lunes, 15 de octubre de 2012

La nueva evangelización


En Roma, el Sínodo de los obispos está tratando el tema de la “nueva evangelización”.

¿Qué es la “nueva evangelización”?

Les doy una definición mía. Seguramente pobre e incompleta. De todos modos, la pongo a disposición, al menos para que otros puedan pensarla mejor.

Aquí va: la nueva evangelización es anunciar a Cristo hoy.

Es nueva, por el adverbio de tiempo “hoy”.

“Hoy” tenemos nuevas preguntas que nos obligan a pensar de nuevo el anuncio del único e inmutable 
Evangelio. Nuevas preguntas, nuevos escenarios, nuevos desafíos.

El cristianismo, para ser fiel a sí mismo, siempre ha tenido que hacerse este planteo: cómo anunciar hoy el mensaje de Cristo.

Sin embargo, lo decisivo no está aquí.

Lo que hace nueva a la nueva evangelización no es el “adverbio” sino el “nombre”. Es Cristo.

Porque en ese Nombre se encierra toda la novedad del Evangelio. La novedad de Dios.

Por eso, la cuestión de los métodos y estrategias queda como algo absolutamente secundario. Lo primario es el acontecimiento Cristo, el encuentro con Cristo, la vida en Cristo.

Si esto falta, la nueva evangelización queda reducida a activismo, militancia, utopía.

Lo contrario es también verdadero: con Cristo casi que las estrategias están de más.

La novedad de la nueva evangelización es Cristo. Ahora añado: y los que son de Cristo. Por que Cristo no existe solo. Existe siempre indisolublemente vinculado a sus discípulos, a aquellos que son llamados: “cristianos”.

¿Quién es el cristiano? Doy dos definiciones. La más directa: un cristiano es un discípulo de Cristo. Alguien que ha sido alcanzado por Jesús y que no puede sino vivir por Él, con Él y en Él.

La segunda la tomo de Ratzinger: un cristiano es alguien que vive de la Palabra, del Sacramento, y en la caridad y la justicia … aunque jamás haya participado de nuestras reuniones pastorales.

Por estos cristianos pasa la nueva evangelización.

Por eso, estoy convencido que la nueva evangelización en Mendoza ya ha comenzado. Conozco muchos hermanos, comunidades e iniciativas en las que Cristo acontece realmente.

Que esto ocurra, las más de las veces, de una manera oculta a las miradas del mundo es casi un sello de autenticidad.

En el silencio el Verbo se hizo carne. En medio de la noche, el Niño nació en Belén. En la oscuridad del Viernes Santo tuvo lugar la redención. En el silencio luminoso del domingo, la resurrección.

¡Ojalá sepamos verlo! Si lo hacemos tendremos la clave de la nueva evangelización, de nuestro Plan de Pastoral; y, lo más importante, seremos discípulos misioneros de Jesús.

Por todo esto, gracias sean dadas al Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. 

viernes, 12 de octubre de 2012

El Año de la Fe

Comparto un párrafo de la homilía del Santo Padre al inaugurar, ayer, el Año de la Fe.
Son también expresión de un deseo ferviente: ¡Qué el Año de la Fe dé frutos abundantes de vida y de conversión en cada uno de nosotros!

Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos. También la iniciativa de crear un Consejo Pontificio destinado a la promoción de la nueva evangelización, al que agradezco su especial dedicación con vistas al Año de la fe, se inserta en esta perspectiva. 

En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por  algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino. 

La primera lectura nos ha hablado de la sabiduría del viajero (cf. Sir 34,9-13): el viaje es metáfora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago, o en otros caminos, que no por casualidad se han multiplicado en estos años. ¿Por qué tantas personas sienten hoy la necesidad de hacer estos caminos? ¿No es quizás porque en ellos encuentran, o al menos intuyen, el sentido de nuestro estar en el mundo? Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años.

jueves, 11 de octubre de 2012

La Iglesia es de Cristo, no nuestra

¿Se podría sintetizar así uno de los mensajes más fuertes del Concilio?

