lunes, 24 de diciembre de 2012

En Navidad redescubramos la amistad de Dios


Jesús nació en un pesebre porque no había lugar para él en el albergue. Se le cerraron todas las puertas. Así lo cuenta el Evangelio.

Sin embargo, aquí está precisamente la buena noticia: la vida sabe abrirse paso, no obstante todos los obstáculos.

La escena de Navidad -con asno y buey incluidos- es maravillosamente humana. De ahí que las distintas culturas que han conocido el Evangelio la hayan hecho suya. Tenemos pesebres con rostro europeo, asiático, latinoamericano, africano, etc.

Ni que hablar de la Navidad como fuente de inspiración artística. Pienso en la Misa criolla del maestro Ariel Ramírez. O en la más moderna “Carpintería José” de Salzano, cantada por la prodigiosa voz de Jairo.

Este hecho es un indicador de que el Evangelio toca el núcleo del ser humano: su conciencia, su razón, su mundo afectivo. Navidad es una palabra universal comprensible.

¿Cómo expresar con palabras lo que el arte, los gestos y los ritos dicen a su manera?

Yo lo diría así: en ese niño que nace de María, Dios se muestra amigo y compañero de camino de los hombres. Dios se muestra humano.

Los cristianos lo decimos con una palabra inmensa, tomada del Evangelio según San Juan: encarnación. La palabra “carne” es usada en la Biblia para indicar al ser humano en su fragilidad y vulnerabilidad. El Hijo de Dios se encarnó, se hizo carne: tomó nuestra condición humana, tal como es; se hizo uno de nosotros.
Navidad es, por eso, un gesto de amistad. Y de una amistad sincera, sin segundas intenciones.

Así Jesús muestra el rostro genuino de Dios. Y no solo lo muestra, sino que lo mete en el corazón de la historia humana. Esto es lo más valioso que Jesús ha traído a la humanidad: ha traído a Dios, y a un Dios que nos humaniza por su cercanía.

Lo que Navidad muestra con los rasgos entrañables de una madre que da a luz a su hijo, la Pascua lo dirá con el dramatismo de la pasión, de la cruz y de la tumba vacía.

El mensaje es el mismo: el amor de Dios por cada ser humano es inquebrantable, siempre fiel, para siempre. No se echa atrás ante el rechazo, el insulto, la burla o esa increíble variedad de recursos que tenemos los seres humanos para despreciarnos y humillarnos. Es mano siempre tendida, perdón y reconciliación.

Se puede fundar la vida sobre el sólido cimiento de la amistad de Dios. Eso es precisamente la fe. La palabra “amén” indica ese echar raíces en la roca sólida que es Dios, aliado fiel y fiable del ser humano.

Celebrar el Nacimiento de Cristo es una buena oportunidad para redescubrir los caminos que nos conducen a la amistad con Dios, pero también a la amistad entre las personas, incluso a la amistad como principio que anime la convivencia ciudadana.

Este es un aspecto sobre el que quisiera detenerme. Las sociedades necesitan normas, leyes y estructuras que regulen su vida social, económica y política. Incluso la cultura requiere de protección legal para su desarrollo. La lucha por alcanzar el mayor orden justo posible es una meta siempre desafiante y nunca lograda del todo.

Sin embargo, la más sofisticada legislación u organización política resultan sencillamente impotentes si no tienen, como sustrato y contraparte, una comunidad humana rica en valores espirituales, éticos y culturales. Que es lo mismo que decir: si no hay hombres y mujeres libres que viven a pleno su condición humana. No hay sociedad justa sin ciudadanos virtuosos, según un planteo clásico que vuelve a escucharse en teoría política.

Aquí radica uno de los desafíos de más largo alcance que tenemos como sociedad. Nos involucra a cada uno como personas.

La tradición cristiana afirma que el Hijo de Dios no sólo se hizo hombre, sino que además buscó el último lugar. Asumió la condición de un humilde servidor. Así rescató al hombre caído: poniéndose en su lugar y recreando, desde allí, la naturaleza humana.

La amistad es precisamente esto: búsqueda compartida del bien real para los amigos. Supone ponerse en el lugar del otro. Es el esfuerzo de mirar la vida desde el lugar del otro. “Un amigo es uno mismo en otro cuero”, anotaba con pícara sabiduría Atahualpa Yupanqui.

Si esta tensión de ponerse en el lugar del otro desaparece o se minimiza en el entramado de la vida cotidiana, esta se transforma en una despiadada lucha por la supervivencia, en la imposición del más fuerte, llegando incluso a pervertir la justicia misma. Prevalece el dogma fundamental de la cultura dominante: no hay nada mayor que el sujeto individual y sus deseos; el otro es un enemigo o un insignificante.

El relato evangélico del nacimiento de Jesús no indica otra dirección. Nos ubica contracorriente. Ilumina con su poderosa luz divina un dato fundamental de la existencia humana: la persona solo encuentra su plenitud en el don de sí, compartiendo y entregándose.

