 de diciembre de 2013

Homilía de la Noche buena

¡Qué frágil es la paz y la concordia entre los seres humanos!

Tenemos experiencia directa de ello. La paz parece siempre prendida con alfileres.

Basta que aparezca alguien con una razón convincente, o que se den las circunstancias fatales, y la chispa del odio causa un incendio de proporciones.

*    *    *

Una vez más, en esta Noche santa, saludamos a Jesús como “Príncipe de la Paz”.

Lo creemos firmemente. Así lo anunció el profeta y nosotros sabemos que es así: este Niño inaugura una paz sin límites, una paz para todo el pueblo (cf.Is 9,6).

Lo anunciaron los ángeles a los pastores y la fe de la Iglesia lo ha hecho himno litúrgico que nosotros cantamos con unción: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14).

Es decir: los hombres alcanzados por la voluntad buena de Dios que quiere salvar, curar, reunir y reconciliar.

Jesús es el que nos trae la paz. Él mismo es nuestra Paz, escribirá san Pablo, “Él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba”. (Ef 2,14).

Por eso, queridos hermanos y hermanas, que la paz de Cristo nos alcance en esta Navidad 2013.

*    *    *

La paz es obra de la justicia.

No hay paz hasta que cada persona recibe lo que le es debido, lo que corresponde a su dignidad de persona.

No hay paz si yo no estoy dispuesto, no solo a reclamar mis derechos, sino a vivir, como condición previa, mis propios deberes como persona y ciudadano.

No hay paz hasta que no estoy dispuesto a reconocer en el otro a un igual; es más: a un hermano o hermana.

Este es un sólido fundamento para la convivencia ciudadana. En el respeto a la dignidad de cada ser humano se edifica la sociedad.

Pero la sola justicia no basta para tener paz y concordia.

Nunca terminamos de crear todas las condiciones para la justicia. El orden de la justicia siempre es frágil, pues está sometido al egoísmo y al interés humano.

Cada uno de nosotros, cada generación, debe elegir la justicia, el bien, la verdad.

Pero también es cierto que la curación definitiva de las heridas más profundas de una sociedad envenenada por el odio requiere la acción de todas las fuerzas espirituales del corazón humano.

La convivencia siempre necesita de algo más. Es el plus del amor que toma la iniciativa y se hace cercanía, arrepentimiento sincero, perdón y amistad.

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Es lo que ocurre en Navidad: Dios sale al encuentro del hombre para pacificar el corazón amenazado por la violencia.

Ese Niño que nace es Salvador: ha nacido para arrancarnos del poder del pecado y darnos su Espíritu que nos hace hijos, y nos da la paz.

Es el que viene a buscar lo perdido, a sanar lo enfermo, a absolver al culpable.

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Por eso, querido hermano y hermana, en esta Navidad dejate pacificar por Dios. Dejate serenar el corazón por la mansedumbre de Dios manifestada en el Niño que María da a luz, envuelve en pañales y recuesta en el pesebre.

Dejate alcanzar por la salvación que es Jesús.

¿Cómo hacerlo? La salvación acontece cuando Cristo nos abraza y nosotros nos entregamos a Él. Cada uno debe buscar y transitar este camino.

Ahí está su Palabra consoladora que, leída con fe, lo hace presente entre nosotros.

Ahí están sus sacramentos de vida: la Eucaristía y la Reconciliación con la palabra del perdón y la paz que nos rehacen por dentro.

Hay un sendero que no falla, al alcance de todos, especialmente del pecador: es el de la humildad que se vuelve plegaria, oración:

“Señor Jesús, nacido de María, tengo el corazón endurecido o entenebrecido por el odio, el rencor, la violencia o sencillamente una fría indiferencia. No sé cómo levantarme de mis caídas. Dame tu paz. Sé Tú mismo la paz de mi corazón”.

Cada uno podrá encontrar la palabra justa para su plegaria personal.

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Dejarse pacificar por Jesús tiene un fruto: convertirse, de a poco, en obrero de la paz en la familia, en el círculo de amigos, en la sociedad.

Jesús proclamará la bienaventuranza de la paz: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Trabajar por la paz. Ese es un buen propósito para esta Navidad.

¿Qué puedo hacer yo por la paz y la concordia entre las personas?

Puedo orar, cada día, por la paz entre las personas.

Puedo perdonar al que me ofende, o al menos, pedirle a Dios que me conceda el don del perdón.