Estoy convencido que es así.

Algunos ya conocen la anécdota. El 11 de octubre de 1962, L'Osservatore romano salió a la venta con un número especial: ese día, el Papa Juan inauguraba el Concilio Ecuménico. En la portada, dominaba una foto del Papa felizmente reinante. En la parte inferior, el epígrafe decía: "Ecclesia, lumen gentium" (La Iglesia: luz de las naciones).

La expresión "Lumen gentium" se mantuvo. Sin embargo, hubo un cambio fundamental: no ya la Iglesia, sino Cristo. Porque Él es la luz de las naciones. Solo Cristo.

Aquí está el núcleo de la reforma que el Concilio puso en marcha, y que nos tiene a nosotros como responsables y protagonistas.

En el inmediato posconcilio, sin embargo, la atención volvió a ponerse en la Iglesia. Se encendieron poderosísimas fuerzas centrífugas de disgregación. Una Iglesia centrada en sí misma se muere.

Hoy, gracias a la admirable labor de tantos silenciosos obreros, entre los que se destacan Pablo VI, el beato Juan Pablo II y, sin dudas, el Papa Benedicto XVI, la genuina intención del Concilio comienza a resplandecer con fuerza.

No se trata de hacer una Iglesia a nuestra medida, según nuestros cálculos y estrategias. Una Iglesia más o menos moderna, que le caiga bien al mundo moderno.

Nosotros no podemos hacer una Iglesia así. Obviamente, cada tanto aparecen estos proyectos utópicos. Siempre terminan mal.

De lo que se trata es que la Iglesia sea realmente de Cristo. Que dejemos a Cristo que Él edifique su Iglesia como Él ha querido: con su Palabra, con sus Sacramentos y con su divina Caridad.

En esa dirección obra el Espíritu Santo.

Lo demás es añadidura.

Volvamos a los textos conciliares, sobre todo a las tres grandes constituciones dogmáticas: Lumen Gentium, Dei Verbum y Sacrosanctum Concilium. De ellas surge la figura genuina de la Iglesia de la Trinidad, la Iglesia de Cristo, la Iglesia de la Palabra y la Eucaristía.

Esta es la Iglesia que pude entrar en diálogo con el mundo, como lo comenzó a diseñar Gaudium et spes.

La Iglesia es de Cristo, no nuestra.


miércoles, 10 de octubre de 2012

El Concilio Vaticano II en la memoria de Benedicto XVI

L'Osservatore romano publica hoy un artículo firmado por el Santo Padre, en el que resume aspectos fundamentales del Concilio Vaticano II.

Un texto verdaderamente aprovechable. Lo transcribo a continuación:


«Fue un día espléndido»,
recuerda Benedicto XVI

Fue un día espléndido aquel  11 de octubre de 1962, en el que, con el ingreso solemne de más de dos mil padres conciliares en la basílica de San Pedro en Roma, se inauguró el concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, para conmemorar que 1500 años antes, en 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente a María ese título, con el fin de expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para ese día el inicio del concilio con la intención de encomendar la gran asamblea eclesial que había convocado a la bondad maternal de María, y de anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue emocionante ver entrar a los obispos procedentes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: era una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza todo el mundo, en la que los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.

Fue un momento de extraordinaria expectación. Grandes cosas debían suceder. Los concilios anteriores habían sido convocados casi siempre para una cuestión concreta a la que debían responder. Esta vez no había un problema particular que resolver. Pero precisamente por esto aleteaba en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida del presente por parte del cristianismo, y de la tarea que ello comportaba, se compendiaba bien en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debe estar en el presente para poder forjar el futuro. Para que pudiera volver a ser una fuerza que moldeara el futuro, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas o programas concretos. Esta fue la grandeza y al mismo tiempo la dificultad del cometido que se presentaba a la asamblea eclesial.