Jesús se despertó a la vida como cada uno de nosotros: por la sonrisa de su joven madre, mientras lo amamantaba. Podemos imaginar también a José, como lo hace la poesía de Salzano, llorando de alegría. En ese momento, todo el sufrimiento vivido desapareció. La vida había triunfado, porque había prevalecido la fuerza del amor, el de Dios y de los hombres.

Jesús aprendió así a vivir en un mundo rico de relaciones humanas. Como escribía un autor espiritual moderno: aprendió primero a ser hermano, el que un día, como redentor, debía dar la vida por todos.

Es un buen punto de vista para reflexionar en Navidad, y, sobre todo, para imitar.

¡Muy feliz Navidad para todos!

sábado, 8 de diciembre de 2012

La infancia de Jesús


Durante la pasada reunión de la Comisión Permanente del Episcopado argentino, el Nuncio del Papa, Mons. Emile Paul Tscherrig, nos regaló a los obispos de la Comisión el libro del Santo Padre sobre la infancia de Jesús.

Es un texto breve y sencillamente delicioso. Se lee con placer y -creo yo- con provecho espiritual.

En esos días, una periodista de Los Andes me mandó una serie de preguntas sobre el libro. Algunas de mis respuestas han aparecido en un artículo que publica el diario este 8 de diciembre.

Por su interés, transcribo a continuación tanto las preguntas como el contenido completo de mis respuestas.

Está de más decir que aconsejo vivamente la lectura del libro del Santo Padre.

1) ¿Qué nos quiere reflejar Joseph Ratzinger en esta última obra?

Este libro es parte de un proyecto más amplio: escribir sobre la figura y el mensaje de Jesús. La fuente principal: los escritos del Nuevo Testamento, especialmente los evangelios.
Una correcta interpretación de estos textos supone dos preguntas: ¿qué mensaje quisieron transmitir sus autores? ¿Qué me dicen a mí, aquí y ahora?

La fe cristiana es encuentro con Jesús como un ser vivo, no como un mero personaje del pasado. La lectura de la Biblia supone tomar en serio estos dos aspectos: La Biblia es palabra de Dios en palabra humana.

Este tercer volumen -el más breve- enfoca los relatos de la infancia de Jesús, transmitidos por diferentes tradiciones y recogidos por dos evangelistas: Lucas y Mateo.

Estos relatos responden a la pregunta fundamental del evangelio (¿Quién es Jesús?) prestando atención a su origen: nacimiento, a su pueblo e historia, a su concepción virginal.

2) ¿Qué opinión le merecen a la Iglesia local las diferencias referidas al Pesebre de Navidad, como la existencia de animales o la procedencia de los Reyes Magos? a qué apunta el autor del libro?

La intención del Papa no ha sido polemizar con la práctica tradicional del pesebre. Todo lo contrario: mostrar su verdad y hondura de fe. En ambos casos, ha mostrado cómo la Iglesia ha leído estos relatos a la luz de la misma tradición bíblica.

Es cierto: el relato de san Lucas no habla ni del buey ni del asno. Dice sencillamente que Jesús fue recostado sobre un pesebre. Al buen conocedor de la Biblia, ese dato le evoca algunos textos del antiguo testamento, por ejemplo Is 1,3: “El buey conoce a su amo, el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende”.

En el caso de los magos, también el relato de san Mateo ha sido leído a la luz de otros textos bíblicos, identificando en estos sabios a los pueblos de la tierra que reconocen al Salvador. El Salmo 72 habla de reyes lejanos, de oriente a occidente, que le traen regalos al Mesías.
Así se lee la Biblia. Los textos se iluminan mutuamente. El armado del pesebre es un acto sencillo de representación del entero mensaje bíblico, por eso -como el mismo Papa lo afirma- no se puede hacer sin incluir al buey, al asno, a los reyes, y demás personajes.

3) ¿Considera que se debe trazar una diferenciación entre lo que es una "tradición" del real significado del nacimiento de Jesús?. Si es así, ¿porqué?

El real significado del nacimiento de Cristo solo se interpreta en el marco de la tradición de la Iglesia. El texto bíblico ya es tradición. Antes de ser puestos por escrito, estos relatos circularon como tradición oral. Una vez que fueron puestos por escritos han dado lugar a un conjunto muy sólido y armónico de tradiciones espirituales, devocionales e incluso artísticas.

Es cierto: siempre hay que volver al texto bíblico. Allí está el Evangelio en toda su pureza. Pero el mensaje evangélico no se puede interpretar sin prestar atención a los efectos que su anuncio ha producido a lo largo de la historia. La “Misa criolla” del maestro Ariel Ramírez, por poner un ejemplo, forma parte de ese rico proceso de transmisión del evangelio. Sus melodías son ya inseparables del mensaje evangélico. La fe se hace cultura, decía Juan Pablo II.

4) En este sentido, ¿cuál es la esencia de la Navidad?

La esencia de la Navidad está en esas palabras entrañables del evangelio del San Lucas. “Mientras estaban en Belén, a María le llegó el tiempo de ser madre y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en el albergue” (Lc 2,6s).

Ese Niño es Dios con nosotros. No es mito, es historia real. La fe nos permite descubrir en ese niño al Dios amigo de hombre que se ha hecho uno de nosotros.  