Puedo callar, cuando todo apunta a dejarse llevar por el chisme y el correveidile que tanto daño hacen a los vínculos humanos.

Puedo, por el contrario, exculpar o disculpar a las personas, antes que culparlas.

Puedo tener siempre a mano una palabra de elogio, una palabra que reconoce lo que el otro hace o dice, una palabra de agradecimiento.

Puedo neutralizar el efecto disolvente del odio y la violencia con un gesto de mansedumbre, de pacífica resistencia al mal que nos circunda.

Así se va generando el clima que hace posible el perdón, la reconciliación, la convivencia entre los que son distintos.

Vamos creando las condiciones para la “cultura del encuentro” que nos ha traído Jesús y que nosotros tanto necesitamos.

Así se vive el don precioso de la paz que Cristo nos trae en esta noche santa.
¡Muy feliz Navidad para todos!


+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

martes, 24 de diciembre de 2013

MENSAJE DE NAVIDAD 2013

“Les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. (Lc 2,10-11).
Queridos amigos y hermanos:
Me hago eco de las palabras del ángel a los pastores. Yo también les anuncio una gran alegría. Esa alegría tiene rostro y nombre propios: es Jesús, el niño que María recuesta en el pesebre. En Él reconocemos al Emanuel: Dios con nosotros.
En su pequeño corazón de niño ha comenzado a crecer el fuego que un día no podrá dejar de comunicar a los suyos: “cuando ustedes oren digan: Padre…” (Lc 11,2).
Porque de eso se trata: María da a luz a Aquel que viene a decirnos que no estamos solos, ni somos huérfanos, que nuestro destino no es el aislamiento o la nada.
Él es el Hijo único que ha venido a nosotros desde “el seno del Padre” (Jn 1,18).
Su misión: mostrarnos que Dios es Padre. Un Padre con entrañas de madre, al decir de los profetas del antiguo Israel.
Y si Dios es Padre, nuestra vocación más profunda es ser hijos y hermanos. Una familia.
Incluso en medio de la fiebre de consumo que parece desdibujar el rostro cristiano de la Navidad, las personas intuimos que esa noche trae salvación para nuestros vínculos, personales, familiares y sociales. Para renovarlos y potenciarlos.
Se equivocan tristemente los que enseñan que el hombre es enemigo del hombre, que el conflicto es el motor de la historia y que es una ilusión querer convivir en paz.
Es cierto que la cizaña de la corrupción, la violencia irracional y el egoísmo está creciendo en el campo. Amenaza los vínculos de amistad social. Lo hemos visto días pasados, con vergüenza y temor, aquí mismo en Córdoba y otros lugares de Argentina.
No nos dejemos ganar por el desaliento. Volvamos los ojos a Jesús y su Evangelio. Mirando con los ojos de la fe la realidad de nuestro mundo, tantas veces brutal y despiadada, el Papa Francisco sigue apostando por la “cultura del encuentro”.
¿Podría hacer otra cosa el Vicario de Cristo?
Es el sueño de Dios que comenzó a realizarse en la pobreza de Belén y alcanzará su plena realización en la Pascua. Involucra a todos. No hay excluidos ni descartados. Es encuentro, familia, unidad en la diversidad.
Por eso los destinatarios privilegiados de la buena noticia son los pobres, los que están tristes, los que no logran equilibrar el balance de sus vidas, los pecadores.
Así se conoce mejor lo que realmente significa esa “alegría para todo el pueblo” anunciada a los pastores.
Ojalá también nosotros podamos experimentarla en esta Navidad. Tal vez baste decir, mirando con ojos de niño al Niño Jesús: “Yo también soy un pobre pecador; viniste por mí; esa alegría es para compartirla con mis hermanos; Jesús: tú eres mi Salvador”.
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Ahora una nota más personal.
Este 25 de diciembre se cumplen apenas cuatro meses de mi llegada a San Francisco. Tiempo breve pero intenso. De a poco voy conociendo la vitalidad de la diócesis
Por todo le doy gracias a Dios. Especialmente a quienes me han abierto la puerta de sus casas. Gracias a los sacerdotes, a los consagrados, a las familias y comunidades; a las autoridades públicas y a las organizaciones de la sociedad civil. A los que me han reconocido en la calle y me han tendido la mano. A todos: gracias. 
Todos están en mi oración de cada día, especialmente en la Eucaristía.
Anunciarles la gran alegría de la Navidad es mi misión como obispo. Pero Iglesia misionera somos todos. Y juntos estamos llamados a compartir la “dulce y confortadora alegría de evangelizar”. A seguir caminando juntos entonces.
Muy  feliz Navidad para todos.
Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