Los distintos episcopados se presentaron  sin duda al gran evento con ideas diversas. Algunos llegaron más bien con una actitud de espera ante el programa que se debía desarrollar. Fue el episcopado del centro de Europa — Bélgica, Francia y Alemania — el que llegó con las ideas más claras. En general, el énfasis se ponía en aspectos completamente diferentes, pero había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía profundizarse desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitario y sacramental; a este se añadía la exigencia de completar la doctrina del primado del concilio Vaticano I a través de una revalorización del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados del centro de Europa era la renovación litúrgica, que Pío XII ya había comenzado a poner en marcha. Otro aspecto central, especialmente para el episcopado alemán, era el ecumenismo:  haber sufrido juntos la persecución del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora, esto se debía comprender y llevar adelante también en el ámbito de toda la Iglesia. A eso se añadía el ciclo temático Revelación – Escritura – Tradición – Magisterio. 

Los franceses destacaban cada vez más el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, es decir, el trabajo en el llamado Esquema XIII, del que luego nació la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del Concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había plasmado el mundo, en un sentido lato, a partir del siglo XIX había entrado de manera cada vez más visible en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada. ¿Debían permanecer así las cosas? ¿Podía dar la Iglesia un paso positivo en la nueva era? Detrás de la vaga expresión “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para clarificarla era necesario definir con mayor precisión lo que era esencial y constitutivo de la era moderna. El “Esquema XIII” no lo consiguió. Aunque esta Constitución pastoral afirma muchas cosas importantes para comprender el “mundo” y da contribuciones notables a la cuestión de la ética cristiana, en este punto no logró ofrecer una aclaración sustancial.

Contrariamente a lo que cabría esperar, el encuentro con los grandes temas de la época moderna no se produjo en la gran Constitución pastoral, sino en dos documentos menores cuya importancia sólo se puso de relieve poco a poco con la recepción del concilio. El primero es la Declaración sobre la libertad religiosa, solicitada y preparada con gran esmero especialmente por el episcopado americano. 

La doctrina sobre la tolerancia, tal como había sido elaborada en sus detalles por Pío XII, no resultaba suficiente ante la evolución del pensamiento filosófico y la autocomprensión del Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, y de la libertad de cambiarla, como derechos a las libertades fundamentales del hombre. Dadas sus razones más íntimas, esa concepción no podía ser ajena a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no pudiera decidir sobre la verdad y no pudiera exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad a la convicción religiosa y a practicarla en el culto, sin que se violara con ello el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo veneraban. Desde este punto de vista, se puede afirmar que el cristianismo trajo al mundo con su nacimiento el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno en cualquier caso era difícil, pues podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la imposibilidad de que el hombre accediera a la verdad, y desplazaba así la religión de su propio fundamento hacia el ámbito de lo subjetivo. Fue ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II llegara de un país en el que la libertad de religión era rechazada a causa del marxismo, es decir, de una forma particular de filosofía estatal moderna. El Papa procedía también de una situación parecida a la de la Iglesia antigua, de modo que resultó nuevamente visible el íntimo ordenamiento de la fe al tema de la libertad, sobre todo a la libertad de religión y de culto.

El segundo documento que luego resultaría importante para el encuentro de la Iglesia con la modernidad nació casi por casualidad, y creció en varios estratos. Me refiero a la Declaración  “Nostra aetate” sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Inicialmente se tenía la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que resultaba intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los padres conciliares de los países árabes no se opusieron a ese texto, pero explicaron que, si se quería hablar del judaísmo, también se debía hablar del islam. Hasta qué punto tenían razón al respecto, lo hemos ido comprendiendo en Occidente sólo poco a poco. Por último, creció la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones — el hinduismo y el budismo —, así como del tema de la religión en general. A eso se añadió luego espontáneamente una breve instrucción sobre el diálogo y la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socioculturales debían ser reconocidos, conservados y desarrollados (n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, se inauguró un tema cuya importancia todavía no era previsible en aquel momento. La tarea que ello implica, el esfuerzo que es necesario hacer aún para distinguir, clarificar y comprender, resulta cada vez más patente. En el proceso de recepción activa poco a poco se  fue viendo también  una debilidad de este texto de por sí extraordinario: habla de las religiones sólo de un modo positivo, ignorando las formas enfermizas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un gran alcance; por eso la fe cristiana ha sido muy crítica desde el principio respecto a la religión, tanto hacia el interior como hacia el exterior.