5) ¿Cuál es el mensaje para los creyentes mendocinos que este 8 de Diciembre se reunirán para armar el tradicional Pesebre?

Yo diría lo que apunté más arriba: al poner las figuras de María, José, el Niño y los demás en el pesebre, pensemos que estamos formando parte del evangelio de Cristo. En algunas tradiciones populares, junto a los personajes evangélicos se colocan hombres y mujeres ataviados con las ropas típicas de cada pueblo. Tenemos también representaciones argentinas de pesebres gauchos.

La fe despierta la creatividad y la imaginación. La fe siempre toca las fibras más íntimas del hombre. La fe humaniza. Armar el pesebre tiene que ser una fiesta. Eso precisamente quiere decir la palabra evangelio: una noticia buena que llena el corazón de alegría.

Inmaculada Concepción

Les cuento que anoche nos reunimos un nutrido grupo de personas para comenzar a celebrar la Solemnidad de la Inmaculada, en el templo de la "Purísima" de Guaymallén.

Lo hicimos con la celebración del Himno "Akathistos", que fue cantado completo con la inestimable ayuda de un coro de jóvenes reunido para la ocasión.

Como saben, el Himnos "Akathistos" es una antigua composición bizantina, de autor anónimo, muy apreciada por nuestros hermanos de Oriente y que, gracias a Dios, desde hace un tiempo ha comenzado a difundirse en la Iglesia latina, en distintas versiones y traducciones.

Nosotros usamos una traducción que nos ha llegado a través de los Monjes del Cristo orante y con una melodía que, según sé, ha sido compuesta en Francia por los miembros del Foyer de Charité.

Como suele ocurrir con estas cosas, hay que vivirlas para apreciarlas en su realidad. La belleza de la poesía, de la melodía y de la oración se unen para celebrar el misterio de Cristo, tal como lo refleja la Virgen madre.

Fue una hermosa celebración.

En María Inmaculada se percibe y experimenta el verdadero poder de la gracia, su alcance y significado: el Verbo encarnado nos diviniza haciéndonos más humanos; o, también: nos humaniza porque es precisamente Dios con nosotros.

Cada tanto me pregunto: ¿hacia dónde conducen los caminos que transitamos los seres humanos? ¿Hacia dónde va mi vida?

En muchos sentidos no tengo ciencia para responder. No lo sé.

Obviamente, la incertidumbre, pero también la curiosidad, son compañeras inseparables de camino del ser humano. Para muchos hermanos, la incertidumbre va también unida a la desesperación por el futuro. O, al menos, la sensación de vacío o de sin sentido.

La fe cristiana es luz para los ojos. Nos permite ver la realidad. A condición, claro está, que demos el salto que siempre supone confiarse a la palabra que percibimos viene de Dios.

Cumplido este paso, la fe abre los ojos para ver, como a aquellos ciegos del camino que fueron liberados de su ceguera por Jesús.

Con los ojos de la fe se contempla el rostro de la Inmaculada. Allí se comprende cuál es la meta de todos los caminos de la humanidad.

Esta tarde comparto con la comunidad católica de Palmira la celebración de su patrona, a veinticinco años de la coronación de su Imagen. Desde allí estaré unido a todos mis hermanos que, con alegría y mucha esperanza, ser reúnen para celebrar la belleza de María.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Carlos María Franzini: testigo y servidor


En el día de hoy se ha hecho público el nombramiento de Carlos María Franzini como nuevo Arzobispo de Mendoza.

Es la memoria litúrgica de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia. El papa de Calcedonia. El que, con su oración y su palabra, paró a Atila a las puertas de Roma.

Es un buen augurio para nuestra Iglesia diocesana.

Nosotros, los católicos, leemos este hecho con los ojos de la fe. Otras lecturas son posibles y también legítimas. 

En una sociedad plural como la nuestra, incluso son posibles las lecturas apresuradas y reductivas. 

¿Qué lectura hacemos nosotros, los discípulos de Jesús, los hijos de la Iglesia? ¿Qué podemos apuntar en este sentido? ¿Qué nos permite ver la fe?

Ante todo, el misterio de la Iglesia particular: una porción del Pueblo de Dios, reunida por la acción del Espíritu Santo, la Palabra y la Eucaristía, confiada al pastoreo de un sucesor de los apóstoles -el obispo- que debe apacentarla con la caridad del Buen Pastor.

En la Iglesia particular está la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. Toda la Iglesia está en ella, aunque ella no es toda la Iglesia.

Es lo que experimentamos cuando nos reunimos para la Eucaristía. ¿Quién puede encontrar las palabras justas para decir lo que realmente acontece cuando estamos en torno al altar? Eso es la Iglesia: pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo santo del Espíritu. 

Estas cosas no se miran desde afuera. Se viven con el corazón en ascuas. 

El obispo ha de velar por el rebaño de Cristo. Eso significa precisamente la palabra “obispo”: el que vela desde lo alto.

¿Cómo lo hace? Es sencillo decirlo: predicar el Evangelio, santificar al pueblo con los sacramentos, reunirlo y apacentarlo con la caridad. Es una enormidad para las fuerzas humanas. Es un misterio de amor y de gracia, que da consuelo y fortaleza al pobre corazón humano del obispo. 