sábado, 17 de agosto de 2013

Homilía en la Misa de acción de gracias y envío - Sábado 17 de agosto de 2013

Estamos en casa, en familia y entre amigos.
Nos une la misma fe y, para nuestro consuelo, la mirada de Nuestra Señora reposa sobre nosotros.
A veces pienso que tenemos un poco olvidado este Santuario. Pero, si nosotros nos hemos vuelto un poco olvidadizos, María no ha dejado de salirnos al encuentro allí donde nos reunimos: celebraciones, jornadas, momentos de comunión.
La Visitación es un misterio que se cumple, una y otra vez.
María ha ido a nuestro encuentro. ¿Para qué? “Por medio de María, -leemos en Puebla- Dios se hizo carne, entró a formar parte de un pueblo; constituyó el centro de la historia. Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María, el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista” (DP 301).
María sabe de fe, de oración silenciosa, de acogida y de misión. Sabe de humanidad. Sabe de las cosas de Dios. Y lo sabe con su cuerpo: allí creció el fruto más precioso de esta tierra, el Verbo encarnado.
Eso es también lo bueno del Rosario: rezamos tocando con los dedos del cuerpo los misterios del Señor. La Encarnación en nuestras manos.
Para que el Evangelio no se desencarne. Para eso, María está presente en medio de nosotros.
Y nosotros acogemos su presencia discreta, casi en segundo plano, como algo fundamental. Sin ella, lo que hacemos sería ideología o frío pragmatismo.
Sintámonos, por tanto, en casa y que ningún reclamo moralista perturbe la armonía del Espíritu. Gocemos sencillamente la comunión que el Dios amor nos concede, y que María alienta con su corazón de mujer.
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En este clima mariano entonces, puedo abrirles el corazón y decir cosas que, en otras circunstancias, serían un poco inapropiadas.
Quisiera ofrecerles una palabra muy personal. Una palabra que, surgiendo del propio corazón creyente, venga también con la potencia del Espíritu.
“Verbum mittitur spirans Amorem”, enseñaba Santo Tomás en su “De Trinitate” (S Th I 45, 5, ad 2): El Hijo es el Verbo que espira Amor, y así, es enviado a nosotros para que nuestra inteligencia y nuestras palabras queden trasfiguradas por el amor.
Le pido al Señor que sea Él el que guíe mis palabras, para que, llenas de su Espíritu nos enciendan en el amor y la comunión.
Permítanme entonces pronunciar una “confessio fidei”, una confesión de fe, que es, a la vez e inseparablemente, “confessio laudis” (alabanza) y “confessio vitae”: una vida que canta las maravillas de Dios.
No que ponga mi persona en el centro. Ante ustedes, quisiera hablar de la obra de Dios en una historia humana concreta.
Diciéndolo brevemente: “Creo, Señor, en Ti. Creo en la potencia de tu gracia que se ha manifestado en mi vida, por eso, te alabo, te doy gracias y a Ti me confío”.
Con cuatro palabras quisiera articular esta confesión de alabanza.
Las palabras esconden secretos que lo son incluso para quien se deja amaestrar por ellas. Uno se pone a escribir y acontece el milagro: las palabras nos leen a nosotros mismos y nos revelan delicadamente el misterio.
No que las palabras agoten la realidad. Las palabras nos permiten decir cosas importantes, significativas, pero también nos enseñan a buscar, a seguir caminando y quedarnos en silencio ante el misterio de Dios, de nuestra propia vida y ante la inmensidad de la realidad.
¡Qué horizonte nos abre la Escritura cuando afirma que en el principio existía la Palabra, la Palabra era Dios y era cabe Dios!
Esa es la Palabra que el Espíritu trajo al vientre virginal de María, haciendo que tomara de ella carne y sangre para habitar entre nosotros, para que la pudiéramos oír, tocar y seguir.
Por eso: cuatro palabras para compartir. Cuatro palabras para un solo Nombre: Jesús, Señor y Salvador.
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La primera palabra es: SORPRESA.
Nunca imaginé irme de Mendoza. Cuando me hice cura, mi horizonte era esta tierra, su gente, la fe cristiana recibida aquí.
Un sacerdote puede y debe hacer muchas cosas. Para mí ha sido muy fuerte comprender que el servicio fundamental que estoy llamado a dar es el de la fe: anunciar la Palabra para que el Espíritu despierte la fe en el corazón del oyente.
Lo digo de forma más breve aún: servir la fe de mis hermanos.
No estaba en mi horizonte dejar esta tierra, decía. La llamada al episcopado cambió todo. Es la Iglesia la que llama. Pero, en la fe, uno sabe que detrás de esa llamada eclesial está el Dueño de la viña: Jesús. Él llama y envía.
En su reciente visita al Santuario de Aparecida, el Santo Padre Francisco nos exhortaba a dejarnos sorprender por Dios y, como María, dejarnos conducir por Él.
Confieso que Dios me ha sorprendido. Ahora y antes. No siempre he comprendido bien qué me pedía, hacia dónde realmente me llevaba. Confieso también que he aprendido a confiar en su promesa. O, mejor: que estoy en ese aprendizaje.