Mientras que al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados del centro de Europa con sus teólogos, en el curso de las fases conciliares se amplió cada vez más el radio del trabajo y de la responsabilidad común. Los obispos se consideraban aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero lo hacían como servidores de la Palabra de Dios, que vivían y actuaban en la fe. Los padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran padres del Concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del Sacramento y en la Iglesia del Sacramento. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino comprenderlas de modo más profundo y, por consiguiente, realmente “renovarlas”. Por eso una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los padres conciliares.

En el cardenal Frings tuve un “padre” que vivió de modo ejemplar este espíritu del Concilio. Era un hombre de gran apertura y amplitud de miras, pero sabía también que sólo la fe permite salir al aire libre, al espacio que queda vedado al espíritu positivista. Esta es la visión a la que quería servir con el mandato recibido a través del Sacramento de la ordenación episcopal. No puedo menos que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí  — el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn — como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome frecuentar esa escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este volumen se han recogido varios escritos con los cuales, en esa escuela, he pedido la palabra. Peticiones de palabra totalmente fragmentarias, en las que se refleja también el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan aún para mí. Espero que estas diversas contribuciones, con todos sus límites, puedan ayudar en su conjunto a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una justa vida eclesial. Agradezco de corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Papst Benedikt XVIel extraordinario empeño que han puesto para la realización de este volumen.

Castelgandolfo, en la fiesta del santo obispo Eusebio de Vercelli,

2 de agosto de 2012

Benedicto XVI 

domingo, 7 de octubre de 2012

María y la Iglesia

María, la Virgen del Rosario, y la Iglesia diocesana.

Este domingo 7 de octubre, volvemos a experimentar la profunda vinculación entre ambas realidades.

María: la mujer del Evangelio vivido, rezado y comunicado con alegría.

La Iglesia diocesana de Mendoza: llamada por el Espíritu a comunicar la alegría de la fe.

María y al Iglesia.

En este día, volveremos a tener una imagen viva de la alianza entre ambas: la mujer-madre y la mujer-iglesia.

En nuestra oración de súplica, hoy, de manera especialmente intensa, llevamos al altar:

- A nuestro Pastor José María, cuyo servicio episcopal (¡casi 20 años!) agradecemos. Oramos por él, por su santidad y para que el Señor esté siempre con su siervo.

- A nuestros hermanos y hermanas bautizados que forman esa inmensa red de personas y comunidades que le dan rostro humano a la Iglesia diocesana de Mendoza.

- A nuestros queridos sacerdotes: abnegados, entregados, luchadores. Que Dios nos siga dando pastores según su corazón.

- A nuestros ancianos, enfermos, a los que están privados de libertad, a los más tristes y necesitados. A los pobres, con los variados rostros que tiene hoy la pobreza.

- A nuestro Seminario, puesto bajo la advocación de María del Rosario. También a nuestra Escuela de Ministerios, bajo el patrocinio de San José.

- A nuestros tan estimados consagrados, hombres y mujeres, de vida activa y contemplativa; los religiosos y religiosas, las vírgenes consagradas y miembros de institutos seculares.

- A los niños y jóvenes que hormiguean por nuestros colegios y comunidades. ¡Qué pasión por la vida despierta el solo verlos! ¡Qué ferviente súplica a Dios para que sepamos transmitirles aquellos valores que de verdad enseñan a vivir!

- A nuestros diáconos permanentes que, gracias a Dios, hoy constituyen un cuerpo numeroso y apostólico. ¡Imágenes vivas de Cristo Siervo!

- A tantos evangelizadores: catequistas, ministros de la comunión, personas dedicadas a las distintas pastorales, hombres y mujeres del Evangelio como servicio.