Porque el verdadero obispo y pastor de la Iglesia es Cristo. Los demás somos sus ministros.

El Concilio Vaticano II devolvió a la fe vivida de la Iglesia estas verdades, grandes y evangélicas. Es un don precioso para los tiempos que vivimos.

La fe, entonces, nos permite ver en Carlos Franzini, en el envío que ha recibido de Benedicto XVI y en la vitalidad de esta Iglesia diocesana, al mismo Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es un Dios enamorado de los hombres y, por eso,vivo y presente en medio de ellos; humilde, pobre, silencioso y perseverante en su obra de renovar todas las cosas.

Vemos entonces el alcance de la gran promesa del Señor: "Yo estaré siempre con ustedes". El camino sigue y sigue. Es el camino de la Iglesia, es el camino de la fe. 

Carlos tiene como lema episcopal dos palabras evangélicas: “Testigo y servidor”. 

Son las dos caras de una misma moneda. Como aquellas otras dos palabras que, gracias a Dios, ya se nos ha hecho comunes: “discípulos misioneros”.

A la Virgen del Rosario le confiamos su persona, su ministerio y su camino como hombre, creyente y pastor. 

Lo esperamos con la sencillez y la alegría del Evangelio. 

La tierra del sol y del buen vino es también la tierra de María y del Patrón Santiago. 

Bienvenido. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

En el Año de la Fe redescubramos la vocación a la santidad - Meditación en la Pquia. "San Miguel"


Esta es una hermosa ocasión para estar reunidos. Es la solemnidad de Todos los santos: esa inmensa multitud de hombres y mujeres, imposible de contar, que nos muestran el rostro genuino de la Iglesia y la vocación más profunda del ser humano: la comunión con el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En el marco del Año de la Fe, volvamos a meditar sobre la vocación universal a la santidad, inspirándonos en la luminosa enseñanza del Concilio Vaticano II.

La santidad es una vocación, una llamada de Dios. “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos como yo soy santo.” (1 Pe 1, 15-16).

Jesucristo es la santidad misma en persona, y la fuente de la santidad a la que nosotros somos llamados: Él nos comunica su Santo Espíritu.

Dios nos llama a salir de nosotros mismos para llegar a ser lo que Él ha soñado de nosotros: reproducir la imagen de su Hijo Jesucristo (Tú solo eres Santo). La santidad a la medida de Cristo es el sueño de Dios para nosotros, es nuestra vocación fundamental.

Escribe San Pablo a los romanos: “Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó” (Rom 8,28-30).

El Espíritu Santo es el que lleva a cabo en nosotros esta obra admirable: llegar a ser hijos de Dios compartiendo la vida misma del Hijo de Dios hecho hombre. El Espíritu es quien nos santifica: “Y es Dios el que nos reconforta en Cristo, a nosotros y a ustedes; el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu” (2 Co 1,21-22). “Ustedes recibieron la unción del que es Santo, y todos tienen el verdadero conocimiento” (1 Jn 2,20).

*   *   *

No tenemos que buscar la santidad en nosotros mismos. Esto es una ilusión o un gran pecado de orgullo. La puerta de entrada a la santidad es la más pro­funda humildad, como el publicano en el Templo (Cf. Lc 18, 9-14). Es el reconocimiento humilde de nuestras miserias, debilidades y pecados.

Dios ha puesto en lo más profundo de nuestro corazón el “deseo” de la santidad, es decir, el deseo de buscarlo a él como plenitud de nuestra vida. Los deseos y las pasiones que de aquí brotan son importantísimos: son la energía vital que le dan fuerza a nuestra vida. Lo importante es: encontrar qué tenemos que desear y buscar con pasión. Cf. Salmo 61: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca, sedienta, sin agua…”. 

La santidad que Jesucristo comparte con nosotros es el amor de caridad, como lo describió San Pablo en 1 Co 13. Es el amor de Cristo que se vació a si mismo, se hizo uno de nosotros, entregándose por todos. El hombre se realiza plenamente a si mismo, saliendo de si, y entregándose total­mente.

Hay que estar atentos a algunas deformaciones de la santidad, muy comunes en la experiencia religiosa: confundir la santidad con el conocimiento, con el culto, con la moral.

La santidad cristiana radica en el amor (la caridad) y en la amistad. La santidad radica en la unión de nuestra voluntad libre con la de Jesucristo. No radica (principalmente) en nuestros sentimientos, imaginación, emo­ciones o pensamientos. Es estar unidos a Cristo en la vida ordinaria y cotidiana. Un ejemplo: puede que no tenga presente al Señor en este momento, pero si estoy haciendo lo que tengo que hacer (estudiar, etc.) estoy viviendo la santidad.

*   *   *

El Concilio Vaticano II ha recordado esta enseñanza en el Capítulo V de la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium. Repaso con ustedes algunas de sus afirmaciones fundamentales:

LG 41  Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria.
Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad.

Para la enseñanza del Concilio Vaticano II, la santidad es una y católica.