Un cristiano es alguien que vive de una promesa que lo pone a caminar, como Abrahán. Eso prediqué en mi primera Misa.
Y no aprende ni camina solo. Ese camino lo recorremos juntos, como pueblo, como hermanos. Confieso que me enciende el corazón descubrir el camino que hemos recorrido juntos: yo, uno más de este pueblo peregrino.
Eso es muy hermoso de reconocer en este momento de envío y misión.
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Aquí ya asoma otra palabra, inmensa e inagotable, evangélica: VOCACIÓN.
Jesús pasa y dice, sin vueltas: Sígueme.
El que alguna vez ha leído el evangelio con un poco de sintonía interior no habrá podido pasar por alto el impacto que tiene esta palabra en labios de Jesús.
Basta ese “sígueme” y uno ya no es más dueño de su propia vida. Una llamada nueva que sorprende y cambia todo.
Jesús decía que el Espíritu sopla donde quiere. Arrebata. Es libertad y creatividad en estado puro. También aquí: “Verbum spirans Amorem”.
Hay momentos claves, que se pueden fechar y localizar, en los que ese “Sígueme” ha resonado inconfundible, aunque siempre abierto a la libertad que forma parte de todo “Amén” que le decimos a Dios. Como María.
Quien ha escuchado el Sígueme de Jesús ha sido provocado en su libertad, desafiado a caminar confiándose solo en esa promesa.
Pero es un “Sígueme” que resuena, sutil casi imperceptible, cada mañana. La vocación, enseñaban los Padres, es siempre matutina.
De ahí la belleza y hondura de la oración matinal: “Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza”, y desde ahí todo lo demás.
Vale la pena entrenarse en la oración matinal para escuchar al Señor que llama. Porque no sabemos ni el día ni la hora de esas llamadas que van dándole dirección y sentido a nuestra vida, hasta la llamada final, para el encuentro definitivo, cara a cara.
Oración que siempre es lucha, Getsemaní, aunque algunas veces -pocas pero decisivas por cierto- también es Tabor. Se vive como se ora; se ora como se vive.
Confieso que he escuchado el “Sígueme” de Jesús, sobre todo, en ese tiempo de gracia singular que han sido los quince años de ministerio pastoral en el Seminario, pisando con temor y estupor la tierra santa de la vida y la vocación de tantos de ustedes, queridos hermanos. Días atrás lo repasaba en esa querida comunidad eclesial. Y no digo más, porque es algo muy importante.
Solo Dios sabe cuánto se me ha ido la vida en ello. Aún consciente de mis errores y debilidades, sería sumamente ingrato si no confesara con alegría que Dios es grande y misericordioso al conducir a su pueblo.
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La otra palabra bíblica que me viene del corazón y se hace texto es CONSUELO. Me explico un poco.
Si uno acepta ser obispo, especialmente ser obispo auxiliar, sabe que queda en disponibilidad. Yo sabía que mi tiempo en Mendoza sería breve. Lo vivía con cierta inquietud: ¿a dónde me mandarán? ¿Podré adaptarme? ¿Cómo seré recibido? Esa inquietud sigue presente. En estos días un poco más intensa.
Cuando el pasado 23 de mayo, el Nuncio me comunicó que el Papa me había nombrado obispo de San Francisco experimenté, al instante, un fuerte consuelo interior.
Comenzaron a resonar muy adentro unas palabras también conocidas: “No tengás miedo. Yo estoy con vos”. Y eso basta. Esa palabra es más fuerte que cualquier duda o tormenta interior.
Aquí vale otra aclaración importante. Para la tradición espiritual cristiana, el consuelo es un signo de la acción discreta de Dios que guía la propia vida.
No que las preocupaciones y dudas desaparezcan. Lo que pasa es que quedan enmarcadas en una situación vital nueva.
Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones, escribía San Pablo. E Ignacio añadía: en el consuelo, no olvidar que la vida es frágil y el hombre falible. Pero en la turbación, recordar que Dios es. Y que estamos en sus manos.
Por eso, permítanme decir, escuetamente y con un poco de pudor: confieso que, incluso en las pruebas de la vida, el consuelo de Jesús se ha hecho presente, confortando, animando y encendiendo una luz, pequeña por cierto, pero firme y suficiente para caminar.
Por eso, también: ¡Bendito y alabado seas Señor que amas la vida! 
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Así las cosas, otra palabra surge sola: GRACIAS.
Me ha tocado explicar varias veces el tratado teológico sobre la Gracia. Solía decir que la palabra “gracia” es parte del vocabulario básico que todo cristiano tiene que aprender.
Su brevedad oculta una riqueza infinita. Dice muchas cosas a la vez: favor recibido, disposición favorable, auxilio divino, amistad, belleza, transformación interior.
Los medievales hablaban de la “Gracia increada”: Dios mismo que se entrega al hombre, hasta habitar en él.