- A los que conforman los movimientos, asociaciones, organismos y otros servicios pastorales de la Arquidiócesis.

Todos ellos estarán en el altar, junto a María, en cada plegaria y en cada canto elevado al cielo. Con ellos también nuestra querida Mendoza, su presente y su futuro.

lunes, 1 de octubre de 2012

María, camino de encuentro con Cristo


Querido hermano y hermana en Cristo:

La paz del Señor esté siempre con vos.

Espero sinceramente que mis anteriores cartas te estén ayudando a preparar tu participación en la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

Te he invitado a mirar a María como discípula que escucha la Palabra y como mujer de la reconciliación. Ahora, un paso más. Vamos a contemplar a María como “camino de encuentro con Cristo”.

El encuentro con el Señor es el acontecimiento que nos define como cristianos. Somos sus discípulos, porque Él nos salió al encuentro en el camino de la vida, nos mostró su Rostro y, así, nos conquistó el corazón. La fe es este encuentro con Jesús. Es el Amén gozoso que le damos al Señor que nos ha llamado por el nombre. Conocerlo y darlo conocer es nuestro gozo más grande.

Para destacar la belleza y centralidad de la fe como encuentro con Cristo, el Santo Padre Benedicto XVI nos ha convocado a celebrar un “Año de la Fe”. Comenzará el próximo 11 de octubre. La Diócesis está preparando un programa para que lo aprovechemos a fondo.

Nadie ha vivido la fe como María. Por eso, ella es nuestra mejor maestra espiritual en el camino del “Año de la Fe”. Puede ayudarnos a fortalecer y profundizar nuestra vida de fe, tanto a nivel individual como comunitario.

El beato Juan Pablo II, reflexionando sobre la experiencia de fe de los pueblos latinoamericanos, ha señalado que “María es un camino seguro para encontrar a Cristo”. Y añade: “La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida según el espíritu y los valores del Evangelio” (Ecclesia in America 11).

Los tiempos que vivimos son complejos y difíciles. Mirados desde la fe, podemos decir con esperanza: esta es la hora de María, la seguidora más radical y perfecta de Cristo. Esta es la hora de María que, con ternura y firmeza, nos conduce al encuentro con Cristo.

María nos enseña que el encuentro con Jesús por la fe se realiza en la Iglesia: Él es la cabeza y nosotros somos los miembros de su Cuerpo.

En la Iglesia escuchamos su Palabra, celebramos la divina Liturgia, nos enriquecemos con el testimonio de los santos, aprendemos a reconocerlo en los pobres, los excluidos y vulnerables. En la Iglesia misionera tenemos también la experiencia de encontrarlo cuando lo anunciamos con gozo a nuestros hermanos.

Este encuentro con Cristo en la Iglesia, tiene lugar, de manera privilegiada en la Eucaristía. Cada vez que celebramos la Misa, Cristo nos reúne en su Cuerpo; nos hace su Iglesia, su familia, su pueblo.

¿No es esto lo que vivimos, cada año, en la Fiesta de la Virgen del Rosario, cuando su bendita imagen recorre el Teatro griego y nos conduce a la gran Eucaristía presidida por el Obispo?

Quisiera proponerte, a partir de todo lo que venimos diciendo, tres puntos para reflexionar y una sugerencia para tu preparación inmediata a la Fiesta de la Virgen del Rosario.

1. La Eucaristía dominical: Ya habrás escuchado de aquellos primeros cristianos que fueron sorprendidos por la autoridad pública, celebrando la Eucaristía en el día del Señor. Estaba prohibido, y se lo recordaron. Ellos respondieron con sencillez: “Nosotros no podemos vivir sin el domingo”. Sufrieron el martirio por celebrar la Eucaristía dominical.

Te invito a meditar esta frase, y a hacer tuyo su mensaje, su enseñanza: “Nosotros -vos y yo- no podemos vivir sin el domingo”.