Una, porque es  la santidad de Dios en Jesucristo. Es la santidad de la Iglesia, esposa amada de Cristo. Es una porque en cualquier género de vida es configuración con Jesucristo y perfección de la caridad.

Pero es también católica porque “todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo” (LG 41).

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La santidad cristiana se alimenta básicamente de la oración. ¿Qué es orar? “Tratar de amistad con Aquel que sabemos que nos ama” (Santa Teresa). En la oración se realiza de modo privilegiado la amistad y la unión con Cristo: le entregamos nuestra vida, nuestra libertad y nuestros pecados.

El camino de la santidad: creer y confiar en Dios, esperar en su promesa y amarlo por encima de todas las cosas (Dios es el único absoluto, todo lo demás es relativo).

El camino de la santidad tiene un perfil específico y concreto para cada uno de nosotros. La santidad cristiana es una vocación y una misión. Me tengo que preguntar cuál es mi misión, o también: cuál es mi lugar en el Cuerpo de Cristo (laico, sacerdote, religioso; matrimonio o virginidad). Sea cual fuere el camino de mi vocación-misión a ser santo este es siempre una forma de vivir el amor de Cristo (por Él, con Él y en Él).

En el Año de la fe tenemos que hacernos estas preguntas. “La fe -ha escrito Benedicto XVI- es decidirse a estar con el Señor para vivir con él” (Porta fidei 10). Es una bella definición de lo que implica la fe.

La fe es el Amén que damos a Dios que se nos ha comunicado en Jesucristo. Es el Amén que pronunciamos ante la manifestación más alta de la santidad de Dios: la cruz de Jesucristo.

Al ir ahora a la adoración eucarística, pidamos a María y todos los santos, que nos unan al “Amén” que ellos pronuncian ante el Rostro luminoso de Dios. 

jueves, 25 de octubre de 2012

La Iglesia católica, el Concilio y el Año de la Fe


Dios ha hablado al hombre. Y lo ha hecho humanamente, con palabras humanas. Esa es la escandalosa pretensión del cristianismo. La pretensión de Jesús.

En Jesús, un judío del siglo I, Dios se ha dado a conocer definitivamente al hombre. Dios ha pronunciado una palabra, ha confiado su Verbo. Es lo que los cristianos llamamos: la Encarnación. Este judío es Dios hecho hombre.

En su intención primera, esta palabra no busca informar o ilustrar la inteligencia. Lo hará, claro que sí. Y en un grado supremo. “Se cree para entender”, repetirá buena parte de la tradición teológica cristiana. La fe es amiga de la inteligencia.

Sin embargo, esa palabra busca lo más humano del hombre. Se trata de una palabra de amistad, ofrecida como quien tiende la mano, esperando ser correspondido.

Es una palabra, por tanto, que puede ser también rechazada. “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron”, escribe San Juan en su evangelio.

Un rechazo comprensible, pues si lo que el cristianismo pretende es verdadero, todo lo humano debe girar en torno a este judío llamado Jesús. Una pretensión insoportable.

Sin embargo, lo más sorprendente es que esta palabra sigue siendo escuchada y acogida como tal. Sigue habiendo hombres y mujeres que fundan sus vidas sobre esa palabra. Sigue llevando luz a las conciencias. Sigue convenciendo.

El término “fe” indica precisamente la acogida de esa palabra de amistad. Es una palabra esencial: breve, concisa, casi imperceptible. Es también frágil, pues indica una de las cosas más delicadas del corazón humano: su entregarse confiadamente a Alguien, a quien se lo juzga confiable.

Dios ha hablado, y su palabra no es un discurso sino una persona y un acontecimiento. Esa persona es Jesús el Cristo. El acontecimiento: su pasión, muerte y resurrección.

El mensaje es claro y directo: cada ser humano ha sido amado por Dios con un amor infinito, personal y originalísimo.

Por eso, la palabra “fe” indica un nuevo modo de ser y de vivir. Quien dice “creo en Dios” está indicando con ello su modo de pararse frente a la totalidad de la vida.

Al cumplirse cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, la Iglesia está viviendo el “Año de la Fe”. Culminará en noviembre de 2013. ¿Su finalidad? Redescubrir la belleza de la fe cristiana en Dios y comunicarla en toda su noble sencillez al mundo.

Yo lo podría sintetizar así: creer en Jesucristo y anunciar su Evangelio con alegría.

Ese fue, por otra parte, el cometido del Concilio. Para eso lo quiso Juan XXIII. Eso buscaron Pablo VI y los padres conciliares. En esa intención hay que leer también la labor del beato Juan Pablo II.

Por eso, el Concilio puso en el centro de la vida eclesial la Palabra de Dios, la liturgia sacramental y el misterio mismo de Cristo como luz para el hombre contemporáneo.

Quiso una Iglesia más transparente del misterio de Dios revelado en Jesucristo. Porque Cristo es la verdadera luz del mundo, no la Iglesia.

En el inmediato posconcilio, en cambio, se puso el acento en una reforma más bien sociológica de la Iglesia. El Concilio se interpretó como una ruptura y, por lo mismo, se puso en marcha la utopía de una Iglesia distinta.