En este momento de mi vida, me siento personalmente inmerso en una historia de gracia.
Comprendo bien que el Papa Francisco haya dicho que la Iglesia no puede ser entendida como una pesada organización burocrática, sino como una gran historia de amor.
Citando a Guardini, Benedicto XVI había tenido palabras muy parecidas: “la Iglesia «no es una institución inventada y construida en teoría..., sino una realidad viva... Vive a lo largo del tiempo, en devenir, como todo ser vivo, transformándose... Sin embargo su naturaleza sigue siendo siempre la misma, y su corazón es Cristo»”.
Esto lo he vivido en primera persona. No me lo han contado, ni lo he leído simplemente en un libro. Ha sido y es mi experiencia de vida. Soy, por eso, un hombre feliz y agradecido.
Confieso que he podido experimentar que la vida es un don, un regalo inesperado y gratuito. Viene de Dios, que es amor y solo sabe dar hasta el extremo.
Sí, hermanos: “Todo es gracia”, como decía el célebre personaje de Bernanos.
La Iglesia del Verbo encarnado, con toda su humanísima concretez, a veces desconcertante y crucificante, es el hogar de la gracia divina en medio de nuestro mundo.
Me descubro hijo de la Iglesia e hijo de esta tierra. De esta Iglesia diocesana de Mendoza, cuya maternidad, para mí, tiene el rostro de mis padres y mi familia, de las comunidades que me han engendrado a la fe, de las personas que Dios puso en mi camino, y que me enseñaron a discernir los signos de la Providencia.
Aquí maduró mi vocación al sacerdocio, y aquí también aprendí a ser obispo, alentado por el querido Arzobispo Arancibia, a quien considero un padre y un maestro.
También en estos pocos meses, acompañando al Arzobispo Carlos, a quien aprecio como un hermano y amigo.
También de la mano de todos ustedes, queridos hermanos curas. Yo soy uno de ustedes. Eso me conforta y me alienta.
Aquí he cultivado ese tesoro inestimable que es la amistad con la que muchos de ustedes me han honrado.
Aquí aprendí a rezar y a cantar, a leer y a escribir, a amar y a esperar, a pedir perdón y tender la mano, a llorar y a compartir el dolor. También a dejarme mirar por la montaña, el desierto y el agua.
Aquí aprendí a celebrar la Eucaristía. Incluso siendo niño y como un juego infantil que contenía también una gran promesa.
Ustedes saben de mi gusto por la liturgia, por el canto y la predicación en el marco sugestivo de la “Ecclesia orans”.
Queridos hermanos: ¡cuánto me ha dado Dios en las celebraciones eucarísticas que hemos compartido! ¡Cuánta potencia espiritual que nos envuelve, transforma y nos modela!
Uno de los títulos más antiguos del obispo es precisamente el que se refiere a su misión de moderador del culto: sumo sacerdote del pueblo santo de Dios.
Considero una verdadera gracia haber podido recorrer la diócesis para las confirmaciones, las fiestas patronales y, sobre todo, las visitas pastorales que nos han permitido orar juntos y ponernos todos bajo la soberanía de la Palabra de Dios.
Confieso agradecido que he recibido del pueblo de Dios mucho amor, testimonio de Evangelio y aliento para el camino.
Cuando estaba por irme a estudiar a Roma, Arancibia, en varias ocasiones me repitió: en Roma vas a ver muchas cosas, algunas no tan santas ni edificantes. Lo más importante: no te olvidés nunca del pueblo del que venís, de la Iglesia que te envía y a la que tenés que servir.
Hoy le doy gracias al Señor porque ha cumplido su promesa, y con creces. El ciento por uno.  
Nada de todo esto puede olvidarse. Es bueno, por ello, quedarse todo el tiempo que sea necesario para decir sencillamente: “gracias” y hacer eucaristía. Es lo que intento con estas líneas que, créanme, salen solas de su fuente interior.
En el vocabulario cristiano hay otra palabra para decir “gracias”. Esa palabra, también sagrada y evangélica, es “misión”. O, como lo expresa Aparecida: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo”. (DA 29).
Esta celebración es, inseparablemente, acción de gracias y envío, gracia y misión.
Al partir para San Francisco, con ilusión, alegría y ansiedad, vuelvo a escuchar, en el seno de esta Iglesia madre, la voz del Señor, como una vez la escuchó también el profeta: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”.
Yo he respondido, también como el profeta: “¡Aquí estoy: envíame!”.
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Sorpresa. Llamada. Consuelo. Gratitud.
Son palabras que encierran el misterio de una vida. La persona, cada uno de nosotros, es inefable. Un misterio inmenso, insondable. No alcanzan las palabras para nombrarlo.
Karl Rahner apuntaba también: el hombre es un misterio que evoca el Misterio con mayúsculas, el Misterio santo del Dios amor. El Dios que es siempre más grande.
De Él vienen la sorpresa, la llamada, el consuelo y la gratuidad. Él llama y envía.  
Como María, a Él me confío. Todos estamos en Sus manos.
Amén.
+ Sergio O. Buenanueva