La Eucaristía dominical es momento privilegiado de encuentro con Cristo resucitado. En ella descubrimos que Cristo está vivo, nos reúne en su familia que es la Iglesia, y nos envía a los hermanos, especialmente a los más alejados, pobres y sufrientes. Realmente, los cristianos no podemos vivir sin la Eucaristía dominical.

2. La adoración al Santísimo Sacramento: La participación en la Eucaristía se prolonga en la adoración del Santísimo reservado en el Sagrario o solemnemente expuesto para la adoración pública.

Gracias a Dios, nuestras comunidades cristianas están recuperando esta tradicional práctica católica, y con mucho fruto. Te invito a experimentar en tu propia persona la belleza de permanecer en silenciosa actitud de alabanza y adoración ante el Señor en la Eucaristía. Con la Biblia en la mano, repasando con María las palabras del Señor y contemplando con sus ojos y su corazón al Cristo eucarístico.

3. Vivir eucarísticamente: La participación en la Eucaristía y la adoración nos impulsan a vivir una espiritualidad eucarística. A vivir según la Eucaristía que celebramos y adoramos.

¿Qué significa esto? Prolongar en nuestra vida cotidiana lo que hemos celebrado el Domingo: el sacrificio pascual de Cristo que se entregó a sí mismo por nosotros. El fruto de la Eucaristía es una vida transfigurada por el amor de Cristo.

María y los santos son los modelos a imitar: celebraron la Eucaristía y vivieron en coherencia con ella. Hicieron de sus vidas una ofrenda a Dios por su cercanía con los más pobres, por su servicio generoso, por su testimonio de la verdad, incluso hasta el martirio. Este es también un hermoso proyecto de vida para cada uno de nosotros: Vivir de acuerdo a la Eucaristía que celebramos.

Sugerencia: En la Eucaristía de la Fiesta patronal diocesana, y a días de iniciar el “Año de la Fe”, vamos a renovar nuestras promesas bautismales. ¿Te animás a prepararte para este momento? Te propongo algo muy sencillo: una oración inspirada en el Documento de Aparecida:


Jesús,
Maestro, Amigo y Salvador:
Quiero expresarte
la alegría de ser tu discípulo
y de haber sido enviado
con el tesoro de tu Evangelio.
Es la alegría de María, tu madre.
Ser cristiano no es una carga,
sino un regalo, un don, una bendición.
¡Cómo deseo que la alegría
de haberme encontrado con Vos,
llegue a todos los hombres y mujeres
heridos por la adversidad!

Conocerte, Jesús, es el mejor regalo
que puede recibir cualquier persona.
Haberte encontrado
es lo mejor que me ha ocurrido en la vida,
y darte a conocer,
con las palabras y con la vida,
es mi mayor alegría.
Creo en Vos, Señor Jesús,
con la fe de la Iglesia.
Con mis hermanos y hermanas
me dispongo a decirte:
Sí, creemos.
Aumenta, Señor, nuestra fe.
Amén.

Con mi bendición,
+ Sergio O. Buenanueva
Obispo auxiliar de Mendoza 

sábado, 29 de septiembre de 2012

María, la Virgen de la Reconciliación


Querido hermano y hermana en Cristo:

La paz del Señor esté siempre con vos.

Un paso más en nuestras reflexiones sobre la figura de María. En la carta anterior habíamos contemplado a Nuestra Señora como discípula que escucha, cree y se entrega confiadamente a la Palabra.

Hoy quiero meditar sobre otro aspecto de su vida. Naciendo de María, el Hijo de Dios entra en la historia humana: se hace uno de nosotros. Es el Emanuel: Dios con nosotros. Así, Dios reconcilia al hombre consigo. Por eso, podemos llamar a María: la Virgen de la Reconciliación.

¿Qué significa la palabra “reconciliación”? El sentido original de la palabra quiere decir: reintegrarse a la vida comunitaria, después de alguna ruptura o separación. De ahí viene también: que vuelvan a la amistad los que estaban peleados o distanciados.