Algunos siguen insistiendo hoy en las bien conocidas (y aburridas) recetas del progresismo teológico: la fe reducida a frío moralismo y la Iglesia convertida en una agencia del cambio social.

El genuino Concilio (espíritu y letra) va en otra dirección. No una ruptura, sino una reforma en la continuidad de la única y misma Iglesia de Cristo. Lo han comprendido bien las nuevas generaciones, mejor capacitadas para interpretar correctamente su magisterio. Pasada la tormenta, la real recepción del Concilio está recién en marcha.

Quienes así lo han captado están ofreciendo realmente una perspectiva de futuro a la Iglesia. Experimentan que el futuro de la fe no pasa por su mimetización con el espíritu del tiempo, una modernización que la haga un fragmento más del mundo, irrelevante e insignificante.

A mí, como obispo católico, poco me interesa una Iglesia más moderna. Ya hemos perdido demasiado tiempo en eso. Me quita el sueño el anuncio del Evangelio: Dios en el corazón del hombre.

La verdadera reforma de la Iglesia tiene que ver con Dios y con la fe en Dios, por la que uno se deja provocar por el único Acontecimiento capaz de transformar la condición humana: el encuentro con Cristo, el Dios hecho hombre. Lo demás es añadidura.

martes, 16 de octubre de 2012

Meditación del Santo Padre en el Sínodo


MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
DURANTE LA PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL


Aula del Sínodo
Lunes 8 de octubre de 2012

Queridos hermanos:

Mi meditación trata sobre la palabra «evangelium» «euangelisasthai» (cf. Lc 4, 18). En este Sínodo queremos conocer mejor lo que nos dice el Señor y qué podemos o debemos hacer nosotros. Se divide en dos partes: la primera reflexión sobre el significado de estas palabras, y luego deseo intentar interpretar el himno de la hora Tercia «Nunc, Sancte, nobis Spìritus», en la página 5 del Libro de oración.

La palabra «evangelium» «euangelisasthai» tiene una larga historia. Aparece en Homero: es anuncio de una victoria, y, por lo tanto, anuncio de un bien, de alegría, de felicidad. Aparece luego en el Segundo Isaías (cf. Is 40, 9) como voz que anuncia la alegría de Dios, como voz que hace comprender que Dios no ha olvidado a su pueblo, que Dios, quien aparentemente se había retirado de la historia, está presente. Y Dios tiene poder, Dios da alegría, abre las puertas del exilio; después de la larga noche el exilio, aparece su luz y da al pueblo la posibilidad de regresar, renueva la historia del bien, la historia de su amor. En este contexto de la evangelización, aparecen sobre todo tres palabras: dikaiosyne, eirene, soteria —justicia, paz, salvación—. Jesús mismo retomó las palabras de Isaías en Nazaret, al hablar de este «Evangelio» que lleva precisamente ahora a los excluidos, a los encarcelados, a los que sufren y a los pobres.

Pero para el significado de la palabra «evangelium» en el Nuevo Testamento, además de esto —el Deutero Isaías que abre la puerta—, es importante también el uso que hizo de la palabra el Imperio romano, empezando por el emperador Augusto. Aquí el término «evangelium» indica una palabra, un mensaje que viene del Emperador. El mensaje del emperador —como tal— es positivo: es renovación del mundo, es salvación. El mensaje imperial es, como tal, un mensaje de potencia y de poder; es un mensaje de salvación, de renovación y de salud. El Nuevo Testamento acepta esta situación. San Lucas compara explícitamente al Emperador Augusto con el Niño nacido en Belén: «evangelium» —dice— sí, es una palabra del Emperador, del verdadero Emperador del mundo. El verdadero Emperador del mundo se ha hecho oír, habla con nosotros. Este hecho, como tal, es redención, porque el gran sufrimiento del hombre —entonces como ahora— es precisamente este: Detrás del silencio del universo, detrás de las nubes de la historia ¿existe un Dios o no existe? Y, si existe este Dios, ¿nos conoce, tiene algo que ver con nosotros? Este Dios es bueno, y la realidad del bien ¿tiene poder en el mundo o no? Esta pregunta es hoy tan actual como lo era en aquel tiempo. Mucha gente se pregunta: ¿Dios es una hipótesis o no? ¿Es una realidad o no? ¿Por qué no se hace oír? «Evangelio» quiere decir: Dios ha roto su silencio, Dios ha hablado, Dios existe. Este hecho, como tal, es salvación: Dios nos conoce, Dios nos ama, ha entrado en la historia. Jesús es su Palabra, el Dios con nosotros, el Dios que nos muestra que nos ama, que sufre con nosotros hasta la muerte y resucita. Este es el Evangelio mismo. Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido, sino que se ha mostrado y esta es la salvación.