Obispo electo de San Francisco

sábado, 1 de junio de 2013

Sentimientos y pensamientos de un obispo

El pasado miércoles 23 de mayo, el Sr. Nuncio en Argentina me comunicó que el Santo Padre me había nombrado obispo de San Francisco. Lógicamente me preguntó si aceptaba la designación. Respondí que sí y que además estaba muy contento.

De ese momento hasta hoy, la alegría y el consuelo interior me han acompañado como sentimientos dominantes. Incluso cuando he tenido que decírselo a mi madre, pues esta designación supone mi partida de Mendoza. Su respuesta ha sido profundamente evangélica: es lo que Dios te pide, es tu misión. De esa mujer de fe, de la que recibí la vida, recibí una suprema lección de evangelio. No pudimos dejar de pensar en mi padre. Terminamos rezando por la diócesis de San Francisco y, de manera especial, por las vocaciones. 

Realmente es así. En el llamado de la Iglesia estoy experimentando, una vez más, la llamada del Señor, aquel “sígueme” que cambia todo. Es una gracia muy grande.

En la víspera de la publicación del nombramiento, rezando ante el Santísimo volví a leer el diálogo final entre Jesús y Simón Pedro: “¿me amas? … Señor, tú lo sabes todo, sabes que te amo…Apacienta mis ovejas”. Lo completé con la reflexión que el Papa Francisco dirigió a los obispos italianos, inspirándose precisamente en esta escena evangélica.

Del relato evangélico me quedó impreso también la declaración del discípulo amado desde la barca: “¡Es el Señor!”. Simón se arroja al agua para encontrarse con Jesús.

Bueno, la palabra siempre ilumina la vida. Todo esto resuena de manera especial en mi corazón en estos momentos.

Reconocer a Jesús, el Señor, de la mano de la Iglesia. Salir a su encuentro. Escuchar su llamada, su interpelación y su envío.

Mientras esperábamos la llegada del Arzobispo Franzini a Mendoza, en varias oportunidades tuve que explicar que el obispo es básicamente un misionero, un hombre que es llamado para continuar con la misión de los apóstoles: anunciar el Evangelio de Jesús.

En estos meses he tenido que profundizar este punto pues, después de algunos años, he vuelto a dar algunas clases de teología. Estoy enseñando el sacramento del orden, cuya esencia es, precisamente, la continuación en la Iglesia del mandato apostólico de Jesús.

Lo que la Iglesia vive y enseña es una realidad muy concreta, sobre todo, cuando toca la vida concreta de las personas, como en este caso a mí mismo. Y es una realidad muy concreta porque viene de Dios, lo más concreto que existe. Por eso ilumina, consuela, abre horizontes y anima a caminar.