Para los cristianos, esta palabra tiene un sentido religioso más profundo. Lo explica San Pablo con unas palabras muy hermosas:

Cristo murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos… El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación. Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios. (2 Co 5,15.17-20)

En estas palabras de San Pablo se inspira la oración que reza el sacerdote cuando nos absuelve de nuestros pecados: “Dios Padre misericordioso, que reconcilió al mundo consigo…”.

En Cristo, los hombres encontramos el perdón de Dios para nuestros pecados. Dios nos reconcilia consigo, nos recibe nuevamente en la comunión con Él, nos reintegra a su familia. Esta obra de reconciliación ha comenzado en el vientre de una mujer: María.

En el vientre virginal de María ha tenido lugar la Encarnación: el Hijo de Dios ha asumido como propia nuestra condición humana. Siendo rico se hizo pobre; en su Persona ha unido al hombre con Dios.  

Este misterio de salvación se ha iniciado en María y ha alcanzado su plenitud en la Pascua: muriendo por nosotros, el Hijo de María ha quitado el pecado del mundo, resucitando nos ha dado la vida. En el fuego de su amor han sido quemados todos los pecados. 

La palabra “reconciliación” recoge y expresa esta inmensa obra de amor y de misericordia.

En María, por tanto, ha comenzado a gestarse el perdón y la reconciliación. Ella conoce como nadie este misterio de redención. Lo ha vivido como mujer, con la riqueza propia del genio femenino. A la mujer se le ha confiado la vida; tiene con ella, especialmente con la vida más débil y vulnerable, una particular relación hecha de amor, ternura y cuidado. Esa sintonía interior con la vida les da a las mujeres una fortaleza particular. La discordia está hecha de fuerza bruta. La reconciliación y el perdón de la fortaleza del corazón.

María, al pie de la cruz de su Hijo, es la imagen más lograda de este misterio de reconciliación. Al contemplarla así, la Iglesia la invoca como refugio de los pecadores, auxilio de los cristianos y madre de la reconciliación.

Por otra parte, la reconciliación con Dios es también una poderosa fuerza para renovar la convivencia humana, sobre todo cuando se experimentan desencuentros, fracturas y odios profundos. San Pablo dice que Cristo, con su cruz, ha derribado el muro de odio que separaba a judíos y paganos.

Los discípulos de Jesús estamos llamados a trabajar por acercar los corazones, superar los odios, sanar las heridas. La convivencia social necesita del humilde reconocimiento de los propios pecados, de la reparación que exige la justicia y de la fuerza regeneradora del perdón.  

Te propongo dos breves reflexiones:

1. Dejate reconciliar con Dios: María te muestra y ofrece constantemente a Cristo. Ella te invita a recibirlo con una fe muy viva. Si sentís el peso de tus pecados en tu conciencia, no te dejés ganar por la desesperanza. Volvé tu mirada a María que te está diciendo: ¡Dejate reconciliar con Dios! ¡Recibí a mi Hijo como tu Salvador y Redentor!

María te enseña a confiar en la misericordia de Dios, y a acercarte al Sacramento de la Reconciliación, para arrojar en el fuego del amor de Cristo todos tus pecados. El sacerdote es un instrumento de Cristo para que llegue a tu vida la palabra del perdón y de la reconciliación.

2. Servidores de la reconciliación: Es cierto, solo el sacerdote puede absolver los pecados. Pero todos hemos recibido el Espíritu Santo para vivir y comunicar la paz del Señor. La vocación de la Iglesia es ser, en medio del mundo, signo e instrumento de comunión, de paz y de reconciliación.

Te invito a que te preguntés: ¿cuál es mi aporte a la pacificación de los corazones, en estos tiempos de tanta violencia verbal y física? ¿Cómo puedo llevar la reconciliación al mundo que me rodea? ¿A quién tengo que perdonar? ¿A quién tengo que pedir perdón?

Vos también sos servidor de la reconciliación. Si la paz de Cristo gana tu corazón, podrás con seguridad ser testigo de reconciliación, allí donde Dios te ha puesto.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo auxiliar de Mendoza