La cuestión para nosotros es: Dios ha hablado, ha roto verdaderamente el gran silencio, se ha mostrado, pero ¿cómo podemos hacer llegar esta realidad al hombre de hoy, para que se convierta en salvación? El hecho de que Dios haya hablado, de por sí, es la salvación, es la redención. ¿Pero cómo puede saberlo el hombre? Me parece que este punto es un interrogante, pero también una pregunta, un mandato para nosotros: podemos encontrar respuesta meditando el himno de la hora Tercia «Nunc, Sancte, nobis Spiritus». La primera estrofa dice: «Dignàre promptus ingeri nostro refusus, péctori», es decir, rezamos para que venga el Espíritu Santo, para que esté en nosotros y con nosotros. Con otras palabras: nosotros no podemos hacer la Iglesia, sólo podemos dar a conocer lo que ha hecho él. La Iglesia no comienza con nuestro «hacer», sino con el «hacer» y el «hablar» de Dios. De este modo, después de algunas asambleas, los Apóstoles no dijeron: ahora queremos crear una Iglesia, y con la forma de una asamblea constituyente habrían elaborado una constitución. No, ellos rezaron y en oración esperaron, porque sabían que sólo Dios mismo puede crear su Iglesia, de la que Dios es el primer agente: si Dios no actúa, nuestras cosas son sólo nuestras cosas y son insuficientes; sólo Dios puede testimoniar que es Él quien habla y quien ha hablado. Pentecostés es la condición del nacimiento de la Iglesia: sólo porque Dios había actuado antes, los Apóstoles pueden obrar con Él y con su presencia, y hacer presente lo que Él hace. Dios ha hablado y este «ha hablado» es el perfecto de la fe, pero también es siempre un presente: lo perfecto de Dios no es sólo un pasado, porque es un pasado verdadero que lleva siempre en sí el presente y el futuro. Dios ha hablado quiere decir: «habla». Y, como en aquel tiempo, sólo con la iniciativa de Dios podía nacer la Iglesia, podía ser conocido el Evangelio, el hecho de que Dios ha hablado y habla, así también hoy sólo Dios puede comenzar, nosotros podemos sólo cooperar, pero el inicio debe venir de Dios. Por ello, no es una mera formalidad si comenzamos cada día nuestra Asamblea con la oración: esto responde a la realidad misma. Sólo el proceder de Dios hace posible nuestro caminar, nuestro cooperar, que es siempre un cooperar, no una pura decisión nuestra. Por ello es siempre importante saber que la primera palabra, la iniciativa auténtica, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también nosotros llegar a ser —con Él y en Él— evangelizadores. Dios siempre es el comienzo, y siempre sólo él puede hacer Pentecostés, puede crear la Iglesia, puede mostrar la realidad de su estar con nosotros. Pero, por otra parte, este Dios, que es siempre el principio, quiere también nuestra participación, quiere que participemos con nuestra actividad, de modo que nuestras actividades sean teándricas, es decir, hechas por Dios, pero con nuestra participación e implicando nuestro ser, toda nuestra actividad.

Por lo tanto, cuando hagamos nosotros la nueva evangelización es siempre cooperación con Dios, está en el conjunto con Dios, está fundada en la oración y en su presencia real.

Ahora, este obrar nuestro, que sigue la iniciativa de Dios, lo encontramos descrito en la segunda estrofa de este himno: «Os, lingua, mens, sensus, vigor, confessionem personent, flammescat igne caritas, accendat ardor proximos». Aquí tenemos, en dos líneas, dos sustantivos determinantes: «confessio» en las primeras líneas, y «caritas» en las segundas dos líneas. «Confessio» y «caritas», como los dos modos con los cuales Dios nos implica, nos hace obrar con Él, en Él y para la humanidad, para su criatura: «confessio» y «caritas». Y se agregan los verbos: en el primer caso «personent» y en el segundo «caritas» interpretado con la palabra fuego, ardor, encender, echar llamas.

Veamos el primero: «confessionem personent». La fe tiene un contenido: Dios se comunica, pero este Yo de Dios se muestra realmente en la figura de Jesús y se interpreta en la «confesión» que nos habla de su concepción virginal del Nacimiento, de la Pasión, de la Cruz, de la Resurrección. Este mostrarse de Dios es toda una Persona: Jesús como el Verbo, con un contenido muy concreto que se expresa en la «confessio». Por lo tanto, el primer punto es que nosotros debemos entrar en esta «confesión», compenetrarnos, de tal modo que «personent» —como dice el himno— en nosotros y a través de nosotros. Aquí es importante observar también un pequeña realidad filológica: «confessio» en el latín precristiano no se diría «confessio» sino «professio» (profiteri): esto es el presentar positivamente una realidad. En cambio la palabra «confessio» se refiere a la situación en un tribunal, en un proceso donde uno abre su mente y confiesa. En otras palabras, esta palabra «confessio», que en el latín cristiano sustituyó a la palabra «professio», lleva en sí el elemento martirológico, el elemento de dar testimonio ante instancias enemigas a la fe, dar testimonio incluso en situaciones de pasión y de peligro de muerte. A la confesión cristiana pertenece esencialmente la disponibilidad a sufrir: esto me parece muy importante. En la esencia de la «confessio» de nuestro Credo, está siempre incluida también la disponibilidad a la pasión, al sufrimiento, es más, a la entrega de la vida. Precisamente esto garantiza la credibilidad: la «confessio» no es una cosa que incluso se pueda dejar pasar; la «confessio» implica la disponibilidad a dar mi vida, aceptar la pasión. Esto es precisamente también la verificación de la «confessio». Se ve que para nosotros la «confessio» no es una palabra, es más que el dolor, es más que la muerte. Por la «confessio» realmente vale la pena sufrir, vale la pena sufrir hasta la muerte. Quien hace esta «confessio» verdaderamente demuestra de este modo que cuanto confiesa es más que vida: es la vida misma, el tesoro, la perla preciosa e infinita. Precisamente en la dimensión martirológica de la palabra «confessio» aparece la verdad: se verifica solamente para una realidad por la cual vale la pena sufrir, que es más fuerte incluso que la muerte, y demuestra que es la verdad que tengo en la mano, que estoy más seguro, que «guío» mi vida porque encuentro la vida en esta confesión.