Así me siento hoy: consolado interiormente y con entusiasmo para caminar.

Agradezco de corazón a todas las personas que, de varias maneras, se han conectado conmigo en estos días para saludarme, felicitarme y animarme. De Mendoza y de San Francisco, también de más lejos.
Gracias a todos.

Es cierto que la nueva misión supone para mí la partida de esta tierra y de esta iglesia madre. No puedo negar que, como decía el Guille de Mafalda, eso deja un agujerito en el corazón. Pero Dios es siempre más grande, y el gozo de Jesús colma siempre el corazón.

Del Seminario me habían pedido que, en el segundo semestre, volviera a dar el tratado sobre la Eucaristía. No podré hacerlo. Pero en el cuerpo eucarístico del Señor está la vida de la Iglesia, nuestra comunión y nuestra identidad más profunda. Tanto que llega al cielo y a la vida eterna.

En la Eucaristía estamos todos en comunión.


viernes, 31 de mayo de 2013

Saludo a la Diócesis de San Francisco

Mendoza, 31 de mayo de 2013
Fiesta de la Visitación de María

A todos los fieles católicos
de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, viernes 31 de mayo, se ha hecho pública mi designación como obispo diocesano de San Francisco.

Es la Visitación de María. Una fiesta con sabor “misionero”: contemplamos a María que, apenas sabe del estado de Isabel, apura el paso para ponerse a su servicio.

Es una imagen muy elocuente de lo que siento en estos momentos. Desde el día en que supe que el Papa Francisco me había nombrado su obispo, se despertó en mí el deseo de salir al encuentro de ustedes, de conocerlos, de escucharlos y orar juntos.

Yo también quisiera apurar el paso para compartir con ustedes la alegría de conocer a Jesús y de darlo a conocer a los demás. Mucho más, sabiendo que ha pasado buen tiempo desde la partida del querido mons. Carlos Tissera a Quilmes.

Dios mediante, el inicio del ministerio tendrá lugar el domingo 25 de agosto. Hasta entonces, este deseo alimenta la oración ferviente y la súplica confiada al Buen Pastor.

Los invito a estar unidos en la oración de todos los días. Recen por mí, que yo lo hago por cada uno de ustedes: los presbíteros, los fieles laicos y los consagrados. Aunque, de manera especial, mi oración es por los pobres, los enfermos, los ancianos, los niños y los jóvenes.

Que el Señor nos conceda a todos la gracia de ponernos a la escucha de su Palabra para que sea Él quien nos siga guiando por los caminos de la misión y de la comunión.

Ofrezco también mi oración por la entera comunidad de San Francisco, sus autoridades civiles, sus fuerzas vivas y organizaciones. Espero poder sumarme, desde mi rol de obispo, a la tarea siempre estimulante de edificar el bien común y la amistad social.

Quisiera hacer llegar un saludo especial a las comunidades parroquiales de la diócesis. En la parroquia la Iglesia crece como familia visible de Jesús, animada por el Espíritu y misionera. De manera particular, mi bendición a las que están celebrando el Jubileo de sus bodas de oro.

Vuelvo a mirar a María, Nuestra Señora de Fátima. A Ella le pido que cuide de cada uno de ustedes y a mí me enseñe a ser servidor de la fe y de la alegría del pueblo.

Inspirándome en la figura evangélica de San Francisco le pido al Señor que los bendiga y los proteja, les muestre su Rostro y les dé su paz.

Hasta pronto,
+ Sergio O. Buenanueva

Obispo electo de San Francisco

lunes, 27 de mayo de 2013

Don Pino Puglisi: la fuerza del amor de Cristo

Este domingo 27 de mayo fue beatificado en Palermo el primer sacerdote asesinado por la mafia, por su condición de “prete” (cura): Don Giuseppe “Pino” Puglisi, presbítero de la arquidiócesis de Palermo.

Don Pino dedicó su vida a sustraer a niños y jóvenes de los ambientes más pobres de Palermo, cuyo cúmulo de carencias, resentimientos y limitaciones eran el caldo de cultivo de los cuadros que alimentaban la Cosa nostra.

Fue asesinado por ser sacerdote y por esa labor pastoral. Así lo declararon sus asesinos llevados a juicio. El asesinato tenía que aparecer con un acto de rapiña realizado por un drogadicto, disimulando así la verdadera intención del hecho.