Veamos ahora dónde debería penetrar esta «confesión»: «Os, lingua, mens, sensus, vigor». Por san Pablo, Carta a los Romanos 10, sabemos que la ubicación de la «confesión» está en el corazón y en la boca: debe estar en lo profundo del corazón, pero también debe ser pública; la fe que se lleva en el corazón debe ser anunciada: nunca es sólo una realidad en el corazón, sino que tiende a ser comunicada, a ser realmente confesada ante los ojos del mundo. De este modo, debemos aprender, por una parte, a ser realmente —digamos— penetrados en el corazón por la «confesión», así se forma nuestro corazón, y desde el corazón encontrar también, junto con la gran historia de la Iglesia, la palabra y la valentía de la palabra, y la palabra que indica nuestro presente, esta «confesión» que sin embargo es siempre una. «Mens»: la «confesión» no es sólo cuestión del corazón y de la boca, sino también de la inteligencia; debe ser pensada y así, pensada e inteligentemente concebida, llega al otro y significa que mi pensamiento está situado realmente en la «confesión». «Sensus»: no es algo puramente abstracto e intelectual, la «confessio» debe penetrar incluso los sentidos de nuestra vida. San Bernardo de Claraval nos dijo que Dios, en su revelación, en la historia de salvación, dio a nuestros sentidos la posibilidad de ver, de tocar, de gustar la revelación. Dios ya no es algo sólo espiritual: ha entrado en el mundo de los sentidos y nuestros sentidos deben estar llenos de este gusto, de esta belleza de la Palabra de Dios, que es realidad. «Vigor»: es la fuerza vital de nuestro ser y también el vigor jurídico de una realidad. Con toda nuestra vitalidad y fuerza, debemos ser penetrados por la «confessio», que debe realmente «personare»; la melodía de Dios debe entonar nuestro ser en su totalidad.

«Confessio» es la primera columna —por decirlo así— de la evangelización, y la segunda es «caritas». La «confessio» no es algo abstracto, es «caritas», es amor. Sólo así es verdaderamente reflejo de la verdad divina, que como verdad es inseparablemente también amor. El texto describe, con palabras muy fuertes, este amor: es ardor, es llama, enciende a los demás. Hay una pasión en nosotros que debe crecer desde la fe, que debe transformarse en el fuego de la caridad. Jesús nos dijo: He venido a traer fuego a la tierra y cómo deseo que ya arda. Orígenes nos transmitió una palabra del Señor: «Quien está cerca de mí, está cerca del fuego». El cristiano no debe ser tibio. El Apocalipsis nos dice que este es el mayor peligro del cristiano: que no diga no, sino un sí muy tibio. Precisamente esta tibieza desacredita al cristianismo. La fe debe convertirse en llama del amor, llama que encienda realmente mi ser, se convierta en la gran pasión de mi ser, y así encienda al prójimo. Este es el modo de la evangelización: «Accéndat ardor proximos», que la verdad se convierta en mí en caridad y la caridad encienda como fuego también al otro. Sólo en este encender al otro a través de la llama de nuestra caridad, crece realmente la evangelización, la presencia del Evangelio, que ya no es sólo una palabra, sino realidad vivida.

San Lucas nos relata que en Pentecostés, en esta fundación de la Iglesia de Dios, el Espíritu Santo era fuego que transformó el mundo, pero fuego en forma de lengua, es decir fuego que sin embargo también es razonable, que es espíritu, que es también comprensión; fuego que está unido al pensamiento, a la «mens». Y precisamente este fuego inteligente, esta «sobria ebrietas», es característico del cristianismo. Sabemos que el fuego está en el inicio de la cultura humana; el fuego es luz, es calor, es fuerza de transformación. La cultura humana comienza en el momento en que el hombre tiene el poder de crear el fuego: con el fuego puede destruir, pero con el fuego puede también transformar, renovar. El fuego de Dios es fuego transformador, fuego de pasión —ciertamente— que también destruye muchas cosas en nosotros, que lleva a Dios, pero sobre todo fuego que transforma, renueva y crea una novedad en el hombre, que en Dios se convierte en luz.

De este modo, al final sólo podemos pedir al Señor que la «confessio» esté en nosotros profundamente arraigada y que se convierta en fuego que encienda a los demás; así el fuego de su presencia, la novedad de su estar con nosotros, se hace realmente visible y fuerza del presente y del futuro.

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