A continuación les ofrezco mi traducción del testimonio que dio su asesino, Salvatore Grigioli, a la revista “Familia cristiana” en 1999.

Como en otros casos similares, el testimonio de fe y amor del mártir han logrado incluso la conversión de sus propios asesinos. Así el amor de Cristo cambia realmente el mundo.

Vimos al padre Puglisi en una cabina telefónica mientras estábamos en el coche. Fuimos a tomar el arma. Me tocaba a mí. Yo era el que tenía que disparar. Spatuzza (otro de los que formaban parte del comando asesino) le quitó el bolso mientras le decía: “padre, esto es un robo”. Don Puglisi respondió: “me lo esperaba”. Lo dijo con una sonrisa. Una sonrisa que me ha quedado impresa. Había una especie de luz en esa sonrisa. Una sonrisa que logró darme un impulso inmediato. No lo sé explicar: yo había ya asesinado a varias personas, sin embargo, jamás había experimentado nada parecido. Recuerdo siempre aquella sonrisa, y miren que me cuesta mucho recordar los rostros, la cara de mis parientes. Aquella tarde comencé a pensar, algo se había movido en mí (…)


Hasta aquí el testimonio que recogió Familia cristiana. Grigolio confeso haber asesinado a 46 personas.  El recuerdo de aquella sonrisa de una de sus víctimas -Don Pino- había puesto en marcha un proceso de conversión, que tuvo otro momento decisivo después del asesinato de un niño, hijo de un arrepentido de la mafia. Pero aquel día, hace ya veinte años, algo había comenzado a cambiar en el corazón de un asesino, convertido hoy en un hermano. Don Pino sigue sonriendo desde el cielo.

viernes, 15 de marzo de 2013

El secreto de un nombre


Vade, Francisce, et repara domum meam”

En el arco que culmina el techo de la Basílica “San Francisco” de nuestra ciudad están escritas estas palabras. Su traducción: “Francisco: ve y repara mi casa”.

El Francisco de marras es el hijo de Pietro Bernardone. Escuchó esas palabras de un Cristo crucificado en una pequeña iglesia semiderruida, a las afueras de Asís.

Estamos en el siglo XII, plena Edad Media. Siglo de esplendor de la Iglesia, pero también de crisis profundas y pasiones encontradas. Francisco Bernardone escuchaba así la llamada del Evangelio, la llamada de Cristo.

“Francisco: ve y repara mi casa”.

Francisco entendió estas palabras literalmente: se puso a reconstruir la pequeña Iglesia de San Damián.

Sin embargo, la literalidad debía dejar paso al sentido más hondo de la llamada: a la Iglesia hay que repararla con la propia vida transfigurada por el seguimiento de Cristo pobre, humilde y servidor. Una vida que grita el Evangelio.

El cardenal Jorge Mario Bergoglio ha sido elegido Papa. El gesto de los cardenales, contra toda previsión, ha sido audaz. Como aquel de octubre de 1978. También esta vez se ha buscado un Papa de lejos, “casi del fin del mundo”, como ha dicho el Papa Bergoglio, mientras nosotros no podíamos salir del estupor.

Bergoglio, venido casi del fin del mundo, ha elegido el nombre de Francisco. Un nombre que indica una misión, una llamada, una esperanza.

Nosotros oramos por él, se lo encomendamos a la Virgen y a San José. Claro está, también a San Francisco de Asís, a San Ignacio de Loyola y, dentro de poco, también al Cura Brochero.

Es cierto: no podemos ocultar nuestro orgullo como argentinos, latinoamericanos y católicos. Nuestra América latina, continente de esperanza, ofrece uno de sus hijos como pastor de la Iglesia universal y voz de la conciencia de la humanidad.

Sabemos, en definitiva, que esta agradable sorpresa de Dios comporta una llamada a una fe más viva en Jesucristo. Es por lo mismo, una invitación a la conversión, a volver al Evangelio con toda la vida.

El Concilio Vaticano II nos recordó que la Iglesia está siempre necesitada de purificación. Siempre en estado de reforma.

El gesto humilde del Papa Benedicto abrió un camino nuevo, que ahora el Papa Francisco quiere seguir recorriendo bajo el impulso del Espíritu. Como él mismo lo señaló desde el balcón de San Pedro: un camino que involucra a todos, al obispo y al pueblo. Un camino de Iglesia peregrina. Una esperanza para la humanidad, especialmente para los olvidados.

Así el Evangelio se muestra como una palabra viva, capaz de seguir hablando al corazón de los hombres.